No importa cuántos besos recibas, las piedras duran más que nosotros

Francisco Rapalo

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El circo se había instalado en el ferrocarril abandonado. Las carpas flameaban conteniendo una oscuridad de luz de velas y aserrín flotando en el aire. Unos hombres fumaban en un banquito, controlando que el casete con el mensaje de bienvenida siguiera funcionando por lo menos unos diez minutos más. El más viejo de los hombres le dijo a los demás que si no les parecía que todo el mundo estaba conectado, los árboles a través de las raíces en la tierra, los pájaros contándose secretos en los cables de electricidad…; como pasaba siempre, ninguno de los otros hombres lo entendió. Movido por la pasión a las frases cortas de extensos significados, una vez también había dicho que la vía del ferrocarril es una ilusión óptica, que la gente prefiere no ver al circo llegar ni irse.

Una de sus hijas, la acróbata, le respondió que en realidad iban tan lento, de un camino de tierra a otro, que la asustaba mirarse en los espejos y encontrarse siendo una nena todavía. Pero el viejo no la escuchó. Como tampoco escucho cuando le avisaron que los leones estaban aprendiendo a abrir las jaulas. Lo único que quería oír era Bienvenidos al Circo Atlantis. “No viste que pueden pasar la pata para afuera. No viste que juegan con el candado”, decía la acróbata. Se lo decía a todo el mundo. Lo que no decía es que seguido soñaba con las jaulas abiertas, perfectamente abiertas, sin un sólo rastro de furia animal. También soñaba con lugares donde el cielo era una superficie de cristal que rodaba, y el sol era siempre de colores, no como el del mediodía que blanquea, sino de colores caramelos, rojo, amarillo, rosado; aunque si lo pensaba bien esos eran los sueños de los leones. Después, la acróbata quedó embarazada y la gente del circo reunió sus manos en su vientre. Ese tipo de gestos la calmaban, la hacían sentirse que si la jaulas se abrían ella iba a estar segura.

El circo era famoso por dos cosas. La primera era la acróbata embarazada, un acto que ciertamente dividió al público: algunas mujeres se horrorizaban, otras lo tomaban como un acto de reivindicación femenina. La segunda era el espectáculo de los leones ciegos. Uno de los payasos, el idiota y ágil, se bañaba en sangre de chancho (al principio lo había hecho frente al público, y después de unos cuántos nenes llorando, afuera de la carpa) y, con una colita de conejo colgándole, jugaba a ser perseguido por los animales. En cada función, el público estaba del lado de los leones, tanto como del lado de la madre acróbata en su lucha contra la gravedad.

Era bastante obvio para el público que los leones estaban ciegos. No por las cicatrices ni por los ojos lechosos, sino porque se lastimaban entre ellos. Al día siguiente de un espectáculo se sentían sin ánimos de levantar la cabeza ni de abrir la boca; no intercambiaban rugidos, no tenían nada que decirse…, o no sabían cómo. Las heridas, oscuras y húmedas, destilaban un olor acre que hacía que las moscas zumbaran más fuerte que nunca.

El más viejo de los hombres decía que él mismo había cegado a los leones para que pudieran imaginarse libres, que lo que comían no eran perros de la calle sino algún lince suave y fibroso, y que ese de arriba no era el cielo de la pampa sino algún otro, más celeste, más real. Su hija, la acróbata embarazada, no estaba de acuerdo: decía que los leones no podían imaginar algo que no conocían y que cegarlos había sido otra forma de esclavitud.

“Qué sabés vos de esclavitud”, le espetó su padre. “Qué sabés vos del mundo”.

Y era cierto: ella no sabía nada del mundo que no fuera uno de sus actos de acrobacia. Sin embargo, había soñado los sueños de los leones, los había visto escapar, había sido ellos…, el pelaje pegoteado, colonizado de moscas; una fuerza antigua esperando ser liberada.

La acróbata se preguntó qué pasaría si diera a luz a un leoncito en lugar de a un bebé. ¿Se lo sacarían? ¿Lo encerrarían? ¿Lo dejarían ciego con ácido? ¿Le dolería al pobrecito? Puso las manos en su vientre, como esperando a que le contestaran desde adentro. La asombraba que en un mismo cuerpo hubiera dos mentes, quizás pensando en lo mismo, quizás no. Le preguntó si él quería que ella hiciera los saltos de una hamaca a otra, si la iba a perdonar alguna vez por no habérselo preguntado antes.

