Maestro Juan Daniel Skoczdopole por dos

Alberto Ernesto Feldman

teatro real madrid 1898

Teatro real de Madrid (1898)

(Un puente entre el Teatro Real  de Madrid y el Teatro Colón)

El cinco de febrero de 1876, fue una fecha memorable para el Arte lírico español. El Teatro Real de Madrid estrenaba “Rienzi”. Un innovador como Wagner era muy resistido por quienes tenían sus oídos y sus ojos acostumbrados a la óperas italianas y francesas. El público y los críticos estaban muy divididos y muchos esperaban  un escándalo.

Una descripción crítica, pero muy divertida de esta primera representación, se puede leer en la novela “Fortunata y Jacinta” de Benito Pérez  Galdós.

La exigencia de grandes masas corales y comparsas, importantes números de baile, una banda agregada con abundante percusión y una orquesta muy reforzada, prometían algo fuera de lo común. Aunque no es la más espectacular de las obras wagnerianas, era la primera en llegar a España.

Hacía sólo dos años que se había producido la Segunda Restauración, que puso en el trono a un joven Alfonso XII, después de cuatro años de un pronunciamiento militar que había enviado a su madre, Isabel II al exilio, y el Teatro Real, una joya mimada  por ella, que lo había inaugurado en 1850, volvía por sus fueros.

La representación fue un éxito y en gran medida se debió a la calidad del director, Juan Daniel Skoczdopole, natural de Bohemia, hoy República checa y entonces perteneciente al Imperio Austro-húngaro.

skoczdopole

¡Quién sabe que vientos llevaron a este centro-europeo de raro apellido al sol de España! Más adelante veremos cuales eran esos vientos. Lo cierto es que en la península hizo una carrera musical como compositor y director que hizo Historia. En archivos y documentos de la época, incluso en algunos papeles oficiales, se refieren a él como “el querido y españolizado maestro”, lo que nos da una idea del afecto que inspiró. Además de excelente músico, debe haber sido una muy buena persona.

En 1973, poco después de casarme, dejé de conducir ómnibus y pude comprar un taxi para independizarme, lo que en comparación me resultaba un paseo, y además me permitía darme el gusto de escuchar música mientras trabajaba.

Aunque ya tenía más de treinta años, seguía deleitando mis oídos y mi corazón y soñando con poder tocar algún día un instrumento, pero ocurría que no tenía ni tiempo ni paciencia, y lo que era peor, me gustaban todos. Piano, violín y guitarra eran mis preferidos, pero si oía una flauta, eso es lo que quería, si después escuchaba un arpa, eso era lo mejor, los sonidos del oboe o del cello me transportaban. Mientras, disfrutaba con todos ellos.

Al subir un pasajero, bajaba el volumen de la radio y frecuentemente me pedían que lo subiera, para compartir el momento, como ocurrió una vez en la esquina de Corrientes y Callao, pleno centro de Buenos Aires, cuando subió un señor que me preguntó, algo intrigado: ¿Usted sabe qué es eso que estamos oyendo?… si señor, le contesté; es el  concierto  para clarinete de Mozart. Comenzó a tararearlo y lo seguí. Fue un momento mágico. .A partir de allí hablamos hasta por los codos y me contó que era primer clarinete del teatro Colón, profesor en el Instituto de Arte del mismo y en el Conservatorio Municipal  “Manuel de Falla”; que había viajado por el mundo con la orquesta y también como solista, bajo la dirección de muchos directores famosos, y citaba nombres tales como Von Karajan, Erich Kleiber, Leonard Berstein, Vaclac Smetacek, Ferdinand Leitner, siendo algunos de ellos también sus amigos personales.

Uno de sus recuerdos más queridos, que me trasmitió, fue la interpretación de la novena sinfonía de Beethoven en Buenos Aires en el año 1941 dirigida por Toscanini, a la sazón exiliado en E.E.U.U., que representaba una queja contra el fascismo y una esperanza frente a las calamidades de la Segunda Guerra Mundial.

A esa altura de sus anécdotas yo quería que ese viaje no terminara nunca, y ya había descubierto, ¡oh, milagro!, que el instrumento de mi vida era el clarinete.

