Kadaré y la patria materna

Pedro A. Curto

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Hay lugares que es difícil te dejen indiferente, aunque se crucen en tu camino por la casualidad y permanezcas en ellos sólo unas horas o unos días. Están ahí como creando un espacio mágico en espera de tu visita, de que los descubras. Eso sucede con la ciudad del sur albanés, Gjirokastër, población de geografía empinada, casas de piedra, tejados que comunican uno con otro, un espacio que parece más fantástico que real. Y si esa es tu ciudad natal, como le ocurre al escritor Ismaíl Kadaré –que ha hecho de lo albanés su fundamental material literario– es lógico que regrese a la pequeña patria, como ocurre en su última novela que acaba de ser publicada en España, “La muñeca”. Existe una literatura que habla de las grandes metrópolis, que marcan tendencia en los modos de vivir y ver el mundo, pero también existe otra que relata las periferias, aquellos lugares que pasan desapercibidos y su escritura los coloca en el mapa, en cierta medida, los construye. Eso es lo que hace Ismaíl Kadaré con Albania y Gjirokastër.

En su novela “Crónica de la ciudad de piedra”, Kadaré narraba sus recuerdos infantiles en una Gjirokastër situada en la Segunda Guerra Mundial, sometida a invasiones de griegos e italianos, donde los descubrimientos vitales se mezclan con el horror de los muertos y los bombardeos, en un lugar forjados por tradiciones y leyendas. Todo ello en un mundo paradójico, descrito con humor negro, donde el surrealismo (o el realismo mágico) no son necesarios porque basta mirar la realidad a la altura de unos ojos vírgenes. Y ahora, un Kadaré octogenario regresa a esa pequeña patria para adentrarse en una figura esencial: la madre.

Con un lenguaje intimista y lírico, no siempre presente en su obra, Kadaré construye sus orígenes familiares. Y hablar de familia en Albania, más aún en aquella época, es hablar de clanes, de costumbres, de leyendas, de unas estructuras sociales que invaden todos los componentes de la vida, desde los más íntimos hasta los más públicos. El amor y las relaciones de pareja, el matrimonio (toda una institución), formaban parte de esos cánones. Así es como una joven de Gjirokastër, perteneciente a una familia pudiente, los Dobi, se compromete con un hombre de un clan en descenso social, los Kadaré. Se construye, de alguna forma, un encierro, un enjambre donde sus moradores están condenados a habitar, pero que al mismo tiempo es su identidad, una identidad no exenta de humanidad y hasta de ternura. “Madre, que se mostraba impenetrable en tantas cosas, no ocultaba sin embargo que nuestra casa no le gustaba en absoluto.” Nos relata Kadaré, y en ese “no gustar”, establece una metáfora del mundo cerrado del clan familiar, donde ella habita con levedad y presencia. Por eso la madre adquiere ese nombre que se repite a lo largo de las páginas y que da título al libro: “La muñeca.” Pero es una muñeca combativa y con una personalidad desconcertante, mezcla de inocencia ante el mundo que la rodea y va cambiando (la guerra, el comunismo, ruptura con la URSS, traslado a Tirana, carrera de escritor de su hijo…), que Kadaré va describiendo con un tono de introspección y reflexivo. En torno a La muñeca, giran los demás personajes familiares, el padre, los abuelos, los tíos, que es un mosaico de lo que ha sido la historia albanesa desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. Y ese mundo familiar se atraviesa por una particular lucha de clases, cuya denominación tan presente ha estado en su país.

Es la novela más autobiográfica de Kadaré y en algunos momentos adquiere carácter de memorias, en particular cuando habla del nacimiento y desarrollo de su vocación literaria: “En todo momento he querido creer que tal vez fuera precisamente allí, en aquella errónea percepción de la fisonomía del mundo, en aquella inexactitud y forma de recular de la razón, en una palabra, en la tozudez de la infancia para no darse por vencida, donde tal vez se oculte el origen de aquello que se denomina el don de la escritura.”

Si en algunos aspectos La muñeca difiere de otras de sus novelas, si hay algo que se mantiene, la riqueza de los matices, el huir de la complacencia, ahondar en las contradicciones de los mundos y personas que describe, en no hacer bandera de la verdad. Así, frente a los retratos planos y simplistas con los cuales algunos autores han descrito la figura materna, Kadaré muestra un mundo poblado de enredos: “Puede que más que como un hijo de una madre, yo me sintiera como el retoño de una muchacha de diecisiete años, cuyo crecimiento había quedado interrumpido.”

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Con esta novela Ismaíl Kadaré por una parte nos sorprende con nuevos registros y por otra ahonda y recupera el complejo y prodigioso mundo albanés que ha forjado el éxito de su obra.

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