***

La historia empieza así: una llave. Una llave enganchada en el pantalón de su padre; su padre, pasando mates con gusto a tabaco y madera de una mano a otra. El casete que seguía reproduciendo el mensaje de bienvenida. Afuera tan vacío que los eucaliptos parecían personas.

Sacar la llave no iba a ser trabajo fácil, pero en ese estado de fiebre cualquier cosa parecía posible. Y no se trataba de la fiebre de una gripe sino de la fiebre de la locura, la que se traslada de una persona a otra con un secreto. La acróbata embarazada estaba poseída por una fiebre que le había arrebatado el miedo y la razón. Sin embargo, no se sentía diferente, sino siendo algo que ya había olvidado. La forma animal, decía para sí misma. Los cientos de gaviotas y cuervos y canarios que se revolvían adentro suyo: el terciopelo de las plumas, el filo de los picos y las garras.

Así es que, siguiendo el plan de la fiebre, juntó un canasto con ropa sucia y se unió a la ronda de hombres en la entrada. Bienvenido al Circo Atlantis, Bienvenido al Circo Atlantis. Uno de los que hacía de payaso, el triste, le dijo que la ropa no se cuelga sola. “¡Vos callate que es mi hija y yo nomás le digo cosas así!”, intervino su padre con la pipa mordida a un lado en la boca. El payaso triste le sostuvo la mirada. “Está mal acostumbrada”, dijo. El viejo se sacó la pipa con un hilo de saliva colgándole. Se podía ver cómo se transformaba interiormente. “¡Vos no sos más que un payaso triste, pelotudo!” Al payaso triste le tocaba el mate, pero lo dejó pasar y se paró. El viejo lo imitó, aunque le costó un poco más levantarse. “Yo seré un pelotudo, pero soy el pelotudo que le infló el bombo a tu hija”, dijo. Antes de que la acróbata pudiera responder, su padre levantó la voz y le dijo que su hija no lo tocaría ni con un palo. Se volvieron a sentar y algunos hombres rieron. Le tocaba el mate a la acróbata, que lo aceptó. Probó cada una de las bocas de los hombres en ese mate: la mentolada, la agria, la áspera, la dulce…, y adentro suyo todo era plumas.

La verdad es que no, ella no había tocado al payaso triste pero él sí a ella. Y lo mismo con cada hombre del circo excepto su padre. “No dejes que te vuelvan a tocar”, le habían dicho sus tres hermanas una noche de tormenta. La lluvia en la carpa como miles de dedos tamborileando, sus cuatro cabezas rubias capturando la luz de las velas. La acróbata estaba en ropa interior, y las hermanas acercaban las velas al vientre para ver si veían algo: una figura, una sombra, un resplandor, un piecito empujando la piel. “No dejes que te pongan otra mano encima ahora que estás embarazada; éste ya no es tu cuerpo solamente, lo compartís”. La acróbata les contestó que lo que llevaba adentro no era de ninguno de los hombres del circo, ni siquiera de sí misma. “¿De quién es, entonces?”, preguntó una de las hermanas, confundida. “No sé todavía, pero yo solo soy la que lo carga, la que lo soporta”, respondió. La lluvia se hizo más fuerte y todo lo que conversaron fue de oído a oído.

“¿No te llevás el canasto?”, preguntó su padre, sacándola de sus pensamientos. Ella no lo escuchó, se levantó del asiento y volvió a la carpa. Ya tenía la llave apretada en el pecho; había aprovechado a tomarla con su padre de pie. “¿Ves lo que te digo? Están mal acostumbradas, así le salen los pibitos después, un desastre”, siguió el payaso triste. Al más viejo le tocaba el mate. Cuando lo probó, probó la boca de su hija. Humedad. Locura. Veneno y el perfume de una flor.

***

Lo que aconteció más tarde nadie se lo vio venir, ni cuando el Tirri la vio pasar con los baldes de sangre de chancho. Algunos chicos estaban llegando a la función de las seis, aún con media hora de anticipación. Traían regalos con moños y estaban bien peinaditos. “Parece que va a ver un cumpleañero y torta y una mamá que va a pedir el cumpleaños feliz al final”, dijo el viejo con la pipa mordida al frente. Los payasos se levantaron apenas vieron enfilar el primer auto, y se fueron a maquillar; las tres hermanas de la acróbata eran las encargadas de eso.

