Un extraño caso de espejismo en la laguna Epecuén

Pablo Martínez Burkett

epecuén

 

No está muerto lo que yace eternamente.

Y con el transcurso del tiempo

hasta la Muerte puede morir.

H.P. Lovecraft, La ciudad sin nombre

 

Hace treinta años una sudestada derribó el terraplén. El gobernador decidió dinamitar el muro de contención y la la­guna devoró a Epecuén. La población fue evacuada. La fu­ria no respetó siquiera el cementerio y los ataúdes flotaban por las calles. Al bajar las aguas, emergió un pueblo fantasma donde la tierra era un yermo agrietado y los árboles resecos se alzaban como zarpas. No fue mucho después que llegó el Dr. Hariberth Webber. Se instaló en el Hospital abandonado. Hablaba español con dificultad y su presencia infundía temor pero como atendía a los enfermos, nadie receló dema­siado. Por aburrimiento me convertí en su enfermera. No era infrecuente que se emborrachara. Una vez se jactó de expe­rimentos que asombrarían a la humanidad. Otras, muchas, maldecía la caída del Muro de Berlín y la postergación de su triunfo. Ahora sé que mi condescendencia lo exasperaba.

Una noche me arrastró hasta el último pabellón, lindando con el cementerio. Un espanto inesperado me asaltó: en una pecera enorme, flameaban como banderas una horda de se­res gelatinosos, cilíndricos y muy movedizos. Me dijo que eran lampreas. Sus horrorosas bocas de ventosa, plagadas de dientes aserrados se aferraban a algo incierto. Al acercarme, comprobé que estaban fijas en un cadáver al que sorbían con frenesí. Herr Doktor me explicó que la sal de la laguna había preservado los cuerpos con una increíble frescura y que las lampreas se ocupaban de la exigua podredumbre. Eran las condiciones óptimas para administrarles un líquido verde, fosforescente, que burbujeaba en un destilador. Con orgullo declaró que estaba a punto de resolver la fórmula para reanimar a los muertos y restaurar las funciones racionales. Y que yo estaba allí para atestiguarlo. Apretó un botón y las lampreas recibieron una descarga que les hizo soltar el cadáver. Otro botón y un sistema de drenaje vació la pecera inmunda. Cargó una jeringa y fue inyectando pequeñas dosis. En el colmo de lo atroz, el cuerpo comenzó a moverse, con lentitud al principio y con violentas contorsiones después. Abrió los ojos y estiró una mano. Supongo que me desmayé. Cuando recobré el conocimiento, no había nada ni nadie. Me dicen que estoy en un loquero. Me da lo mismo.

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