Las brillantes (y vibrantes) “Fábulas del crimen” de Diego M. Rotondo

Fernando Morote

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El concepto de fábula, como relato breve de ficción que encierra una moraleja para expresar su intención didáctica, es ingeniosamente transgredido por Diego M. Rotondo (Buenos Aires, 1974) en su colección de crónicas policiales denominadas “Fábulas del crimen”.

Asesinatos brutales, llevados a cabo por seres desalmados y tortuosos, son descritos de manera precisa, por momentos con un toque de sutil humor, a través de una narración vertiginosa, simple y clara que envuelve al lector desde el primer párrafo. Los acontecimientos reseñados –ocurridos en diversas latitudes del mundo en un período comprendido entre finales del siglo XIX y principios del XX- tienen sabor a noticia fresca y abominable; bajo el aspecto de un urgido reportaje periodístico se sienten tan reales que parecen desprenderse de su carácter ficticio creado por el autor a partir de viejas fotografías de corte siniestro.

tapa-vieja-4El recorrido de los textos produce la impresión de una suculenta serie de terror en la televisión. Los personajes involucrados en los hechos luctuosos son inspiradores, deliciosamente promiscuos y crueles; verdugos que en el fondo antes han sido víctimas, perversos que antes han sido pervertidos, y que actúan con un propósito específico, motivados por una razón comprensible aunque no siempre justificable, empleando múltiples y cautivantes modalidades de exterminio individual o colectivo, empujados por situaciones límite, acosados por daños mentales, ultrajados emocionalmente.

El conjunto relata un cúmulo de decisiones trágicas que desembocan en desenlaces fatales y refuerza la idea de que personas aparentemente inofensivas pueden convertirse de pronto en homicidas salvajes como producto de un descontrol o desorden psicológico.

La ironía de las historias reside en que, pese a lo aterrador y sombrío de algunas imágenes, no llegan a ser repulsivas sino por el contrario despiertan de inmediato una sincera simpatía por el autor. Los datos exagerados, incluso en los casos más sórdidos y macabros, causan una hilaridad quizás involuntaria, pero igualmente efectiva (no está de más mencionar que algunos adjetivos como “dantesco” y “espeluznante” podrían ser fácilmente reemplazados por otros menos utilizados en el género).

“Fábulas del crimen” es una presentación obscena, incitante, de la violencia extrema que habita en el lado más oscuro del espíritu humano, y que en más de una ocasión provoca en el lector un encendido deseo de emular a sus protagonistas.

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