La acróbata, por su parte, andaba desnudándose frente a la jaula de los leones. El sol estaba tibio pero lo sintió en su piel como los labios furiosos de un amante.

“Los voy a dejar irse, los voy a sacar de acá…, y ustedes me tienen que prometer algo”, dijo. Uno de los leones levantó la cabeza con los ojos apretados. La acróbata destapó la jaula y echó las lonas a un lado. El otro león frunció la nariz y aspiró todo el aire que pudo. El balde con la sangre no estaba lejos, y aun así a la acróbata se le hacía imposible que pudieran olerlo todavía. Se preguntó si estarían sintiendo el aroma de su cuerpo: a sal en el cuello, químico en las manos y ácido en los genitales.

“Sé que se están muriendo, y quiero ayudarlos. Quiero darles la vida que me sobra”, dijo. “Quiero que se alimenten de ella y la lleven con ustedes a donde vayan, lejos de acá. Este no es lugar para que… lo que esté por dar a luz crezca. Tampoco para unos leones”.

Los leones resoplaron y una nube de moscas se dispersó en el aire. De pie, los animales se rugieron entre sí.

La llave en la mano de la acróbata era como una sombra o un peso muerto. Entonces abrió los dos candados y la tiró a unos pastizales altos. Resultó que el balde de la sangre de chancho era demasiado pesado para que ella pudiera alzarlo por encima de su cabeza y volcárselo, por lo que mojó las manos y se pintó la panza. Los leones se acercaron a la puertilla. Estaban tan flacos que podían meter una pata entre los barrotes, darle un zarpazo a los candados y después empujar con el hocico el marco de madera para salir.

Y lo hicieron.

***

Eventualmente, la acróbata se curó de su fiebre. Cuando le preguntaron qué pensaba al soltar a los leones no supo que responder. Tampoco a la pregunta de cómo seguía viva y sin un rasguño. Dijo que era como si alguien le estuviera diciendo qué hacer, desde adentro. Nadie volvió a hablar de lo ocurrido.

Las hermanas de la acróbata se encargaron de ella. Buscaron una bañadera de cerámica que alguien había tirado y le hicieron la pata faltante de madera de pino. La bañaron día y noche en agua caliente, por una semana. La acariciaron y le cepillaron el pelo mientras le contaban historias en las que, con mayor o menor variación, la acróbata del circo siempre terminaba escapándose con su amor prohibido. “¿Y él es lindo?”, preguntaba.“ ¿Cuánto de lindo? ¿Cuánto de verdes sus ojos? ¿Cuánto de alto? ¿Cuánto de ásperas sus manos?…”, hasta que se transformó en una obsesión. Pero no duró mucho porque las tres hermanas empezaron a cantarle y lavarla con pañuelos sedosos. La lavaron una y otra vez, y llegado un punto la acróbata sintió que su cuerpo y el agua eran una misma sustancia. Tan blanda que podías atravesarla. Tan espesa que podía ahogarte.

Recibió varias visitas durante el tratamiento de agua, y a todas las atendió dentro de la bañadera, una capa de espuma ocultando su desnudez. El oficial de policía fue a preguntarle por los leones, pero ella fingió que no entendía castellano. “Venimos de Francia”, dijo una de las tres hermanas. El oficial era un hombre petizo, gordo de tobillos gordos, transpirado y cetrino, como una nube de lluvia. Daba sombríos asentimientos con la cabeza, que más que parecer un gesto de acuerdo confirmaban una oscura y secreta sospecha. El oficial estuvo sentado un largo rato en un banquito rojo, tanto así que un caracol se le subió hasta la espalda. “Hacen buena pareja”, comentó otra de las hermanas, señalando al bicho con una sonrisa. El caracol se subió a un hombro; el hombre lo recogió y le partió la concha con un simple apretón. Después se pasó los dedos húmedos por el pantalón e hizo preguntas sobre qué es lo que estaba haciendo, esa cosa del tratamiento del agua. La última de las hermanas lo interrumpió y le dijo que era un tema familiar. “¿Familiar? ¿De qué tipo?”, preguntó el oficial, dándole una connotación sórdida con las cejas enjutas. También quiso saber si tenían los documentos para mostrárselos. Las hermanas se miraron unas a otras. Antes de que pudieran responder, el padre de las chicas entró a la carpa y se llevó el oficial. “No hay que molestarla, no hay que molestarla”, decía. “Está enferma de los nervios”.

