Hombres

Jesús Fernández Santos 

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En agosto llegaron los portugueses. Vinieron con la carretera, bordeando la sierra, cortándola a veces, por el fino través de las gargantas.

Sombreros pajizos de anchas alas, rostros y manos bruñidos por el sol, sudaban todo cuanto puede un hombre en el día más agobiante del verano.

Miguel era de Montealegre, un lugar que cae cerca de la frontera, y labraba piedra para el peralte de las curvas. Él me enseñó a hacer sortijas, como los presos, con un martillo y un clavo de herradura. Se pasaba el día diciendo:

—Estoy deseando terminar esta maldita carretera. Me vuelvo de una vez a mi tierra. Asco de gente…

Nosotros le veíamos golpear las losas de granito, y sentados en el muro del río, le preguntábamos:

—¿Dónde cae tu tierra, Miguel?

—Al otro lado —y señalaba al sur con la cabeza.

—¿Cuál?

Alzando sobre la frente las gafas de tupida rejilla, respondía:

—Portugal: la mejor tierra del mundo, chicos.

Echaban capas de grava y cemento, y grava otra vez; parecía que no fueran a acabar jamás, avanzando tan lentos, metro a metro, quedando en el mismo sitio muchos días. Dormían en las eras, los rostros ennegrecidos, mirando al cielo, entornando a medias los ojos bajo la hilera gris de las pestañas quemadas, o en los pajares, entre emanaciones de hierba aún sin fermentar; donde les cogía la noche, y podían tumbarse y recordar a la mujer y los chicos, muchos kilómetros atrás, esperando el fin de los trabajos.

Al llegar a los pueblos el capataz se adelantaba para hablar con el alcalde, o con el secretario, o con el presidente si el sitio era pequeño, para ver de arreglar el alojamiento y la comida, si la había, porque cruzaron pueblos más pobres aun que los canteros y peones, infinitamente más pobres que capataces y listeros, aldeas miserables que quedaron atrás, colgados en la cima de los montes, en algún amarillo ribazo, sin alcalde, ni cura, sólo con un rebaño de niños grises, delgados, que miraban silenciosos el lento taladrar de los barrenos.

Como habían previsto los ingenieros, se llegó al puerto en los primeros días de noviembre. Ya poco antes cayeron dos fuertes aguaceros y una nevada que no llegó a cuajar. Un gallego que trabajaba la madera, murió de pulmonía, pero los restantes llegaron con la carretera hasta el límite mismo de la provincia. Hubo fiesta y subió el gobernador, y un representante del Gobierno para cortar la cinta que abría el paso. Días más tarde, en tres camiones, bajaron los obreros hasta el ferrocarril, y desde allí, luego de comer por última vez juntos todos, cada cual marchó a su tierra.

Pero Miguel se quedó.

—Es que aún tengo asuntos que arreglar por aquí. —Nadie supo qué asuntos serían. Yo pensé que marchaba al día siguiente, pero a la otra mañana, aún estaba.

Apoyado en el antepecho del puente, miraba el agua.

—De mañana no paso…

—¿Qué estás mirando? ¿Las truchas?

—Igual que las de mi tierra.

—Serán las mismas…

—Las mismas… —Tiró una piedra al agua, espantándolas.

Al otro día, cuando volví de llevar el almuerzo a mi tío que segaba, me lo encontré podando un chopo del cementerio. Me llamó desde lo alto.

—¿Todavía no te has ido? —le pregunté.

—Calla y échame la botella.

La botella del agua estaba al pie del árbol refrescándose.

Se la eché arriba y él la cogió al vuelo, bebiendo sin bajarse, sin perder un sorbo.

—¿También sabes podar?

—Sí, señor, también.

—¿Pero cuándo te vas? —insistí.

—La semana que viene. Pronto…

No se marchó a la semana siguiente, ni a la otra, ni al año. Se quedó y allí está aún, enterrado, no en el cementerio como los otros hombres, sino en un prado alto, pasto común en las afueras del pueblo.

* * *

Subiendo, a media montaña, más allá de los últimos rebaños, corrían dos valles interiores, abrigados, cálidos hasta en invierno, donde una fuente mana plana, silenciosa, con lento deslizarse entre el césped, haciéndole crecer muy alto, casi tan fino como los pajones. Estos alcanzaban la altura de un hombre, y cuando la luz se filtraba entre ellos, podía verse la figura desgarbada de alguna cigüeña posada, o andando torpemente a ras de tierra.

Todo aquello; los valles, la fuente, las cigüeñas, se lo enseñé a Miguel un día, y aunque no dijo nada estuvo largo rato ensimismado, acariciándose la barba como cada vez que andaba pensativo. Luego exclamó en alta voz:

—¿Qué será de todo esto, cuando uno se vaya al otro mundo?

Yo le miré, pero bien se veía que no era a mí a quien preguntaba.

