Mireya

Mariana Ruíz

Mireya

¿Te acordás, hermano, la Rubia Mireya

que quité en lo de Hansen al guapo Rivera?

¡Casi me suicido una noche por ella,

y hoy es una pobre mendiga harapienta…!

¿Te acordás hermano, lo linda que era?

¡Se formaba rueda pa´verla bailar!

Cuando por la calle la veo tan vieja,

doy vuelta la cara y me pongo a llorar…

Manuel Romero

.

Sobre los caserones de una Buenos Aires antigua, la noche -hosca y serena- asedia el sueño de los afortunados porteños.

Débil y distante, un eco retumba desde los bajos barrios, revelando la otra cara rioplatense.

Se oye el llanto de una niña, de cabellos color del sol, llamada Mireya.

Nace un sueño.

Un sueño de amor, locura y valentía.

Sus infantes ojos, no pierden de vista el cielo de anhelantes noches y fantasea… una estrella eterna quiere ser.

Abraza la ilusión.

Se aferra a ella.

Persigue el deseo.

Y en la memoria porteña –eternamente- quiere permanecer.

.

Mireya.

Tu caminar lustra el camino al pasar.

Tu voz, cual sirena bajo el mar, embriaga los oídos de hombres desesperados por amor.

Amor ilusorio.

Melancólicas melodías tangueras envuelven el escenario, en un tácito cariño, que te ve resplandecer.

Estrella que, con la fuerza de los aplausos crece en luminosidad.

De repente… las noches se vuelven sombrías, de insomnio.

Tu sueño parece cumplido, aunque no es lo deseado.

Acorralada por aquel hombre de elogiosas palabras y besos robados, que te arrastra a la humillación, usándote y maltratándote.

En medio de tanta infelicidad, tratas de recordar a la niña que soñaba ser una estrella, mientras de tu boca brotan las voces del tango, la luz artificial del recinto ilumina a un hombre que ve en ti un alma buena, rescatándote – como en los cuentos de hadas- de los suburbios, para amarte y cuidarte.

Vueltas del destino y tu semblante dibuja sonrisas taciturnas, Mireya.

Sin embargo, el amor no dura como las estrellas y una vez más te abandona, dejándote con los sueños rotos y el corazón vacío.

La noche aflora.

La luna asoma.

Las estrellas surgen.

Rugosa cara de triste sonrisa.

Cabellos de cenizas.

Teñidas manos de lunares.

Tu mecedora acuna los recuerdos de aquella mujer de aplausos gloriosos.

Presta atención a las estrellas, siempre lejanas y relucientes.

Con ardor y emoción, los ojos cristalinos, te dices a ti misma una y otra vez para no olvidar:

¡Yo soy la rubia Mireya!

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3 Respuestas a “Mireya

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