La ciudad de la furia

Pablo Martínez Burkett

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Yo, que tantos hombres he sido, no

he sido nunca aquel en cuyo abrazo

desfallecía Matilde Urbach.

 

Gaspar Camerarius en Deliciae

Poetarum Borussiae, VII, 16

Jorge Luis Borges, Museo

 

¿Qué tan sola puede ser la soledad?

Me llamó para que nos juntáramos a tomar un café. Como llegué temprano, tengo tiempo de fumarme un cigarrillo mientras miro las gentes pasar. Buenos Aires ya no es la de antes. Casi no conozco a éstos que ni se miran, que van hablando solos en aparatos cada vez más diminutos; o aún peor, escuchando como zombies música o vaya a saber qué. Gentes que aman, sufren y ríen. Gentes que trabajan, esperan y maldicen. Los porteños. Me doy cuenta que hace rato soy uno de ellos.

La primera vez que vine a Buenos Aires tenía 8 años. Viajamos en el Renault Torino blanco de papá. Era tan moderno que los otros autos se apartaban para vernos pasar. Mi tía nos había dado de seña que después de cruzar la General Paz y al llegar a un cartel luminoso de Coca Cola teníamos que doblar. Cierro los ojos y veo todavía las rayitas rojas y blancas que se prenden y apagan. Jamás imaginé que un cartel pudiera ser tan grande. ¡Y aún no había visto las luces del Centro!

Parábamos en la casa de mi tío, que era el jefe de la Estación de Núñez, con trenes que pasaban cada diez minutos (cuando me acostumbré y pude dormir por las noches, se hizo tiempo de volver a casa). Hombre bueno si los hubo, me llevó a conocer la verdadera Reina del Plata. Tantos años han pasado y aún recuerdo el asombro primero del subte y las escaleras mecánicas. Y el Obelisco, vigía irrefutable de una forma de ser. Me acuerdo que me resultó inverosímil estar parado a su vera (entonces no tenía las rejas de ahora) y, fingiendo que me ataba los cordones, lo toqué. Y sumergirme en las galerías subterráneas, con gente que caminaba, comía, compraba y hasta dormía en el suelo, todo en los túneles bajo la avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo. Y asistir a partidos de fútbol en el Monumental y la Bombonera. El Río de la Plata, tan ancho que no se ve la otra orilla. El Aeroparque, con los aviones pasando tan cerquita que casi se podían tocar. Miles de taxis negros con los techos amarillos. Y los edificios, uno al lado del otro. Uno al lado del otro. El Cabildo, más chiquito que en las fotos de los libros de Historia, la Pirámide de Mayo, la misma Plaza de Mayo, con los edificios circundantes aún mostrando las balas y cañonazos de la Revolución Libertadora. Y las casitas coloniales de San Telmo. Y el Mercado de Pulgas de la Plaza Dorrego. Y el Cementerio de la Recoleta, con sus tumbas hospedando nombres de calles y el marchito abolengo de flores y mármoles viejos.

Todo era tan nuevo, tan inusitadamente novedoso. Hasta el olor en el aire. Supe, como puede saber un chico, que de alguna manera, en esa ciudad estaba mi destino.

Viendo mi carita de asombro, mi tío me preguntaba:

—Y… ¿te gusta, pibe?

Que me dijera pibe me ponía loco, me sonaba despectivo. En mi ciudad natal, nosotros no decíamos “pibe”. Es gracioso, hoy forma parte indistinguible de mi idioma, que con la progresiva adición de las “s” finales y un increíble catálogo de palabras y modismos, ya es de acá, irrecuperablemente de acá. Hace veinticinco años que vivo en Buenos Aires. Ni bien terminé el colegio, surgió la posibilidad de venir a estudiar música. Mi madre casi se infarta. Su hijo menor se estaba mudando a la Babilonia apocalíptica. Mi tío, una vez más me dio cobijo y me enseñó a vivir en Buenos Aires.

Aunque en aquel tiempo, las noches no eran las de ahora, igual había que evitar ciertos lugares. Sin embargo, para ganarse el mango siendo músico había que andar de noche. Y así conocí también la Buenos Aires nocturna, con garitos de los que mejor no hablar, mujeres que apenas te dejaban respirar, madrugadas caminando por el empedrado y amaneceres desayunando de parado, un café con leche y una ensaimada. La banda en la que tocaba era bastante buena y teníamos trabajo casi todos los fines de semana. A mí me hubiera gustado tocar blues, pero luego de la Guerra de Malvinas, estaba de moda el llamado “rock nacional” así que ni pensar en cantar en inglés. Los exiliados regresaban tras los años de hierro y una bandada de míticos cantantes pisaba la ciudad por primera vez. Así fui que la conocía a ella.

