Y Kafka fue feliz

Pedro A. Curto

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En el Berlín de entreguerras, con una inflación galopante (un litro de leche cuesta 70.000 marcos, una hogaza de pan 200.000, el dólar se cotiza a cuatro millones) Franz Kafka, logra hallar, paradójicamente, su lugar en el mundo: se ha marchado de su Praga natal con la que mantenía una relación de amor-odio y de la que siempre quiso huir, se había librado de su trabajo en la compañía de seguros, aunque hubiese tenido que jubilarse por tuberculosis y lo fundamental, encontró a una mujer con la cual convivir, Dora Diamant. Fue un tiempo convulso y escaso (apenas un año), de pocas escrituras, sacudidos por los problemas económicos y por una salud que se iría debilitando hasta llevarlo a la muerte. A pesar de todo, logró hallar una felicidad que nunca logró encontrar en su vida, definida por él mismo como llena de brumas y oscura. Ese periodo final es novelado por el escritor alemán Michael Kumpsmüller en el libro recientemente publicado en español: “La grandeza de la vida”.

kafka_dora_diamant

La vida y obra de Franz Kafka fueron relativamente cortas, sin embargo el legado que ha dado a la historia (y no solo a la literatura) es inconmensurable y prueba de ello es que son miles los libros, estudios, monografías, tesis… que se han dedicado a estudiar esa vida y esa obra. Uno de los aspectos de su inmortalidad, ha sido convertirlo en personaje. Kafka sale de sus libros con tanta fuerza y vigencia, que se mete en los libros de otros autores. Es lo que ocurre en la novela, “La grandeza de la vida”. Aunque basada en datos biográficos, ficcionaliza la relación con Dora Diamant, pues la correspondencia que mantuvo con ésta, se perdió en los vaivenes bélicos. La historia nos sumerge en un Kafka que huye de su parte más literaria y tormentosa, para mostrarnos un Kafka íntimo y romántico. “Haber vivido con Franz un solo día significa más que su obra, que todos sus escritos”, confesaría Dora Diamant años después de que el escritor hubiese muerto, cuando ya empezaba a ser una gloria literaria. Porque esta mujer (que nos fue dada conocer ampliamente en la biografía de Kathi Diamant publicada hace unos años) fue una actriz y camarera, defensora de la cultura y lengua yidis, que conoció a Kafka en Müritz, a orillas del Báltico, en una colonia de veraneo y se trato de algo tan poco kafkiano como un flechazo: “¡Qué manos tan tiernas y qué trabajo tan cruento tienen qué hacer”, le dijo el escritor cuando la vio limpiando pescado. Y ella hizo una suerte de rescate.

 “En lugar de esta nada despreciable perdida, ganarías a un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, casi desprovisto de toda esperanza, cuya tal vez única verdad consiste en que te quiere.” Le escribe a Felice Bauer, una mujer con la cual mantuvo una larga relación, esencialmente epistolar, y que demuestran (como sus diarios o Carta al padre), que Kafka no tenía una gran valoración de sí mismo. Alguien que sin embargo tenía tal compromiso con la escritura, que rompió por dos veces sus proyectos matrimoniales, porque los veía incompatibles con la creación. “El doctor es muy consciente de que, en cierto modo, es una palabra sobre sí mismo, sobre su trabajo, sobre su intento por lo general fracasado de ser escritor y sobre la inutilidad del arte, que coincide con la inutilidad de la vida”, escribe Michael Kumpfmüller adentrándose  omniscientemente en la mente de un Kafka ya agónico. Una novela con una narración ágil, quizás en excesivo romantizada, que nos muestra otro de los muchos rostros de Kafka, y que seguro, seguirán apareciendo, en forma de ficción o realidad. Kafka infinito.

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la grandeza de la vida

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