Agosto

Bruno Schulz

093-tiendas1

Ilustración-Bruno Schulz

I

En julio, mi padre solía irse al balneario y me dejaba con mi madre y mi hermano mayor a la voluntad de los días veraniegos abrasadoramente blancos y alucinógenos. Ebrios de esta luz, hojeábamos el gran opúsculo de las vacaciones cuyas hojas ardían resplandorosamente y ocultaban en su fondo la pulpa de peras doradas, dulces hasta el desmayo.

Adela volvía en las mañanas luminosas cual Pomona de fuego de día acalorado y vertía en su cesta la belleza policromada del sol, las cerezas brillantes, llenas de agua bajo su piel transparente, las guindas misteriosas y negras cuyo aroma superaba su sabor, albaricoques que mecían en sus carnes el quid de las largas tardes; y, al lado de esta poesía pura de las frutas, descargaba también trozos de carne con su teclado de costillas, las algas de las verduras como crustáceos muertos y medusas, material crudo de la comida con ese sabor aún indefinido y yermo, sus telúricos ingredientes con su aroma salvaje y campestre.

Esos días, la oscura cara del primer piso al lado de la plaza Mayor era atravesada por el enorme verano; el silencio de las vibrantes capas aéreas, las baldosas de resplandor que dormían su sueño apasionado sobre el suelo; la melodía del organillo surgida de la veta dorada más profunda del día; dos o tres compases del estribillo interpretado al piano en algún lugar una y otra vez, desmayándose al sol sobre las aceras blancas, perdidas en el fuego del día profundo.

Tras hacer la limpieza, Adela corría la sombra sobre las habitaciones cerrando sus cortinas de hilo. Entonces, los colores bajaban una octava y el cuarto se oscurecía sumido en la claridad del abismo marítimo, reflejado opacamente en los espejos verdes y todo el color del día respiraba entre las cortinas ligeramente ondeantes en los sueños de la hora del atardecer.

Los sábados por la tarde salía de paseo con mi madre. Desde la semioscuridad del recibidor se entraba directamente en el baño solar del día. Los peatones, hollando en el oro, mantenían los ojos semicerrados por el ardor, casi como pegados con miel, y el labio superior subido descubría sus encías y dientes. Y quienes pisaban este día áureo llevaban ese rictus de calor, como si el sol impusiera a sus feligreses la misma máscara de la cofradía solar; y todos los que iban por la calle se encontraban, pasaban unos junto a otros, ancianos y jóvenes, niños y mujeres, se saludaban con esa careta pintada sobre los rostros con una gruesa capa de tizne dorado, exhibían ese rictus báquico, la máscara bárbara de un culto pagano.

La plaza Mayor, vacía y amarilla de verdor veía barrer su polvo, igual que en el desierto bíblico, por los vientos calurosos. Las espinosas acacias, crecidas en la soledad de la plaza amarilla, bullían sobre ella con su hojarasca clara, sus ramos de filigranas verdes noblemente dispuestos a semejanza de los gobelinos viejos. Parecía que los árboles excitasen el viento estremeciendo teatralmente sus coronas, para mostrar, en patéticas flexiones, la elegancia de sus abanicos foliáceos de vientos plateados como pieles de zorro.

Las viejas casas, pulidas por el viento de muchos días, se teñían con los reflejos de la gran atmósfera, los ecos y los recuerdos de los colores diseminados en la profundidad del tiempo policromático. Parecía que generaciones enteras de días estivales desconchaban (como artesanos pacientes quitando el moho de los estucos de las fachadas) los azulejos engañosos y día a día descubrían a la luz la faz verdadera de las casas, la fisonomía de la vida y del destino que iba formándolas desde su interior.

Ahora las ventanas dormían cegadas por el resplandor de la plaza desértica: los balcones confesaban su soledad al cielo, los vestíbulos abiertos olían a frescor y a vino.

Un hatajo de harapientos, salvado de la llameante ola de calor, se escondía en un rincón de la plaza, rodeaba un fragmento del muro y lo sometía a prueba sin cesar lanzando botones y monedas como si pudieran leer el verdadero misterio del muro garabateado con jeroglíficos de fisuras y grietas que formaban el horóscopo de esos redondeles metálicos. Por otra parte, la plaza estaba vacía.

Se esperaba que se acercara al vestíbulo abovedado, lleno de los barriles del bodeguero, refugiado en las sombras de las acacias temblorosas, el asnillo del Samaritano llevado por el bozal, y dos peones bajarían cuidadosamente a su amo enfermo de la silla que ardía y lo subirían por las escaleras frescas hacia el piso oloroso a sabat.