***

En cuanto a las otras visitas que llegaron a verla, fueron todas mujeres, en grupo o de a una a la vez; mujeres que, como sus hermanas, se reunían alrededor de la bañadera para cepillarla y acariciarle la nueva piel. Le contaban historias del afuera, de lo valiente que había sido al liberar a los leones y la cantidad de velas que se habían encendido por su salud. “Estoy bien”, decía la acróbata, cuando en realidad quería decir no recuerdo haber estado mal. En una oportunidad le dieron un recorte de la revistita del pueblo. Abajo de un párrafo titulado ‘DESAPARECEN PERROS’, había una nota de media página que decía ‘LA ACRÓBATA MÁS QUERIDA DEL MUNDO’. Ella hizo como si lo estuviera leyendo, deslizando los ojos de una línea a la vez, y al final puso una sonrisa que había robado de la novela de la tarde: no me lo merezco, pero gracias.

¿Por qué había fingido que sabía leer? Por lo mismo que había fingido ser francesa. Por los demás. Por quiénes todavía quieren creer.

Al final de la semana, tuvo una última visita. Esta vez era una oficial, y no habló directamente con ella sino con sus hermanas afuera de la carpa. “Los Rodríguez pensaron que ustedes podían hacer algo con los huesos”, dijo la oficial. La voces llegaban claras, íntimas y amenazantes a través de las lonas. La acróbata escuchaba con un brazo por fuera de la bañadera, arrancando pastos del suelo. “¿Por qué tuvieron que hacerles esto?”, preguntó la más grande de las tres hermanas. La oficial le dijo que habían querido aprovechar las pieles pero que las arruinaron; después quisieron probar con la carne y tenía gusto amargo, así que quedaron los huesos pelados. “¿Todos?”, preguntó la del medio. “No, faltan las cabezas”, respondió la oficial.

Las hermanas volvieron con bolsas de basura. Pesaban. Enterraron todos los huesos dentro de la carpa, en un mismo hoyo. Cavaron con las manos mientras la acróbata miraba en silencio. Una vez que cubrieron hasta el último fémur, buscaron tres piedras y las apilaron. En el circo, las piedras apiladas significan memoria: ‘Acá yace uno de los nuestros’.

***

El agua de la bañadera se había teñido de color limón hacia el final del último día. La acróbata sintió el tibio vacío de su interior arrastrándose fuera de su cuerpo. Lo sintió vivo como nunca antes, luchando contra la elasticidad de sus órganos. “¡Me va a matar!”, gritaba. “¡Me quiere matar!”. Entonces las tres hermanas le apretaban las manos y el miedo desaparecía otro tanto.

***

“Es la nena más hermosa”, dijo la más joven de las hermanas. Era de noche y habían prendido una fogata con troncos podridos. La luz del fuego bailaba en la piel de la bebé, reflejada en los vellos frágiles y suaves que poblaban su cuerpito. Las toallas con sangre estaban hechas un bollo a un lado, la acróbata vestida con un camisón de algodón. Su padre fumaba una pipa de espaldas a la fogata. “Primero los leones y ahora esto; el circo se viene abajo”, dijo. No había rastro de enojo en su voz sino de desconsuelo. “Ámala”, le ordenó. “Ámala como yo las amo a ustedes cuatro”.

La bebé se sacudió en los brazos de la hermana más joven. La acróbata se acercó y la tomó. El cuerpito más delgado y liviano que jamás había sostenido. Tenía contextura pajaril y un agujero por boca que emitía llantos tan fuertes y terribles que llenaban el hueco de la noche. La acróbata estaba asustada de esa cosa en sus brazos, de no saber alimentarla ni protegerla. Pero más estaba decepcionada de que esa débil criatura fuera lo que le había producido tal sufrimiento, creación de una fiebre tan intensa.

Más tarde, la fogata reducida a chispas y humo, la acróbata se bajó una de las tiras del camisón y le guio la carita hasta un pezón oscuro y nudoso. La bebé apretó con su boca desdentada y abrió grande los ojos. Se miraron en silencio la una a la otra. En la penumbra del descampado, la acróbata podía pretender que en sus brazos llevaba un becerrito, una tortuga, una jirafa bebé o cualquier otro animal.

Amanecía: los hombres desarmaban las carpas, el viento oxigenaba y descomponía los restos de placenta en las toallas.

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