El expediente Glasser: “Mercedes” (I) Primera Parte

Violeta Balián

Casona II

1971.

Vicente López

Un suburbio del Gran Buenos Aires

A pesar de los torrentes de agua que venían calle abajo arrasándolo todo, Clara Glasser continuó cuesta arriba. Resbaló y cayó de rodillas sobre la vereda anegada.  Se incorporó, echó una maldición y rescató el maletín que se le había caído al suelo.

Tenía retraso y estaba empapada. Se cubrió la cabeza con la bufanda, se enroscó el resto al cuello para protegerse del viento que levantaba del lado del río, y apuró el paso para presentarse en la casona del brigadier Latorre.

Al llegar, a eso de las siete y veinte, encontró una casa refugiada en las sombras. Los faroles del  gran  portón, de la puerta de entrada y el jardín delantero estaban apagados.  Hacía más de una hora que había oscurecido y entre todos los domicilios que visitaba a diario, el de la familia Latorre se distinguía por mantener las rutinas más meticulosas. ¡Qué extraño!  Tocó el timbre y abrió Aurelia, la mucama.  Clara no dijo palabra; pasó como un ventarrón por delante de la mujer que se quedó sosteniendo la puerta abierta.

Se quitó la bufanda y el abrigo mojados, y los colgó en el perchero del vestíbulo. «Esto me pasa por no llevar paraguas. ¡Estoy hecha un desastre!» ¡Ay, cómo me duele esta rodilla! se quejó, frotándosela. Pidió pasar al cuarto de baño donde rápidamente se aplicó una toalla a la cara y trató de secarse la ropa que llevaba puesta. Se acomodó el pelo mojado.  Recién entonces decidió que estaba en condiciones de presentarse ante su paciente, Mercedes Latorre.

Subía los primeros escalones cuando notó que Aurelia se le acercaba para decirle algo. « ¿Qué es lo que quiere esta mujer? ¿Recordarme que llegué con retraso? ¿Que la señora tiene muchos dolores y ha reclamado mi presencia? La puntualidad es muy importante. ¿Quién lo sabe mejor que yo? ¿O no lo dijo hasta el cansancio Correas, el médico de Mercedes Latorre? Con la voz aflautada de siempre, insultándome cada vez que nos encontramos en la casa, como si yo estuviera en el primer año de enfermería ‒‒: Glasser, recuerde, la señora Latorre no debe hacer crisis.»

‒‒Señora, no suba por favor ‒‒le advirtió la mucama.

Clara se dio vuelta y encaró a la mujer que jugaba nerviosamente con la cruz que le colgaba del cuello. La voz continuó en un susurro entrecortado ‒‒: Señora Clara, pase y espere en la sala, por favor.  Órdenes del brigadier.

‒‒Tengo la ropa mojada.

‒‒No se preocupe por eso señora. La chimenea está encendida.  Pase, por favor.

« ¿Qué razón podía tener el brigadier para ordenar algo tan fuera de lugar? ¿O no estaba al tanto de que a esta hora del día Mercedes necesita la morfina? ¿O estará enojado conmigo por haber llegado tarde? ¿Mercedes, habrá empeorado?»

La sala estaba a oscuras. Allí tampoco se habían prendido las lámparas. La única, escasa claridad se colaba por la ventana y provenía de los faroles de la calle.  Clara se sentó en el enorme y mullido sofá adamascado. Desde su lugar y a través de la penumbra, apreció el espacio y la calidez de la decoración que no dudaba había corrido a cargo de la dueña de casa: los apliqués dorados en las paredes, los cortinados de terciopelo, las pinturas, las fotos de familia, la estantería con los adornos de porcelana.  «Esta es la primera vez que me hacen pasar a la sala. Se ve que son gente de posición. Buena gente, nada pretenciosa».

Minutos después distinguió a otra persona, una figura voluminosa, sentada en el sillón inglés cerca de la chimenea. Parecía no moverse hasta que vio cómo acomodaba el cuerpo y escuchó un crujido suave, inconfundible.  «Tiene un diario en las manos. ¿Cómo puede leer en la oscuridad?»

‒‒Buenas noches ‒‒saludó Clara.

El hombre ‒‒porque la persona que habitaba la sombra era grande y cuadrada‒‒ no le respondió ni se levantó del sillón. Sólo hizo un gesto que pretendió aproximarse a un mínimo reconocimiento de su presencia antes de darse vuelta y enfocar su mirada en la ventana.

« ¿Quién será? ¿Un familiar? ¿Otro médico? ¡Qué falta de modales! Quienquiera que sea».

Algo no andaba bien y Clara sufría la inexplicable demora.  Hacía meses que atendía a Mercedes Latorre dos veces por día.  Le limpiaba las heridas profundas que le dejaban los tratamientos de radioterapia,  le aplicaba apósitos y le inyectaba la morfina.  El procedimiento seguía al pie de la letra las indicaciones del Dr. Correas ‒‒: La señora Latorre  no debe hacer episodios, hay que ser puntual, dos veces por día, religiosamente, a la hora designada‒‒.