Al año se casó. Como todos los de por allí que no tenían dinero, ni tierras, ni fortuna, escogió una viuda a la que su primer marido dejó rica. Cuando salieron de la iglesia, la mujer sonreía. Era como si su duro y enteco rostro hubiera rejuvenecido, como si toda ella hubiera vuelto a los alegres días del primer matrimonio. Miguel, a la mañana siguiente, se levantó temprano, y bajo la mirada maliciosa de los demás, fue a su trabajo como de costumbre.

Tres meses duró la paz. El día en que las cosas se agriaron Miguel salió a segar antes que nadie y volvió de noche, su cara gris, sus ojos como muertos. Estaba yo con otros chicos en la bolera, viendo a los hombres desafiarse contra cuatro asturianos, cuando pasó a mi espalda.

—Ven para acá —me llamó.

Seguimos carretera arriba, bordeando el río, fuera ya del pueblo.

—¿Qué dicen por ahí de mí? —preguntó al fin, pasado el cementerio.

—Nada… ¿Qué van a decir?

—Creía…

—Una vez oí que presumías mucho para no ser de este pueblo.

Miguel no respondió.

* * *

Viendo noches enteras la luz encendida en casa de la viuda, los vecinos se preguntaban cómo irían las cosas allá dentro.

Nevó mucho el día de difuntos. Aquel invierno aprendí lo de los anillos. Los días eran breves y fríos, y las noches largas. Hicimos muchos golpeando la plata o el hierro, o monedas de níquel. De tres clases los hicimos. En enero hubo subasta y Miguel compró un solar. Decía que quería hacer una casa para él solo y hablaba de ello como de una vieja idea, aunque hasta entonces nadie se la hubiera oído mentar.

Empezó solo pero luego trajo dos peones y un hombre para que le cavara los cimientos.

—Eso es que la deja —dijeron los demás, hablando de la viuda.

La casa crecía. Todos los ratos que le quedaron libres en la siembra y, más tarde, en la siega y la trilla, los aprovechó para labrar las piedras. Aseguraba que iba a ser la mejor de todo el ayuntamiento y parecía ir a conseguirlo, porque hacía las cosas con cuidado y con gusto.

Los hombres viendo salir la casa adelante, murmuraban. Parecían sentirla ante ellos como una vaga ofensa, y algunos como un directo desafío. Sobre todo el día que le oyeron exclamar:

—Aquí no se trabaja la piedra… Aquí nadie entiende de eso, ni de nada…

No contestaron, pero a la tarde, uno exclamó:

—A este hay que pararle los pies un

día.

Se lo conté a Miguel, pero no se ofendía. Al contrario, me preguntaba como siempre:

—¿Y qué más dicen?

—Que no sabes labrar ventanas, ni una puerta, ni un dintel…

—Ya aprenderán, si esperan.

—Y que no vayas diciendo por ahí, eso de los hombres…

—¿Que no entienden?

—Eso…

Nunca pudo la viuda ver con agrado el nacimiento de la casa. Parecía ignorarla, a pesar de que desde su ventana, debía ver cómo crecían los muros palmo a palmo, al otro lado del río.

Al año me enseñó Miguel la llave:

—¿La ves? Ya está casi terminada. Fíjate si sé hacer ventanas.

La vimos por dentro y fuera. Estaba tan alegre como en sus buenos tiempos, cuando aún andaba soltero y pensaba, cada semana, volver a Portugal. Se lo dije, y puso tal cara y una voz tan triste que me dio pena haberle hablado de ello.

—Eran otros tiempos, chico, eran otros tiempos.

De pronto empezó a contarme lo cálidos que eran los inviernos en su tierra y cómo de chico, igual que yo, había pasado sus mejores tiempos, antes de ser peón, ni cantero, ni nada.

Cuando puso el ramo en el tejado, como se hace siempre al acabarlo, la viuda huyó a León, a casa de un primo, carnicero. Miguel estuvo una semana sin salir, y cuando ya el presidente pensaba visitarle, se adelantó yendo a ver al secretario.

—Quiero vender la casa grande. Sacarla a subasta.

—Hombre, la casa es de tu mujer.

—Si es de ella, será mía, digo yo…

—Es que está a su nombre. Bien que lo siento, pero ni tocarla puedes…

Vendió los animales y el pan de la cosecha, viviendo de ello aquel invierno, pero también aquel dinero se acabó y tuvo que ir entrando de jornalero, como antes, por cada una de las otras haciendas.

Lo mató un hombre que aún está en la cárcel. Lo mató quizá por sus palabras, quizá por la casa, quizá por nada o por algo que nunca quiso decir.

Habían quedado solos los dos en un prado alto, cerca del valle que yo enseñé a Miguel, y al oscurecer, bajó el hombre demacrado. Sin decir palabra, cruzando el pueblo, se encaminó al cuartelillo de los guardias.

—Vengo a que me detenga, cabo.

—¿Qué te pasa?

—Que maté al portugués…

Tenía un negro corte de guadaña en el cuello, bajo la barba. Tardaron en decidirse a levantarlo, y sólo cuando el médico lo vio, lo bajaron al pueblo. El cura no quiso que fuera enterrado en lugar sagrado y le cavaron la tumba donde ya dije, en un rincón del prado donde por mayo nace la flor de la genciana.

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