Apuntes sobre ¨Lejana¨, cuento de Julio Cortazar

Alberto Ernesto Feldman

pizarnik

 

 

Al leer “Lejana”,  tercer cuento de Bestiario, tuve que verificar que fue escrito en 1948 y publicado en 1951 para eliminar la idea que me llevaba a unir el personaje de Alina Reyes con la figura y la personalidad de Alejandra Pizarnik, con quien no puedo dejar de relacionarla, perseguidas ambas, a mi criterio, por fantasmas parecidos; pero, definitivamente, cuando el cuento fue escrito, Pizarnik tenía sólo doce años.

De todos  modos, no era muy exagerada la asociación. Todavía Aurora Bernárdez, la viuda de Cortázar conserva sobre la cómoda donde don Julio guardaba sus “Papeles inesperados”, el retrato sonriente de Alejandra, que mientras vivió en París fue amiga y protegida del  escritor,

¿Quizás la casualidad, que no puede ser excluida, puso al escritor en contacto catorce o quince años más tarde con la encarnación de un personaje suyo, en la figura de esa brillante escritora surrealista, joven y vieja al mismo tiempo, menor de treinta años, pero ya viajando hacia la muerte, montada en sus bellísimos y deprimentes poemas?…

Ambas mujeres son presas de una depresión y un desdoblamiento cercanos a la esquizofrenia.

Tal vez a Alejandra, le pesan duramente en su imaginación los huesos de sus familias  paterna y materna, desaparecidas en el Holocausto, el destino que hubiera sido el suyo, si sus padres no hubieran venido aquí desde Europa oriental  antes que el Mundo explotara.

Dada su exquisita sensibilidad, es posible que se haya sentido en deuda por no morir allí junto a los suyos, y no se detuvo hasta pagar esa deuda.

Su adicción a las anfetaminas en alguna etapa de su vida también habría influido.

En el caso de Alina, la “lejana” es su “alter ego”, es el otro extremo de su vida, está lejos en el mapa, (Budapest, otra vez Europa oriental), también en el otro extremo de su condición social; es una pobre mendiga harapienta, una mujer golpeada y muerta de hambre y frío (reiteradamente aparece la imagen de la nieve penetrando por sus zapatos rotos). Ella y la “lejana” son como los dos sujetos de una frase palindrómica, las frases que en forma obsesiva usa Alina para poder dormirse y escapar de su obsesión.

Pero no se escapa. Por el contrario, convence a su novio para ir de Luna de miel a Budapest, y camina sola, como en la visión tantas veces presentida, por ese puente fantasmal sobre un río helado, al encuentro de la mujer, con la cual, al abrazarse estrechamente en el medio del solitario puente, intercambiarán sus roles (como en la resolución de un palíndromo).

Ambas mujeres se estaban buscando. Podría haberse escrito otra historia, esta vez desde la mendiga, pero el encuentro, al menos en el caso de Alina, es un paso definitivo hacia la destrucción; al convertirse en su negativo.

Palabras de Alejandra Pizarnik como “Recibe este rostro mío, mudo, mendigo”. “Recibe este amor que te pido. Recibe lo que hay en mí, que eres tú” o: “Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó, pues al mirar quien me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma” o “He nacido tanto y doblemente sufrido en la memoria de aquí y de allá”, podían haber sido puestas por Cortázar en boca de Alina Reyes sin alterar en absoluto el desarrollo del cuento.

Está notablemente descrito el traslado imaginario, anterior al definitivo, mientras, aficionada a la Música y pianista ella misma, presencia junto con su madre un concierto en un teatro de Buenos Aires.

Al llegar los bises, la música se mezcla en otra dimensión con su propia sensación del frío de la mendiga, y el dolor por los golpes recibidos por la pobre mujer. A esa escena podríamos llamarla “El infierno musical”, como Alejandra bautizó a uno de sus poemarios.

La poetisa, que adoraba a su padre, compinche y estímulo de su vida, tuvo una seria recaída a la muerte de éste, que empeoró su deteriorada salud mental, recaída de la  cual  ya no se repuso.

En “Lejana”, por contraste, no hay un padre visible y la única figura masculina es la muy débil de Luis María, el novio.

Es notable la sensibilidad y el arte de Julio Cortázar para esbozar sin exagerar, omitiendo preciosismos psicoanalíticos, los conflictos humanos, aun los más cercanos a la patología mental grave, y con sus escritura maestra nos obliga a compartir con su personaje el frío de la nieve que entra por los zapatos rotos y el dolor físico por los golpes recibidos por la “doble” de Alina. También es muy querible  don Julio porque ficción aparte, fue un buen amigo de Alejandra durante los años que ella vivió en Francia.

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