‒‒Sí, doctor.

El reloj de pie dio las ocho. No había noticias del Brigadier Latorre.  Clara sacó una libreta del bolso y anotó que en la fecha y en la segunda visita del día, la curación de Mercedes Latorre se había demorado cuarenta minutos.  Una rutina peculiar la suya, y muy criticada por sus compañeras de la clínica.  La tenía sin cuidado.  A  ella le gustaba mantener un registro minucioso de sus idas y venidas; a una hora esto y a otra hora aquello. No soportaba las pérdidas de tiempo. Bien decía su padre que el tiempo es despiadado, pasa rápido y de largo.

Cerca de las ocho y cuarto, agitado, Latorre se asomó a la sala.

‒‒Clara, le pido mil disculpas. Resulta que estuvo el Dr. Correas con dos colegas.  Me dicen que es urgente que aumentemos la dosis del calmante. Ahora mismo voy a la farmacia. Aguárdeme unos minutos más. Vuelvo enseguida.

«Bien. Un buen momento para comenzar la curación.»

Se levantó y subió a la planta alta, a la habitación de Mercedes.  La puerta estaba cerrada con llave. Entonces buscó a Aurelia. La mucama no aparecía. « ¿Dónde estará esta mujer? Justo ahora que la necesito». Fastidiada, bajó al vestíbulo, entró a la sala, prendió una de las lámparas y se sentó en el sofá a esperar que volviera Latorre. El hombre grande y cuadrado permanecía hundido en el sillón.

‒‒Parece que ha entrado en coma ‒‒dijo Latorre cuando entraron a la habitación de Mercedes. Clara reportó que la paciente ya había estado muy débil esa mañana, cayendo en un estado subyacente de conciencia.  ‒‒Aun así, tiene la capacidad de captar todo lo que sucede a su alrededor ‒‒recalcó.

Latorre no respondió. Aproximó una silla al lado de su mujer y observó la curación.  Y  él mismo le entregó la ampolla de morfina que acababa de traer de la farmacia.  Clara verificó la dosis.  Muy alta, dos veces más que la normal. Alarmada, le pidió una explicación pero el brigadier le aseguró que esa cantidad correspondía con la recomendación de Correas y los otros médicos.

«Mercedes morirá en pocas horas». De eso estaba segura.

Tampoco le quedaban dudas de que Latorre y el trío de médicos se habían dispuesto a apurar el tránsito de la mujer al otro mundo. Y ella se encontraba en una situación delicada, comprometedora, forzada por el brigadier a cumplir con las instrucciones de un médico ausente. «Esto  no  me  sucedería  en  un  hospital donde siempre  hay alguien que se hace responsable».  ¿Qué podía hacer?  No encontraba alternativa excepto recurrir  al  sentido  común  y  a  su  experiencia  profesional.  «Sabe Dios si al final esto resulta ser lo que Mercedes necesita: liberarse de su martirio lo antes posible».

A su lado, nervioso, Latorre esperaba a que de una vez por todas Clara inyectara la dosis prescripta. Cuando finalmente lo hizo y en el momento en que comenzaba a retirar la aguja del brazo de Mercedes, Latorre se levantó y salió de la habitación.

Mercedes gimió. En instantes, una calma le invadió el rostro.  Los enfermos moribundos sólo desean volver a su casa celestial, a su verdadero hogar, solía decir el capellán de la clínica. Clara se sentó al borde de la cama, le midió el pulso y se quedó junto a su paciente.  Poco después, tomó las delgadísimas manos de la mujer entre las suyas y le dijo suavemente: ‒‒Querida Mercedes, creo que usted ya está lista para regresar a la casa del Padre ‒‒.  La arropó bien, le dio un beso a modo de despedida y recogió su instrumental de trabajo.

Salió al pasillo. No había nadie.  Bajó las escaleras y llegó al vestíbulo.  Se asomó a la sala.  Continuaba a oscuras.  Pero confirmó que el sillón inglés estaba vacío.

Descolgaba el abrigo y la bufanda todavía húmeda del perchero, cuando entró Latorre de la calle.

‒‒Entonces vuelvo mañana por la mañana, Brigadier.

‒‒Sí, mañana, a la misma hora.

Lo notaba nervioso. No era para menos, Mercedes se estaba muriendo y no pasaría la noche. Clara sabía que él lo sabía; habían hecho un acuerdo tácito, de silencio. Ella se puso los guantes, tomó su maletín y se dirigió hacia la puerta que ya le abría Latorre.

‒‒Buenas noches, Brigadier.

‒‒Hasta mañana, Clara. Buenas noches.

El expediente Glasser II

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