Así recorrimos mi madre y yo los dos lados soleados de la plaza, llevando nuestras sombras truncadas por todas las casas como por un teclado. Las baldosas del pavimento pasaban después bajo nuestros pasos suaves y llanos, unos rosa pálido como la piel humana, otros dorados y lívidos, todos ellos planos, cálidos, aterciopelados bajo el sol, como unos rostros solares pisoteados hasta no poder ser reconocidos, hasta albergar la plácida nada.

Al fin, en la esquina de la calle Stryska nos sumimos en la sombra de la farmacia. El enorme balón lleno de jugo de frambuesa en la ancha ventana boticaria simbolizaba el frescor de los bálsamos que podían sedar cualquier dolencia. Unas cuantas casas más allá, la calle no podía mantener el decoro de la ciudad, parecíase a un campesino que al regresar a su pueblo natal se desviste por el camino de su elegancia urbana convirtiéndose, a medida que se acerca a su hogar, en un harapiento labriego.

Las casitas del extrarradio se ahogaban en las ventanas, en el frondoso y enredado florecer de sus pequeños jardines. Olvidadas por el gran día señoreaban silenciosamente las hierbas, flores y malezas, contentas con ese interludio que podían soñar en los márgenes del tiempo, en los confines del día infinito. Un enorme girasol, elevado sobre su potente tallo y enfermo de elefantiasis, esperaba en el luto amarillo de los últimos y tristes días de su existir doblándose bajo el tamaño exagerado de su monstruosa corpulencia. Mas, las ingenuas campanillas provincianas y las florecillas de percal vivían impotentes en sus camisas rosas y blancas, sin mostrar comprensión hacia la gran tragedia del girasol.

 

II

La enrevesada profusión de hierbas, hierbajos, malezas y cardos hierve en el fuego del mediodía. La siesta del jardín zumba con el enjambre de moscas. El rastrojo dorado grita al sol como la langosta parda; en la lluvia torrencial del fuego chillan las cigarras; las vainas explotan silenciosamente como los grillos. En dirección a la valla, la mata de hierbas se eleva en una prominente colina jorobada, como si el jardín girara al revés en sueños y sus macizos hombros campesinos respiraran el silencio de la tierra. Sobre los hombros del jardín la mujeril y desaliñada frondosidad de agosto crecida en los sordos precipicios de enormes bardanas, desbordaba las capas de escamas peludas de las hojas con sus grandes lenguas de verdor carnoso. Allí esas mujeronas apoltronadas se expandieron semidevoradoras por sus faldas airadas. Allí el jardín vendía por nada los más baratos ramos de lilas salvajes, la semilla de plátanos apestando a jabón, el aguardiente agreste de la menta y toda la baratija de agosto.

Pero al otro lado de la valla, detrás de la guarida del estío, en la cual dominaba la torpeza de los hierbajos atontados, había un vertedero invadido vorazmente por bardanas. Nadie sabía que, precisamente allí, agosto celebraba su orgía pagana. En este vertedero se hallaba la cama de la infeliz muchacha Tluya, allí estaba apoyada contra la valla y cubierta de lilas salvajes. Así la llamábamos todos. Sobre un montón de desperdicios, cazuelas viejas, zapatillas, ruinas y escombros se encontraba la cama pintada de verde, apoyada en dos ladrillos viejos cuando carecía de patas. En los escombros al aire, enfurecida por el calor, henchida con los relámpagos de los moscones excitados por el sol, chirriaba con unos sonajeros invisibles incitando a la locura.

