La concubina

Violeta Balián

16586413_10212159288683257_1750495480_o

Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)

.

Todo el mundo hablaba de Osaki, mi amo, de sus famosas estampas ilustradas con geishas y gatos en las ventanas, de la incipiente ceguera que lo redujo a pintar gatos porque, como él mismo decía, conocía sus formas de memoria, y también de su desquiciada y caprichosa concubina, la bella geisha Kuro, quien puertas adentro y espejo en mano se quejaba sin cesar: —Mira Osaki, aun soy bella y tú ya no me pintas ni me amas—.

Quizá fue la indiferencia del amo lo que empujó a Kuro a descargar su amargura en quien más detestaba: un servidor. Lo cierto es que de la noche a la mañana desaparecieron las míseras sardinas y los restos de comida. La criada, hasta ese momento tan considerada conmigo, me espantó a escobazos de la cocina y cerrando puertas y ventanas, impidió mi acceso al estudio del amo. Desterrado, salí a cazar.

Un día, merodeaba yo por el jardín cuando la mismísima Kuro me atrapó, estranguló y enfardando mi cuerpo en un tatami lo colgó de un árbol, próximo a la calle. Extrañados, los vecinos comentaban que del bulto sobresalían cuatro patas y un par de orejas. Los niños se divertían arrojándome piedras. Yo ya no sufría, no; en brazos del Misericordioso sólo oía la voz del amo, llamándome. ¡Qué le habría dicho esa arpía para justificar mi ausencia! ¿Que yo era un gato callejero al que no valía la pena tener en casa?

Y fue así que en su infinita bondad, el Buda me agració con un estado incorpóreo que me permitió entrar al estudio. Allí encontré a mi amo, postrado y aturdido por los gritos de Kuro:

—¡Osaki, ponte a trabajar que nos hace falta dinero!

En tanto, el fardo seguía afuera, colgado del árbol. ¡Uf!, qué asco, rezongaba la criada al verlo cubierto de moscas.  Invisible, esperé mi oportunidad y tan pronto lo bajaron, me manifesté en carne y hueso. Aterrorizada, Kuro echó a correr y yo tras ella. La mujer tropezó, perdió sus chanclos y en la bruma alrededor tomó por un pasaje desconocido, con tal mala suerte que fue a dar en las aguas inmundas del canal Shimbashi. Su cadáver apareció días después.

Esa noche, estando yo tumbado al calor del brasero, Osaki dijo: —Neko, no te vayas de mi lado. Te prometo que el viaje definitivo lo haremos juntos, tú y yo—.

Pues, como dicen, al buen tiempo, nueva cara. De un salto me acomodé en su regazo y el amo, finalmente en paz se durmió al son de mi suave ronronear.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s