Eva jura que fue en el recital de Serrat, yo digo que fue en el de Mercedes Sosa. Lo mismo da. Por un azar, nos extraviamos de nuestras respectivas compañías y terminamos comiendo pizza en Las Cuartetas. La cerveza fue cómplice para abandonar las trivialidades y ahondar en revelaciones. Hipnotizado, la oía hablar, mientras seguía el vuelo de sus manos. Hablaba con las manos, o quizás ejecutaba algún hechizo. De repente, me asaltó una tremenda angustia. Era imposible que una chica así estuviera sola. Como leyendo mis pensamientos, me contó que salía con un músico, bastante mayor. Un imbécil que cuando estaba sobrio la maltrataba y cuando se le iba la mano con la dama blanca, directamente la fajaba. Yo me daba cuenta que aún relatando su tragedia, cada palabra estaba destinada a seducirme. Advertido y todo, me estaba entrando bajo la línea de flotación. “Entre gitanos no nos vamos a adivinar la suerte”, le dije a manera de inútil defensa. La sonrisa que me devolvió fue más intensa. El problema no era haber sido elegido como presa por una suerte de asesina serial de la seducción, el problema era saber que estaba siendo diabólicamente eficaz. Y aunque yo había desplegado mis propios modos de serpiente, mi veneno no tenía nada que hacer frente a la letal eficacia de Eva. Un filibustero rápidamente reconoce a un camarada de armas y puede evaluar el daño del que es capaz. No lo voy a negar, ya no. Fue amor a primera vista. Estuvimos allí hasta que nos echaron. Comprobé que eso de que Corrientes es la avenida que nunca duerme era mentira. La acompañé hasta la puerta de su edificio. Estaba determinado a no besarla, sabía certificadamente que me iba a lastimar. Pero un instante antes de marcharme, le di el beso más hermoso de mi vida. A manera de último socorro, le susurré contra sus labios una frase que había leído en un almanaque: “Todo enamoramiento en una mujer dedicada a seducir con éxito, será siempre una abdicación”. Y me fui. Supe, como puede saber un hombre, que de alguna manera, en esa mujer estaba mi destino.

Después de aquella noche, una cosa u otra, hizo que casi no nos viéramos. Las giras, los shows cruzados, las bandas desbandadas, las parejas de cada uno. Igual, nos las ingeniábamos para hablar por teléfono y arrojarnos alguna flecha cifrando mensajes en los comentarios sobre el repertorio interpretado en el show. Por ejemplo, yo le comentaba al pasar que lo que más me aplaudieron era “Sólo pienso en ti”; ella que no entendía que al público le gustara tanto “Si tú no vuelves”. En mi soledad me revolvía y ponía todo mi esfuerzo por mostrarme inmune. Y pese a que Eva trataba de rendirme con su dulce ponzoña, sé que anhelaba mis palabras enderezadas a su corazón de teflón. Admito que era una relación tortuosa, yo resistiéndome a ser uno más en su larga lista, ella intentando enamorarse de verdad. Sin embargo, nunca me sentí más creativo. Tres de mis canciones fueron número uno. No creo necesario decir que todas aludían a Eva, flor de mis días, aroma de mis noches.

Los años por seguir nos fueron convirtiendo en unos perfectos cínicos. Esta ciudad te endurece. Nunca dejamos de hostigarnos, cada uno representando su papel. Cada uno añorando poder salirse y ser realmente uno mismo.

Me pidió que nos juntáramos a tomar un café. Sé que viene de anuncio. Mientras miro la gente pasar, me repaso los labios. Aún llevo la ceniza que me dejó aquel primer beso. Llega y como el ventarrón que es, me avisa sin anestesia que está saliendo con Habibi, uno de mis alumnos de bajo. No, no me avisa, me está pidiendo permiso. Quiere que me entere antes por boca de ella. Me enuncia las virtudes de mi joven discípulo. No puedo evitar sonreír y decirle que se parece mucho a mí, pero en chiquito. Se le nubló la vista. Sus tremendos ojos azules se le volvieron grises.

—Vos sos lo más —me dijo— pero yo jamás hubiera podido pasar de ser tu amante. No sirvo para esposa—. Y se fue como vino.

Porque soy un imbécil, esa noche fui a verla cantar. Siempre canta con los ojos cerrados, dice que así hace el amor. Pero cuando llegó a “Óleo de una mujer con sombrero”, de Silvio, los abrió y me buscó entre la gente. En la estrofa que dice: “La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes / Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí”, una lágrima le rodaba por la mejilla. Y yo, que ni siquiera lloré en el entierro de mi madre, me he pasado la noche llorando. Mi tío, que me enseñó a vivir en Buenos Aires, no me enseñó a sobrevivir en la ciudad de la furia.

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