Luego de la fila de botones prolijamente prendidos…

Leonardo Vinci

corazón

Luego de la fila de botones prolijamente prendidos del saco, una flor en la solapa;  después, una corbata raída y ajustada impidiendo que los flujos amargos vuelvan a la boca; y más arriba, como en la cumbre, una instantánea en blanco y negro retratando el desencuentro en ese hilo viscoso que pegotea los labios entre sí. Una esquina de Buenos Aires, ennegrecido en sus vértices como los trajes, típica de esperas, guardabarros en llanto, y una muchedumbre paradójica, que aísla a cada uno en su propio mundo. Y entonces su corazón, que al oído le reza versos de amor, a veces como un rojo pedazo de lobo herido naufragando en su propia sangre y otras como una herida en sí misma, resucitada y latente, a manera de verbo que aguarda con impaciencia su tiempo, él, su corazón, recita en voz extremadamente baja sonetos ancestrales moviéndose como el áncora de un antiguo reloj, en la atonía más absurda pero ineluctable de las catalepsias que pueda sufrir acaso un músculo prohibido. ¿Sabrá él que la carne temblorosa, más allá de la apariencia, de la piel debajo de sus ropas, es el animal que vive eternamente agazapado dentro de un hombre enamorado?

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