Tluya está acuclillada entre sábanas amarillas y harapos. Su cabeza enorme se eriza y se recoge en una cola de cabellos negros. Su cara se contrae como el fuelle de una armónica y a cada rato un rictus de llanto compone esa figura en miles de pliegues verticales y la sorpresa vuelve a estirarlos, alisa los pliegues, descubre las rendijas de sus ojos pequeños y las encías húmedas con sus dientes amarillentos bajo un labio carnoso y morrudo. Pasan horas llenas de calor y aburrimiento en cuyo transcurso Tluya farfulla en voz baja, dormita, gruñe y carraspea. Las moscas la rodean en un espeso enjambre. Mas, de repente, todo ese montón de trapos sucios, harapos y trizas comienza a moverse animado por el runrún de las ratas. Las moscas se despiertan ahuyentadas y levantan un gran enjambre rugiente, plagado de rabiosos zumbidos, reflejos y reverberaciones. Y mientras los trapos caen al suelo y se derraman sobre el vertedero como ratas alarmadas, surge entre ellas y despaciosamente se desenvuelve el cogollo, el núcleo del vertedero: semidesnuda y morena, semejante a una deidad pagana, se levanta sobre sus piernas cortas e infantiles y sobre su cuello colmado de ira y sobre su cara enrojecida de rabia donde, como pinturas bárbaras, florecen los arabescos de sus venas hinchadas, se alza un grito animal, un rugido ronco surgido de los bronquios y las bocinas de ese pecho semianimal y semidivino. Las bardanas quemadas por el sol gritan, las plantas se hinchan y presumen de su carne indecente, los hierbajos beben su veneno brillante y la tonta, ronca en su alarido, golpea en convulsiones frenéticas, con apasionamiento feroz su regazo carnoso contra el tronco de lilas salvajes que chirría bajo la obstinación de esa pasión lujuriosa, encantado por todo ese coro de fecundidad desnaturalizada, pagana.

La madre de Tluya se presta a lavar los suelos de las campesinas. Es una mujer pequeña y amarilla como el azafrán; también trata con azafrán los suelos, las mesas de pino, los bancos y las verjas, que limpia en las casas modestas. Una vez Adela me llevó a la casa de esa vieja Maryska. Era a hora temprana, entramos en un cuarto pintado de azul en cuyo suelo apisonado yacía el sol del amanecer, que amarilleaba con fuerza en ese silencio matutino medido con el estridente crujir de un reloj campesino que colgaba de la pared. En un cajón cubierto de paja dormitaba Maryska la tonta, pálida como la cal y silenciosa como un guante recién abandonado por su mano. El silencio, construido a la medida de su sueño, parloteaba amarillo, contrastado, mal silencio que monologaba, discutía, recitaba en voz alta y con vulgaridad su monólogo maniático. El tiempo de Maryska, ese tiempo aprisionado dentro de su alma, brotó de ella terriblemente real, creciente en el silencio del amanecer del ruidoso relojmolino como la harina mala, la harina pulverulenta, la harina tonta de los locos.

En una de estas casitas, rodeada de varas dé color marrón, sumida en el verdor abundante del jardín, vivía la tía Ágata. Al entrar pasábamos por el jardín delimitado por bolas de cristal coloreado colocadas sobre palos; rosas, verdes y violetas guardaban mundos enteros luminosos y claros como esos cuadros ideales y felices encerrados en la perfección inalcanzable de las pompas de jabón. Hallábamos un aroma familiar en el vestíbulo semioscuro con sus viejos óleos carcomidos por el moho y cegados por la vejez. En este antiguo olor conocido cabía la vida de esta gente, el alambique de la raza, la clase de la sangre y el secreto de su destino, contenidos inadvertidamente en el sucederse diario de su tiempo propio. Las viejas y sabias puertas, cuyos oscuros susurros dejaban pasar y salir, testigos mudos de las entradas y salidas de la madre, las hijas y los hijos, se abrieron sin ruido, igual que las puertas de un armario, y nos introdujimos en el interior de sus vidas. Permanecían sentados a la sombra de su sino, sin defenderse. Sus primeros gestos torpes nos desvelaron su misterio. ¿Acaso no nos emparentaba la sangre y el destinó?

La habitación era oscura y aterciopelada, tapices azul marino como un dibujo dorado cubrían sus senos, mas el eco del día llameante aún vibraba aquí con su color cobre sobre los marcos de los cuadros, los pomos y las ramas doradas, ya tamizados por el verdor espeso del jardín. Al lado de la pared se levantó la tía Ágata, colosal y exuberante, de carnes redondas y blancas, moteada por la herrumbre roja de las pecas. Nos sentamos junto a ellos, a la orilla de su destino, un poco avergonzados por este desamparo con el que se nos entregaban sin objeciones, y bebíamos agua con jugo de rosas, una bebida extraña en la cual hallé la esencia más profunda del sábado canicular.

La tía se quejaba. Y era ése el tono dominante de sus conversaciones, la voz de esa cara blanca y fértil que parecía flotar ya fuera de los límites de su persona a duras penas mantenida en su conjunto, en los lazos de la forma individual e, incluso en ese conjunto, ya multiplicada y a punto de descomponerse, hacerse ramas y vertirse sobre la familia. Era una fertilidad casi autosuficiente, una femineidad desprovista de frenos y patológicamente exuberante.

