Cosa de Mandinga

Alberto Ernesto Feldman

Frutilla

Los avances científicos registrados en Medicina en los últimos años, en particular en   Genética, Obstetricia y Neonatología, entre los cuales es de destacar toda la información que brinda el estudio de ADN, terminaron con muchas de las fantasías y mitos que rodeaban a esa maravilla que es el nacimiento de un nuevo ser humano.

También el sentido común hizo lo suyo. Por citar sólo uno entre tantos ejemplos, en algún momento se dejó de envolver como un matambre a los bebés, al comprobarse que limitar el movimiento de expansión de tórax y abdomen, durante un acceso de tos o llanto, originaba numerosos casos de hernia, y de hecho, debe haber todavía hoy, muchos adultos mayores que sufrieron y fueron operados por ese motivo.

Hace relativamente pocos años que la Ecografía permite conocer el sexo de la criatura con anticipación, más datos se pueden obtener en la investigación que se hace sobre una muestra de líquido amniótico extraído por punción, lo que permite conocer la presencia de alteraciones en algunos cromosomas, lo que produce malformaciones, síndrome de Down y otras varias enfermedades genéticas.

No estamos muy lejos de la época en que a falta de mejor información, se hacían pronósticos y apuestas sobre el sexo del nonato: por ejemplo, la panza en punta como signo de que viene un varón, o el pecho izquierdo que crece más que el derecho o la panza prolijamente redondita, si se trata de una nena.

Un capítulo especial merecen los antojos, el deseo de alguna golosina, fruta u otro comestible, deseo que según el mito popular debía satisfacerse para que el bebé no tenga en la piel de su cabeza, cara o cuerpo, alguna marca o mancha para toda su vida.

Mi madre contaba con frecuencia, al envejecer se volvió algo repetitiva, que faltando pocos días para el parto se despertó repentinamente con un gran deseo de comer frutillas, las que de conseguirse, a las cuatro de la mañana, en invierno, en 1940 y en Tafí Viejo, entonces un casi despoblado suburbio de San Miguel de Tucumán, hubiera constituido ciertamente un milagro.

Mi padre, según coincidían siempre los dos, prendió el velador, se sentó en la cama, juntó sus palmas en actitud de rezo, moviéndolas de arriba abajo y poniendo los ojos en blanco, le dijo: “¡Vieja, no hay en esta época frutillas. Si querés te corto unas naranjas del árbol, están maduras, pero no me hagas salir a buscar frutillas al cuete otra vez. No hay, no hay, no hay!!”

Alrededor de los cincuenta años, los viejos se me fueron y empecé a perder el pelo rápida e inexorablemente, hasta que se me hizo visible en medio del cráneo, con centro en la coronilla, la imagen plana de una frutilla bien roja, de contorno definido y del tamaño de una naranja.

Con el paso del tiempo, los padres terminan teniendo razón. Ahora que me acordé, me voy a comprar un sombrero. Ya vuelvo.

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