Rumbo a Zoar

Violeta Balián

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Ilustración-Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)

 

Implacables, destruyéndolo todo a su paso, los invasores avanzan hacia tu lugar en el mundo. Tú y tu familia se refugian en la montaña y desde arriba contemplas cómo el fuego y la muerte asolan al valle feliz.

Sufres. Tus hijas mayores se rehusaron a abandonar sus hogares y no tienes noticias de su paradero. Las menores, a tu lado, lo dejaron todo atrás para no volver y ahora hacen planes para llegar a la base subterránea de Zoar, más allá de las líneas enemigas. Queremos sobrevivir, reclaman. Para ello cuentan con guías, un par de entidades híbridas, dispuestas a socorrer a selectos grupos de humanos. Anoche estuvieron de visita. Tú misma preparaste la cena y escuchaste sus propuestas. Te hablaron de los peligros que acechan por el camino; y también de la posibilidad de que los detecten como a una familia humana. Si así sucediera, morirían al instante. La consigna es pasar desapercibidos, sin nada que los distinga de los invasores ni de los mismos híbridos.

Pero tú no consigues apartarte de la ventana, del horrendo espectáculo que te absorbe día y noche. Tampoco del cruel, irracional rayo de esperanza susurrándote al oído la posibilidad de que tus hijas mayores hayan sobrevivido, o que la situación que estás viviendo no sea más que una horrible pesadilla.

En la noche, los guías acompañarán a la familia en el peligroso recorrido a las posiciones invasoras y, una vez sorteadas, proseguirán rumbo a Zoar. Tu corazón gime. Partir significa abandonarlo todo y mucho más que tus pertenencias. Observas a tus hijas haciendo los preparativos. De tanto en tanto, las sorprendes en algún animado diálogo o disfrazándose con pelucas y ropas de híbridos. Mientras, tu marido lamenta tu vejez y la suya. Él también quisiera hacer su parte por la raza humana. Al oírlo, los visitantes le reconfortan ‒‒: Ningún problema, buen hombre, tus hijas procrearán contigo. De este modo, asegurarás el futuro de la humanidad.

Escuchas a tu familia, sus palabras y exhortos. Ya no cuentan. Es así que vas demorando tus preparativos con cualquier excusa.

Madre, ¡apúrate!

Cierras la puerta para emprender tu inútil marcha a Zoar. El pequeño grupo se ha adelantado. Tienen prisa y no se preocupan por ti. Tropiezas. No puedo alcanzarlos, gritas. Ya no te oyen.

Vencida, regresas al refugio y te ubicas frente a la ventana. Igual a ti misma, inmóvil, lloras desconsolada la pérdida de los tuyos y finalmente, languideces hasta que las primeras luces del día te encuentran en el mismo lugar, convertida en una estatua de cristal.

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