Sucedía que el simple aroma de lo masculino, el olor a humo de tabaco, el chiste varonil, podía impulsar a esa femineidad llameante en su lujuriosa proliferación. Y en realidad todas sus quejas del marido, del servicio, sus preocupaciones por los niños eran tan sólo caprichos de su fertilidad insatisfecha, la continuación de esa coquetería hosca, airada y llorona con la que castigaba en vano al marido. El tío Marek, pequeño, encorvado, con el rostro esterilizado por el sexo, se asentaba en su fracaso gris, asumiendo el destino a la sombra de un desprecio infinito en el que creía descansar. En sus ojos grises brillaba la lejana brisa del jardín que se extendía en la ventana. A veces, con un movimiento débil, intentaba hacer algunas observaciones, oponerse, pero, la oleada de femineidad arrogante rechazaba de lado este gesto sin importancia, pasaba triunfalmente junto a él y, con su estrepitosa marejada, ahogaba los débiles reflejos de su masculinidad.

Había algo trágico en esta fertilidad desaliñada y desmesurada, allí se hallaba esa miseria de la creación luchando en el límite de la nada y de la muerte, había un heroísmo de la femineidad todopoderosa y triunfante en su fertilidad sobre la invalidez de la naturaleza, sobre la insuficiencia del hombre. Mas la visión de la prole mostraba la razón de este pánico maternal, de esta locura de parir que se agotaba en fetos malogrados, en una generación efemérica de fantasmas sin sangre ni rostro.

Entró Lucía, la mediana, una cabeza demasiado desarrollada y madura sobre un cuerpo rollizo de carne blanca y delicada. Me dio su manita de muñeca y de improviso floreció todo su rostro cuál pivonia desbordante en su plenitud rosa.

Infeliz a causa de sus rubores que desvelaban desvergonzadamente los secretos de la menstruación, entornaba los ojos y enrojecía aún más bajo el roce de las preguntas más indiferentes, por más que todas contenían una alusión oculta a su mocedad hipersensible.

Emil, el mayor de los primos, con su bigote rubio claro y su rostro del que la vida había borrado cualquier expresión, paseaba por la habitación con las manos en los bolsillos de sus pantalones de pinzas.

Su traje, elegante y castaño, llevaba el estigma de países lejanos que recién acababa de visitar. Su cara, marchita y opaca, parecía día a día olvidarse de sí misma hasta convertirse en una pared blanca y vacía con una redecilla pálida de venitas en las que, como líneas en un mapa borroso, se enrevesaban los recuerdos agonizantes de aquella vida tormentosa y desperdiciada. Era maestro en trucos de cartas, fumaba pipas largas y nobles y olía extrañamente a países lejanos. Con la mirada errando por los viejos recuerdos contaba anécdotas muy raras que se interrumpían repentinamente, se descomponían, se desvanecían en el vacío. Yo le seguía con mirada ansiosa deseando que se fijara en mí y me rescatara de la tortura del aburrimiento. En realidad, me pareció que me guiñaba un ojo cuando me dirigía a la otra habitación. Le seguí. Estaba sentado en un tresillo bajo con las rodillas cruzadas casi a la altura de su cabeza calva como una bola de billar.

Parecía ser sólo un traje fruncido y arrugado colgado sobre el tresillo. Su rostro era como un halo de una cara, como el soplo que algún desconocido hubiera dejado en el aire. En sus manos pálidas y lacadas de azul tenía un billetero y miraba algo dentro.

Desde la niebla de su rostro surgió dificultosamente el blanco torvo de su ojo pálido, llamándome con un guiño burlón. Sentí una pasada simpatía desbordante hacia él. Me tomó entre las rodillas y comenzó a mostrarme retratos de mujeres y muchachas desnudas en posiciones provocativas, mientras barajaba las fotografías con sus diestras manos. Me apoyaba de lado contra él y miraba esos delicados cuerpos humanos con ojos lejanos que se tornaron ciegos cuando me alcanzó el fluido de una confusa conmoción que espesó el aire de repente y recorrió mi cuerpo con un escalofrío de inquietud, una oleada de súbito entendimiento. Pero, en ese lapsus, la nievecilla de su sonrisa, ese germen de deseo que se dibujaba bajo su bigote suave y bello y que tensaba en sus sienes una vena palpitante, esa tensión que mantuvo durante unos instantes sus rasgos concentrados, cayeron en la nada y el rostro se alejó hacia la ausencia, se olvidó de sí mismo, se difuminó.

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