Angelopoulos, una mirada griega.

Pedro A. Curto

Siempre me ha parecido curioso que cuando un país por algún tipo de conflicto adquiere protagonismo informativo, lo que hasta entonces era desconocido o poco tratado, se convierta en tema colectivo de forma tan rápida, como fugaz. Y esto se multiplica a golpe informativo casi al minuto, amplificado además por las redes. Cuestión que viene sucediendo con Grecia desde hace unos años y en particular las últimas semanas. No estaría mal si eso sirviese para ampliar nuestra cultura helenística, pero por lo general suele caerse en las superficialidades, las generalizaciones y la distorsión de lo momentáneo, de una cierta “moda”, que son el caldo de cultivo que construyen los tópicos y los prejuicios. Además cuando hablamos de un país como Grecia, con una cultura antigua que forma parte de lo que somos, al mismo tiempo y contradictoriamente, que una nación sometida hasta hace unas generaciones a un imperio. Huyendo en cierta medida de ese caos y sobreinformación, buscando la pausa y la reflexión, volví a ver algunas películas del director de cine griego Theo Angelopulos, pues Grecia, su devenir y su historia, marcan buena parte de su filmografía.

 lenin en barco IEs un cine poético en las imágenes y prosaico en lo narrativo, las escenas y las palabras te asaltan, te llevan al presente para iluminar, aunque sea a fogonazos, algunas de las cosas que están sucediendo. En la película La mirada de Ulises, un taxista dice con amargura e ironía: “Grecia se muere. Como pueblo, nos morimos. Se acaba el ciclo. Miles de años entre ruinas y estatuas y ahora nos morimos. Si Grecia debe morir, que sea rápido. La agonía es muy larga y ruidosa.” En El paso suspendido de la cigüeña, unos refugiados señalan: “Hemos cruzado la frontera y aún estamos aquí. ¿Cuántas fronteras hay que cruzar para llegar a casa?” Porque las fronteras, en los Balcanes, forman parte del imaginario colectivo, la casa común es un encierro y a la vez esa tierra en la cual levantar una bandera y sobrevivir frente al acoso exterior. Como una escena en El viaje de los comediantes, donde una bandera nazi se alza en el silencio y los disparos de los partisanos salvan a una compañía de morir fusilados. Pues aunque el tono de Angelopoulos puede considerarse pesimista o escéptico, la esperanza siempre renace, aún en los paisajes más sombríos, pues una chispa, aún entre las cenizas, siempre llama al incendio.  El axioma central de su cine, con el cual refleja los paisajes griegos, es una sociedad en decadencia, que augura, por otra parte, un mundo nuevo, un renacer. Es el hombre que yerra una y otra vez, atrapado en la historia sin tener ocasión de rehacerla, como en Paisaje en la niebla, donde la mano de una estatua sobrevuela un puerto con el dedo acusador haciendo culpables a los que están abajo; recrea un destino en el que sus personajes están en continúa lucha interior con su exterior. Y en ese devenir el desencanto político aflora en El apicultor, en la que un viejo luchador regresa a Grecia y acaba suicidándose, o una estatua gigante de Lenin que viaja en un barco a través de la geografía balcánica en La mirada de Ulises.

 manoLa Grecia que nos muestra Angelopoulos es una tierra mítica, asociada a los dioses, vistosa y grandiosa, famosa por su riqueza cultural, siempre soleada. Pero el trasfondo es un erial, venida a menos e incluso menospreciada, que avergüenza a sus habitantes, que están forzados, de alguna forma, a morir por ella. Por tanto, el escepticismo no es lo único que les mueve, sino un infortunio nada fortuito, ya que no tiene una raíz inesperada o ligada al azar, sino que está predestinada a ocurrir una y otra vez de forma cíclica. Por esto, la melancolía surgida de las esperanza por vivir en un lugar o en una situación mejor, con frecuencia, hace aflorar cierta desesperación en los daños provocados por un pasado-presente que impide avanzar a los protagonistas, aún en contra de su propia voluntad.

  El 24 de enero del 2012 Theo Angelopoulos moría con 77 años en un accidente al ser atropellado por una moto conducida por un policía de paisano, mientras rodaba exteriores de El otro mar, una película que abordaría la crisis que atraviesa Grecia. Toda una paradoja que nos privaba de una de las miradas más lúcidas sobre lo que está sucediendo no solo en Grecia, sino en Europa.

 En El paso suspendido de la cigüeña, un político que va a renunciar, afirma en la tribuna del parlamento: “A   veces hay que callarse para poder escuchar mejor el sonido de la música tras el ruido de la lluvia.” Y ya retirado, escribirá en un libro, lanzando una de esas preguntas, que suenan en el aire: “¿Con qué palabras clave se podrá dar vida a un nuevo sueño colectivo?”

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