La invasión marciana

Ernesto Alberto Feldman

Invasion

He vivido muchos años gastando un montón de energía, tiempo y dinero en tratar de suprimir los recuerdos de mi niñez. La angustia y las pesadillas, frutos de la invasión marciana, me marcaron para siempre y me convirtieron en este lamentable despojo humano que espera su curación o su liberación. Fui muy desgraciado todo el tiempo y el vaso fue colmado hasta el borde, derramando en exceso. No es que la mala suerte me persiguiera, en realidad, yo la perseguía a ella y siempre la alcanzaba.

Desde que nací, y aunque fui creciendo, mi padre siempre fue más alto que yo y creo que por eso no podía escucharme. Cuando tuve la misma altura que él, no me interesó hablarle.

Cuando recogí un cachorrito de la calle y lo traje al patio de casa, toda la tarde estuve acariciándolo y hablándole. Papá nos miraba desde la puerta entreabierta y no me contestó cuando le pregunté si podía quedarse. A la mañana siguiente, el perrito no apareció. Lo llamé muchas veces gritando inútilmente y, como todavía no tenía edad para ir a la escuela, me quedé en la cama, llorando tanto durante el día entero que no lloré más hasta que llegué a viejo, y como muchos viejos, ahora tengo la lágrima fácil y lloro por un paisaje, por una palabra, por nada.

Mamá me consoló ese día trayéndome, una tras otra, unas tazas de leche tibia con miel, donde mojaba unas galletitas llamadas “Imperiales”, que, como eran alargadas como palitos, se podían agarrar bien, pero el cachorrito no apareció nunca, y nadie dijo nada. Yo tampoco.

Mamá era delgada y bonita y era buena porque siempre hablaba bajito, pero no tenía carácter, y cuando papá me retaba, siempre nos retaba a los dos, como si ella fuera mi hermana mayor.

Nunca había cumpleaños en casa. Las fechas pasaban de largo como si nadie quisiera crecer, hasta que un día mamá me dijo, como en secreto, que yo cumplía los cinco. Esa tarde, Ramón, el capataz de la carpintería de papá, me trajo de regalo un barco que había hecho él mismo, un galeón en miniatura con sus velas blancas y sus cañoncitos de bronce, todavía con olor a barniz. Empecé a saltar de puro contento.   Papá miraba sin decir una palabra.

No podía creer lo hermoso que era ese barco. No pude ir a dormir sin ir a verlo una y otra vez. Por fin me levanté, lo puse al lado de la cama y me dormí tocándolo. A la mañana siguiente no lo encontré; había desaparecido. Nadie dijo nada. Yo tampoco. Todavía, en la punta de los dedos, tenía el olor a barniz. Mamá tenía los ojos como si hubiese llorado mucho. Desayunamos en silencio, como siempre. Papá no me miraba y supe que el problema no era conmigo, sino con mamá y con Ramón, porque cada vez que venía, miraba a mamá como yo miraba al barco que me regaló y, cuando papá no estaba, la acariciaba como yo acariciaba al cachorrito.

Ramón no volvió nunca más y mamá se puso muy flaca y más triste que nunca, hasta que una noche, antes de dormirme, vino, se sentó a mi lado y me dio muchos, muchos besos. Yo me puse rígido. La sensación era rara, en casa nadie besaba a nadie. Papá, que seguramente estaba espiando, entró de golpe y gritó: “¿También esto?… ¿Ahora estás tratando de hacer de tu hijo un maricón?”

Mamá abrió los ojos más grandes que nunca, lo miró largamente, con una mirada que antes nunca le había visto y le dijo algo que todavía no entiendo: “¡En qué cosa horrible te ha convertido la guerra!”

Al día siguiente papá hizo el desayuno y me dijo que mamá se había ido para siempre. Yo hice fuerza para no llorar, pensé en otra cosa y no pregunté nada. Ya tenía bastante preocupación con el comienzo de primer grado, y soñaba todas las noches con los números y las letras que se ordenaban y se desordenaban como los fideos en la sopa, hasta que en el primer día de clase, mi compañero de banco me contó en el recreo, que había visto una película donde los marcianos invadían la Tierra y se llevaban a algunas personas.

Entonces empecé a soñar también con eso y me di cuenta de todo. ¡Claro, ellos se llevaron a mi mamá, a mi perrito y también a mi barco! ¡Los marcianos son terribles!

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