Los quehaceres de un zángano: “La erótica historia de Mamerto González”

Fernando Morote

Playa

Está bien, les contaré. ¿Cuál es mi nombre? Mamerto González. En realidad mi verdadero nombre es otro, pero desde chico mi madre y el resto de mi familia decidieron llamarme Mamerto González porque ese nombre hacía –y hace hasta ahora- más juego con mi cara. ¿Creen que esto es una broma para mí? No, no lo es. Que conste, entonces, que el relato de esta breve historia es una necesidad más que un deseo.

Se trata de mi romance con Priscila, una linda chica de ojos verdes, inmensos como el prado. La conocí en una noche de juerga en la playa. Nos presentó un amigo común, quien había concertado una cita a ciegas entre un grupo de sus amigas, entre las que se encontraba Priscila, y un grupo de sus amigos, entre los que me encontraba yo. De acuerdo a lo planeado, Priscila debía ser esa noche la pareja del gordo Marcos. Nos convenía ponerle siempre de pareja las chicas más bonitas al gordo Marcos, así podíamos asegurarnos de que él pagara todas las cuentas en los restaurantes, licorerías y discotecas; no por gusto su papá era dueño de una cadena de pollos a la brasa que tenía locales en todo Lima. Sin embargo, una vez instalados en la playa, y luego de que, gracias a las propiedades del vino, la natural rigidez que siguió a las primeras presentaciones hubo desaparecido, Priscila se fue apartando poco a poco del gordo Marcos y se fue acercando cada vez más a mí. Sin darnos cuenta, nuestra conversación de pronto se hizo exclusiva. Aunque no era mi intención ni estaba dentro de mis planes que el gordo Marcos perdiera el privilegio de pagar las cuentas tampoco esa noche, me dejé atrapar por el encanto de Priscila. Sentí que en ese corto espacio de tiempo se había tendido entre nosotros un estrecho puente de atracción mutua.

La noche era tibia y la cercanía de Priscila, el raro olor de su perfume y su voz frágil empezaron a excitarme, así que le propuse caminar a solas por la orilla del mar. Me aseguré de llevar una botella de vino con nosotros. Después de caminar un poco y reírnos un rato hablando de cosas sin importancia, esas que sólo se dicen durante las noches de juerga en la playa los que recién se conocen, nos sentamos sobre la arena. Al pie del lugar donde mueren las olas, nuestro diálogo frívolo se tornó más íntimo. Por encima de ello, la atracción física era mutua y la sensualidad no tardó en apoderarse de nosotros. Bajo la luna: caricias, besos y abrazos. Sobre la arena: la cópula. Fue hermoso, aunque no dejó de ser incómodo. La arena húmeda estaba terrible.

A partir de ese momento quedé prendado de Priscila. Comenzamos a salir solos, ya no nos interesaban las salidas en grupo. Nos gustaba ir a la playa, caminar por la orilla del mar, tomar un trago oyendo el restallar de las olas contra las rocas. Momentos inolvidables pasamos frente al mar, aun cuando debo confesar que nunca fuimos a la playa de día. Lo hubiéramos disfrutado también, sin duda.

Todo marchaba sobre ruedas entre nosotros hasta que un buen día decidí dejar de llamarla, de buscarla, de invitarla a bailar, de proponerle una fuga a ver el mar. El encanto inicial y la pasión, que en un primer momento sentí por Priscila, empezaron a desvanecerse. Las relaciones amorosas formales y tradicionales siempre me han resultado monótonas y aburridas. Lo que más me sorprendió fue que ella entendió mi actitud y no me reprochó absolutamente nada. Que una mujer entienda estos cambios tan repentinos en la conducta de un hombre no es cosa que sea vea todos los días. Me pareció comprender que Priscila no era como las demás chicas; tenía algo dentro de la cabeza y eso contaba mucho para mí. Así las cosas, nuestros encuentros empezaron a ser más esporádicos, y las inacabables conversaciones telefónicas también. Esto no impidió que nuestra relación continuara siendo estrecha; por el contrario, a la distancia como que se hizo más honda. Empezamos a experimentar sentimientos más fuertes que se volcaban apasionados cada vez que nos reuníamos.

Recuerdo, sin embargo, una noche que marcó el principio del fin para nosotros. Nos encontrábamos tomando una cerveza en el Juanito de Barranco cuando Priscila me reveló que, durante ese tiempo en que nos alejamos por un período más o menos largo, se había acercado a ella un oficial del ejército que la cortejaba y mostraba “serias intenciones de llevarla al altar”. Ésas fueron sus palabras. Me dijo además que no lo quería, que ni siquiera le gustaba mucho, que me quería a mí y que daría todo por seguir conmigo, que estaba dispuesta a ir adonde yo fuera. Sorprendido, no le encontré el sentido a su discurso. Priscila continuó diciéndome que, pese a ello, había decidido casarse con el tal militar.

Casi escupo la cerveza que tenía en la boca. Lo primero que pensé fue que seres extraños se deslizaban furtivamente por su azotea. Ella, para contradecirme, insistió en que era cierto lo que me decía. Seguramente se encontraba tan confundida que me propuso agarrar en ese preciso instante nuestras cosas y largarnos lejos, fuera de Lima, a cualquier parte, a vivir juntos, de cualquier manera, sin importarnos las dificultades, nuestras familias, nada. Luego, más adelante y más tranquilos, nos casaríamos.

Me hizo dudar, reflexioné por un momento, revisé mis planes y después, como un cojudo más que habita este planeta, le dije que no podía hacer algo así. No estaba dispuesto en esas circunstancias a atar mi vida a ella ni a nadie, adoraba mi libertad a tal extremo que no pensaba sacrificarla, aun por el inmenso cariño que sentía hacia ella. Se me ocurrió que tal vez Priscila había tomado esa descabellada decisión porque no encontraba en mí al tipo serio y formal que seguramente en el fondo esperaba para fundar un hogar bonito y estable. Probablemente había caído en la cuenta de que yo nunca, o por lo menos en ese momento, le iba a proporcionar semejante estilo de vida. Como estaba empeñada, sabe Dios por qué razón, en casarse ya mismo, no tuve más remedio que aceptar su determinación.

Fue un golpe durísimo. Pero no sería el único, pues más adelante, cuando me invitó a la despedida de novios y luego a la boda misma, impulsado por un oculto sentimiento masoquista, asistí. En ambas ocasiones la vi radiante, rebosante de alegría. Durante la despedida de novios le regalé secretamente una tarjetita que decía: “Todo espiritual… ¡fuera del tálamo!”. Su sonrisa cómplice, en medio de los invitados y su familia, fue mi última recompensa. Nunca supe si ella en verdad estaba tan contenta como aparentaba. Sin importar aquello, igual me hería. Para mi asombro, esas dos noches logré superar el trance. Me había convertido momentáneamente en un faquir espiritual de primer orden, además me emborraché como romano en día de circo para mitigar el dolor. Después de la boda llegué a mi casa y, tumbado sobre la cama, lloré, pataleé y escribí versos de amor. Pero fue inútil. Priscila ya estaba casada, y bien casada estaba. Nada podía hacer yo.

Así fue como dejé escapar de mi vida a Priscila, quizás el único amor verdadero que pude encontrar. Ahora busco denodadamente la compañía de una mujer que me entienda. No importa que esa mujer sea vieja, o fea, o viuda, o puta.

———-

comprar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.