Cuando llegamos a destino no resistí la tentación y le pregunté si querría enseñarme. Me contestó que sólo tomaba alumnos avanzados, pero que conmigo haría una excepción, y durante más de un año me dio las primeras nociones. Al fin deserté. El solfeo y la teoría me resultaban muy complicados y desaproveché a un excelente maestro, pero muchos años más tarde, otro  buen maestro, un poco más de tiempo y mayor voluntad, entre otros factores, revalorizaron la importancia de aquel encuentro casual. Todavía recuerdo con emoción y gratitud el apretón de manos de aquel hombre al bajar del coche y el gesto de aceptarme como alumno y darme sus datos para llamarlo y arreglar los detalles.

Antes de guardar la tarjeta y arrancar miré su nombre. En delicadas letras góticas decía:

                                        Juan Daniel Skoczdopole

No hay misterio en la coincidencia de nombres y apellido. El excelente y famoso músico argentino, primer clarinete del Teatro Colón, mimado por los más exigentes públicos y los más importantes conductores, en más de setenta años de dedicación a la Música, y el brillante director de orquesta nacido checo y luego “españolizado” hasta los tuétanos, titular durante muchos años del podio del Teatro Real de Madrid durante y después del reinado de Isabel II, eran abuelo y nieto.

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Teatro Colón de Buenos Aires (1930)

El abuelo, a quien llamaremos respetuosamente Juan Daniel “el viejo”, había nacido en 1811 en Pribram, pequeña ciudad de Bohemia donde su padre era sacristán y campanero de la basílica y monasterio de Nuestra Señora del Sacromonte, en un país que más allá de los cambios de nombre, fronteras y gobiernos, siempre le dio mucha importancia a los estudios musicales. El hijo del campanero, muy estimulado, completó sus estudios en el conservatorio de Praga.

Egresado como violinista y organista, ingresó accidentalmente como director de la orquesta de un importante circo, al que siguió en sus giras, primero por el país y luego por toda Europa, enamorado de una bella artista del mismo.

Al llegar a España, se produce la ruptura amorosa, abandona el circo y fija su residencia en Madrid, donde comienza como profesor particular de piano una carrera que como sabemos, lo llevó a la fama.

Podemos decir que el azar también ayudó. Siguió la suerte del circo detrás del amor de una artista, y ancló en Madrid, desengañado, dedicándose a la enseñanza.

Allí, entre sus primeros alumnos, figuró la joven condesa Eugenia de Montijo, que luego sería esposa de Napoleón III y que lo vinculó, primero con la nobleza española y luego con la Ópera de París, donde también actuó.

Tuvo varios hijos, uno de los cuales, José (1843-1923) emigró a Buenos Aires y originó la rama argentina de la familia.

Lo primero que surge en la imaginación, al relacionar ambos artistas homónimos, es la lógica continuidad de una misma profesión, ejercida con excelencia y trasmitida de generación en generación. Sin embargo, éste no fue exactamente el caso.

No se conoce el por qué de la decisión del hijo de un músico muy famoso y muy querido, bien posicionado social y económicamente, de emigrar a la República Argentina ni trascendieron tampoco las actividades que aquí desarrolló.

Lo que sí sé, por haberlo escuchado personalmente de labios del excelente maestro del clarinete, es que su padre, se opuso tenazmente a que Skoczdopole “el Joven” fuera músico, por motivos que permanecerán por siempre en la oscuridad, y que pese a la prohibición paterna, siendo empleado de comercio, un impulso lo llevó a aprender el clarinete a los dieciocho años, una edad relativamente tardía para iniciarse en la Música y mucho más tardía para alcanzar el nivel al que llegó.

Debió estudiar a escondidas y, según me relató, como no podía llevar su instrumento a casa, practicaba la digitación en el tranvía que lo llevaba todos los días al trabajo, sobre un pedazo de palo de escoba que también tenía que esconder al regresar.

Como se puede apreciar, las cosas no fueron fáciles para Juan Daniel “el Joven”.

Todo un tema para la Psicopatología, pero por suerte, gracias a su fuerza de voluntad y quizás  también a una chispa genética que saltó una generación, ganó la Música.

Bibliografía:

José Subirá: Historia y anecdotario del Teatro Real de Madrid.

Benito Pérez Galdós: “Fortunata y Jacinta” – Novela histórica

Juan Pedro Franze: “Juan Daniel Skoczdopole, músico de España”, Buenos Aires Musical, (número de noviembre de 1977)

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