La rebelión de Kevin

Alberto Ernesto Feldman

Reloj a cuerda

Kevin fue el mejor promedio en el  Jardín.  A  los  tres años, cursando en la Salita azul, ganó el  premio al mejor trabajo sobre Física Quántica,  hecho que coincidió casualmente  con  su última mamadera.

Paradito en lo más alto del podio, quitó la tapa de la “mema” entre los aplausos de padres, maestras y  compañeritos, y sacudiéndola, regó las cabecitas  de quienes lo acompañaron en el segundo y tercer puesto, y la suya propia, muy orgulloso.

Sus padres y maestros estaban convencidos de que  cuando llegase a la escuela primaria,  sumaría  éxitos rápidamente en el aprendizaje de Análisis Matemático y Álgebra Superior,  y de que la terminaría con brillantes notas en  Cálculo  de Probabilidades  y Trigonometría.

Así ocurrió efectivamente en el Ciclo primario. Sin embargo, durante  el Secundario,  una noviecita que le “sorbió el seso”, durante su inquieta adolescencia, le hizo perder muchos puntos y  se encontró  en bastantes dificultades con la división, la multiplicación y un fracaso total en lo que a suma y resta se refiere.

Bastante desalentado, pero contando siempre con el apoyo de sus padres, con mucha dificultad aprobó el ingreso a la Universidad.

En Ingeniería, la carrera elegida, (elegida por su padre, ingeniero electromecánico) pasó con éxito una selección  muy  rigurosa; tuvo la ayuda de  tres profesores particulares que le enseñaron  a contar con los dedos, uno de los difíciles filtros de examen que usaban las autoridades universitarias, para limitar la tan mentada superpoblación estudiantil.

Al recibirse, se dedicó a la investigación y consiguió inventar un pequeño aparato de medición del tiempo,  denominado “reloj de cuerda”,  que, apoyado  por el “boca a boca”  más que por una gran campaña publicitaria, fue record absoluto en ventas, especialmente en el Día del Padre.

Este aparatito portátil, remplazaba con éxito, por su bajo costo y fácil mantenimiento,  a los relojes digitales  a pila común e incluso a  pila atómica, y no contaminaba el ambiente.

Su base física era un sencillo dispositivo mecánico llamado “cuerda”, que mediante una rotación de ida y vuelta  con dos dedos, pulgar e índice,  sobre  el extremo externo de un pequeño eje,  comprimía una pequeña espiral de acero, que al liberarse, ponía en marcha el sistema y, con una simple mirada al cuadrante,  permitía conocer la hora correcta durante un día entero, antes de activarlo nuevamente.

De pronto, sonó agresiva y trepidante la campanilla del  despertador.  Kevin, con un  violento cachetazo,  lo envió al suelo,  saltó de la cama y  llamó  a sus padres, que vinieron al instante,  sorprendidos por los ruidos.

Con voz tensa pero segura, les dijo: “¡Hoy me quedo en casa, no voy a dar el examen de ingreso!¡Escuchame, papá,…con un ingeniero en la familia es suficiente,  yo voy a  ser músico!” y acarició con la mirada al saxo tenor que descansaba en su soporte, en un rincón de la habitación,  y  aliviado, volvió a meterse en la cama.

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