Un verano de película

Alberto Ernesto Feldman

Verano-del-42

No es muy fácil, para quien tiene  hoy setenta  y cinco años, hablar de sexo. Ni siquiera  tenía clara  la diferencia entre pornografía y erotismo,  acabo de  leerlo recién  en el diccionario y lo tengo  prendido con alfileres. Siempre  entendí  la cosa como  un proceso compartido por dos personas,  que obligadamente debe ser  consentido y placentero para ambos, so pena de caer en  el maltrato o  en la  perversión.

Seguramente nos han metido vergüenza  en todo lo relativo al tema  desde  hace  muchos  siglos,  tratando de  encarcelar el instinto para hacernos  culpables por sentir u obedecer las leyes biológicas y, últimamente, culpables por compartir; gran temor de los que mandan,  por miedo a  aquello que dice:  “Juntos, somos mucho más que dos”.

En muchos hogares, en nuestra   época de niños, la cosa se mantuvo  escondida bajo la orden : “Se eso no se habla” o  “ Afuera  chicos que tenemos que hablar  de cosas de mayores”.  Nos volvimos  mayores  casi sin darnos cuenta y, tanto  las chicas como los varones,  aprendimos  a los ponchazos la información negada. El resultado  es que perdimos la naturalidad con la cual el sexo es ejercido por los grupos étnicos primitivos,  en los cuales es tan natural como comer o dormir.

El ingreso a la pubertad, esa puerta sin retorno hacia el amor físico,  será acompañado, ojalá que en la mayoría de los casos, por  la afectividad,  uniendo así  el instinto al cariño, pero  como todo inicio es una  dura bisagra a mover,  y ese esfuerzo lo  hemos experimentado todos. Algunos   transponen esa puerta con éxito, creciendo. Otros  la cruzan con dificultad, y  cada uno, últimamente, encontrará  el camino que pueda.

Así, el ejercicio de la sexualidad, como escribió alguien,  será para algunos como un manso arroyo, para otros un río caudaloso o una catarata y, en este momento,  recuerdo con infinita ternura  a ese loco de  la película “Amarcord”,  que desde  la copa de un árbol, gritaba con desesperación: “¡Io voglio una donna!”.  Si alguien, mujer o varón,  en algún momento de su vida, no se ha sentido identificado con ese loco,  es un  extraterrestre o un  afortunado  milagroso.

Volviendo a la pubertad, pocas veces ha sido descrita con tanta belleza esa definitoria etapa de la vida como en  la novela “Verano del 42”, de Herman Raucher,  llevada magistralmente  al cine  junto con la inolvidable  música que creó  para el film Michel  Legrand.

Es una excelente descripción de las distintas actitudes de  tres jovencitos en la “Edad del pavo”,  frente a los primeros indicios de que los juegos infantiles, con sus  tres amiguitas del verano, tomarán carriles distintos  a los del  verano anterior y será  un punto de inflexión en la vida de  todos.

Uno de los varones será la catarata, pasando al frente junto con su eventual compañerita.  En el otro extremo,  uno  muy tímido, que no quiere saber nada de nada,  y posiblemente seguirá  así, si  su vida no experimenta un notable golpe de timón. Ese verano  quedará fuera del juego, y por supuesto también su  eventual parejita, de similares características.

El personaje principal, a medio camino  de sus  amigos,  no toma ninguna actitud hacia su amiguita, en esa  inquietante  reunión  nocturna de los seis chicos en la playa, no por cortedad de genio; sucede que  está  enamorado tremendamente de una hermosa  muchacha  que está pasando la Luna de miel en una casita de la playa junto a  su  esposo,  un  aviador de licencia  en medio de la 2ª  Guerra Mundial.  Al terminar el permiso y volver  el recién casado al combate,  queda  sola  la  chica  y nuestro  joven  amigo, con el impulso que dan  las hormonas,  finge  un encuentro casual, siguiéndola  hasta el supermercado,  la espera  a la salida,  aparenta  naturalidad  y se ofrece a  ayudarla a llevar las provisiones.  Ella lo acepta como amigo, porque  realmente él es  amable  y generoso, y le pide ayuda para subir unos bultos al altillo a cambio de un pago, él rechaza el pago ofendido, lo va a hacer pero no por dinero.

Allí tenemos una de las escenas eróticas mejor filmadas del Cine:  Ella, arriba de la escalera  con los brazos en alto, pasando  los bultos que el chico le alcanza, y él hipnotizado por lo que ve desde abajo, dentro de los anchos pantaloncitos deportivos de la época, posiblemente  un rosado calzón y nada más. Contemplándola,  tiene su primera eyaculación espontánea y  la cámara enfoca su rostro,  reflejando las complicadas sensaciones  que experimenta,  mientras sigue alcanzándole las cajas.

Construyendo una amistad, la chica, muy agradecida y ajena a lo que experimenta  su  ayudante, lo invita a  merendar y escuchar música la tarde  del día siguiente. Llega la hora,  se acicala ansioso frente al espejo, escapa de las preguntas de sus asombrados padres,   está muy  emocionado por esa especie de primera cita,  no sabe qué irá a suceder, solo sabe que ha sido distinguido por aquella a la que  ama y desea.

Al acercarse a la casa de la playa,  comienza a escuchar  música y,  sorprendido por las puertas abiertas de par en par, contempla al ingresar a la joven,  antes siempre alegre, bailando  con expresión ausente, la lenta melodía que bailaba con frecuencia  con su esposo.  Sobre la mesa,  el  tocadiscos  repite  una y otra vez  la canción.  Al lado,  abierto y estrujado, el telegrama del Ejército  que  comunica  la muerte del aviador.

Bailan entonces, estrechamente abrazados, la joven y el adolescente;  se necesitan mutuamente para aferrarse a la vida y protegerse del dolor y de la muerte. La cámara enfoca  el  suelo, donde lentamente van cayendo sus ropas.

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