Peces de luz

Miguel Rodríguez

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Sueño con ojos. Sueño continuamente con ojos que tienen memoria más allá del tacto o del alma, aunque no sé bien por qué, y que esta memoria recurre a mí como si necesitara alojamiento, resguardo. Se esconde en mí. Me busca. No sé si huye de algo, de alguien, de otras memorias o de otros ojos. Tal vez ambos hayan vivido con anterioridad y conocido mundos a los que mis recuerdos o razonamientos no llegan. Quizás en algún momento todos fuimos ojos y ahora vamos por el mundo recorriendo cuerpos, palabras, sexos y espíritus que nos conducen como en un juego de pistas hasta una mirada previa a nuestra propia consciencia, la que determinó a quién íbamos a amar desde el principio de lo que somos. Desde antes de nuestra memoria.

En estas señales te busco. Sigo la línea del mar igual que la de tu pelo, apenas distingo cuál de ellas abrazo o recorro, poso la mirada en ambas, poso lo anterior a mi vida en el principio de tu frente y del mundo, y acaricio tu pelo y tu mar, tus palabras, tu sexo, mientras busco tus ojos llenos de tormentas y de olas diminutas que recorren las líneas de mi cuerpo. Tu memoria me busca. Tus ojos, que me hablan de principios de mi vida que hasta ahora no he conocido.

Me desnudo, respiro. Me arden la boca y la piel y se me abren los poros, me nacen aletas de entre los tejidos como si fuera un monstruo de los de antes, de esos cuyas ilustraciones se encerraban en los libros porque no se sabía si existían de verdad. Dibujamos relatos que oímos, vidas que pensamos improbables, líneas, cuerpos, monstruos llenos de mares, de ojos y de memoria. Tenemos miedo de los recuerdos de los monstruos, no queremos que nos reconozcan. Yo fui uno de esos dibujos. Mis cercanos me hablan de la vez que me vieron llegar, señalan mi rastro y los segmentos de una piel aún no muy hecha. Se asombran de que haya sobrevivido a las extinciones afectivas por las que he pasado, que siga vivo. Yo no sé de qué mar has llegado tú, amor, a qué extinciones has sobrevivido, o cómo es que necesitas y buscas mi aire lleno de mar. Tantos mundos y por fin este aire que nos cura la piel.

Está muy oscuro ya, como en el lugar del que provengo. Ahora lo sé. De vez en cuando me llegan imágenes sueltas, inconexas, de este lugar que no aparece en los mapas ni en mi memoria. Casi no tengo recuerdos de lo que fui, de lo que hubo en mí antes de amarte. Quizás el tránsito fuera de aquel lugar anule la percepción propia. Lo único que existe es lo oscuro, nadie imagina que pueda haber algo distinto en otros lugares próximos; de hecho, nadie sospecha siquiera que hay otros lugares más allá de lo oscuro. Nadie sabe que es oscuro. Nadie sabe nada, a no ser que algunos entre nosotros se han ido sin dar noticia de dónde, de si viven, de si se han vuelto locos en otros mundos probablemente igual de oscuros. Donde nací no nos tocamos entre nosotros, esto es una señal de ataque. Tan solo sentimos presencias, proximidades, una vibración que nos alcanza y nos trae algo de la vida del otro, de su cuerpo, de sus ojos desconocidos y ciegos, de sus movimientos hostiles o plácidos. Alguien tal vez de nuestra especie e igualmente oscuro que ignora dónde están sus locos o sus vivos. Yo soy uno de ellos, de los locos o los vivos, los que se fueron de allí. A veces aún siento frío por las noches, como si alguna esquina de aquel océano se me hubiera quedado pegada a la espalda, como un recuerdo que no veo y que, por tanto, creería que es irreal si no fuera por el frío. El frío me dice quién fui antes de ti, de nosotros. Y aun así, me arranco la piel a tiras para estar lo más desnudo posible ante ti, puede que antes fuera una serpiente y no un pez. Casi se me ven las venas y los tejidos, los cauces de ríos y mares antiguos de lo que fui y que he estudiado en la escuela, las palabras que aprendí antes de conocerte, el abrazo último de mis padres, que me instaban a buscar esta locura, a nadar, nadar, nadar sin descanso y elegir volverme loco o cuerdo en mi propio mar, como si ellos también hubieran conocido otras palabras u otros mares. Otras líneas. Me abrazas. Me recorres la espalda y el aire aquietando los monstruos, buscándome los ojos, curando los mapas y las vidas que habité y que me acechan al menor descuido. Lo oscuro siempre está tan cerca.

