La sonrisa envanecida

Violeta Balián

Sonrisa envanecida

Ilustración-Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)

 

“…mirando atrás me recrimino por no haberle prestado atención a la perra, a su mirada inquieta cuando se resistía a pasear por el sendero sinuoso del pequeño bosque que nos dejaba en la calle donde podía corretear a gusto”.

Aquella tarde de otoño oscureció más temprano y apuramos la vuelta. Subíamos las dos por el camino cuando vi luces en la planta alta y una silueta contra la ventana, corriendo la cortina. Me extrañó. Según la agencia, no había nadie en la casa. ¿Sería el sistema de luces automáticas? ¿Una falsa impresión?

Lucy terminó de comer y se acomodó en su canasta.

Por mi parte, con algo de tiempo entre manos y seguida de cerca por el retumbar de mis pasos sobre el piso de madera enfatizando el ambiente lúgubre del lugar, me puse a curiosear las fotos de familia dispuestas sobre el piano de cola, las consolas, y los corredores. Me llamaron particularmente la atención los retratos que colgaban de las paredes. Las imágenes repetían la sonrisa envanecida de una mujer con el estilo y la belleza de la legendaria Lauren Bacall.

Al día siguiente, al regresar de la caminata, se me presentó la visión fugaz de una mujer alta y rubia subiendo la gran escalera y un perro corriendo tras ella. No, no era Lucy. La perra estaba a mi lado, esperando su ración. Turbada, me dirigí a la cocina. En plena tarea, me aturdió un ruido infernal. Los aparatos electrodomésticos y los relojes se dispararon al unísono y las canillas, abiertas, descargaban chorros que desbordaban hasta el piso. Manipulé interruptores y cerré la llave del agua. No sirvió de nada. Presa de la desesperación, llamé al dueño de casa, en Boston. Tan pronto se escuchó su voz, milagrosamente retornó la calma. Falsa alarma, mentí y expliqué:

— Lo llamé porque no quería molestar a su esposa.

—¿De qué esposa me habla? Mi mujer, Charlotte falleció hace tres años. Por insistencia de mi terapeuta finalmente me animé a salir de viaje, a dejar la casa y la perra al cuidado de extraños y de pronto, todo enloquece. ¿Cómo está Lucy?

Le aseguré que la perra estaba bien y pidiéndole disculpas por haberlo molestado, corté la comunicación. Entonces sonó el teléfono y pensando que era el dueño de casa, contesté. No había nadie al otro lado de la línea. Colgué. El teléfono volvió a sonar y lo dejé, sonando mientras intentaba llamar a la agencia. No había señal. Corrí afuera, al auto pero el viejo Volvo se negaba a arrancar.

Abatida, volví a la casa. La perra dormía a los pies del sofá y la casa parecía tranquila. Hasta que alcé la vista, Charlotte emergía y su suéter negro agravaba el ondular siniestro de su rubia cabellera. Me dedicó la sonrisa del retrato y levantando el brazo como si fuera una vara invisible, azotó con fuerza al animal que gimió hasta quedar inmóvil. Quise interferir, increparla, atacarla, todo al mismo tiempo. Fue inútil. Charlotte ya subía las escaleras y la sombra de Lucy detrás.

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