Te oí decir mi nombre, nombrarme como si me conocieras. ¿Me habías soñado antes? Me llamas y recorro ansioso las esquinas múltiples de lo oscuro – lo que conozco – tratando de encontrarte. Pero no. Tú no estás en lo oscuro. Vienes a buscarme. Me he guiado por tu voz, que me daba la pauta, sílabas pequeñitas, peces de luz que viven en la superficie y que vinieron a por mí para guiarme hacia tu pelo, tu playa, tu risa pequeña. Y así, con palabras mínimas y peces diminutos, te conocí. Creo que salí del mar solo para quererte, que me he saltado el proceso evolutivo por completo y he llegado a ti en mi forma primera, a medio hacer, a media vida, tan incompleto, tan híbrido.

Me miro al espejo y veo tu cara en mis ojos. Tengo ojos. Y recojo tus líneas, tu propio mar y tu memoria, me abro por entero a ti y sin previo aviso, sucede. Algo cambia en mí después de este tiempo inicial, y de repente vuelvo a lo oscuro. No comprendo. En tierra, contigo, pero de nuevo en lo oscuro. Y me vuelvo loco. Me escondo y me vuelvo loco. ¿Puede que sea esto lo que les pasó a los demás? No me he dado cuenta y me han seguido todas las condenas, que ahora me hablan a la vez y me aturden, ahora cuando ya no puedo verte. Tan solo oigo tus sílabas diminutas, tu voz junto al faro, en aquella playa, que me sigue llamando sin descanso como si algo distinto en mí hubiera nacido allí.

De vez en cuando me rindo y pienso que debería desarrollar una fijación con algo, como los humanos: hacer fotos de un sitio cada día a la misma hora, por ejemplo; una obsesión que me libere de mí mismo para poder aceptar cómo cambia mi vida: una pintada, un faro, un punto cardinal. O adquirir quizás una adicción, ceder a un impulso de carácter atormentado o melancólico, un trauma ilocalizable del cual no me recupere, un drama irresoluble, poder aferrarme a algo que me recuerde siempre a ti, a lo que amo en ti. O incluso, si ha de ser así, un peso negro dentro que me hunda hasta el lugar oscuro del que vine, una apoplejía afectiva o espiritual que me impida sentir y me reduzca de nuevo a lo que fui, alguien oscuro y privado de tacto, volver a ser un monstruo como hace tanto tiempo, millones de años, ayer, aquí, a plena luz del sol, lo que sea para evitar tanto dolor y el esfuerzo inmenso e inútil de levantarme tan temprano y comprobar qué piel tengo esa mañana, si he vuelto a quedarme ciego, y dónde encontrar tu voz, tus manos, tus sílabas pequeñas, tu línea del mar; algo, un anzuelo que me retenga en los lugares íntimos que he conocido y amado contigo. Desisto. Me rindo. Ya no puedo más. He dejado ojos en todos los océanos, y ahora recojo y cuido las imágenes y las palabras de peces que, como yo, también han conocido la luz. Tanteo lo que haya de ser mi vida, temo regresar ciego a lo oscuro. Los peces de luz me han acogido, me dicen que se pasa, que la melancolía y el terror nunca curan a nadie de nada. Y poco a poco lo comprendo. Comprendo lo que me sucede. El efecto inmediato en alguien que se expone por primera vez a la luz es un nuevo tipo de ceguera, ni sus ojos ni su memoria están preparados para reconocerse lejos de lo oscuro.

Tal vez, pase lo que pase, ya no sea un monstruo; quizás sea una ola mínima que llega a tu vida una y otra vez, diminuta y casi imperceptible, tal vez salí del agua salada buscando tu cuerpo, algo lloroso y un poco salado también, la línea de la costa y de tu pelo, donde empiezan los comienzos. Te veo dormir, respirar, y de vez en cuando te despiertas y bebes un poco del vaso que tienes a tu lado, en la mesita; yo lo relleno con agua, con los mares en los que he vivido, los que he visto, de donde he venido para quererte.

No, no voy a destruir lo que he aprendido a ser, lo que he comenzado a amar. Puede que lo mío sea nadar, entregarme al mar, a mi propia vida sin juicio y sin ropa. Quizás haya un lugar en todos los mundos que conocemos, una playita verde en la que nuestras vidas puedan coincidir plenamente, amarse, crecer. Quizás podamos llevar esta playa en las manos, en el desayuno, en las palabras que inventemos todos los días. Esto es lo que voy a hacer. Soy un pez, al fin y al cabo, y voy a nadar, a bañarme en esta playa, en esta línea de la costa y de tu frente. Ya veo a los peces de luz, han venido a recibirnos, amor. Son infinitos.

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