Letras, whisky y balas

Alberto Ernesto Feldman

Mi primer contacto con Hemingway  fue cuando tenía diez años, en el viejo cine Elite  (hoy un salón de apuestas en la avenida Cabildo al 3100), en una de esas funciones clásicas de los años cincuenta, que comenzaban a las dos de la tarde y terminaban a las siete u ocho de la noche.

Daban tres películas; casi siempre una de  “cowboys”, una de amor y una de guerra. Esa vez, la de guerra era “¿Por quién doblan las campanas?”. El “muchachito”, como llamábamos en esa época al héroe, era nada menos que Gary Cooper, y María, la “chica”, Ingrid Bergman.

Uno salía, después de tantas horas,  medio boleado y con las piernas acalambradas, pero en aquella ocasión no hubo final feliz;  el protagonista protegía la retirada de sus compañeros, entre los cuales estaba su amor, a costa de su propia vida.

Muchos años más tarde supe que  el heroico Roberto Jordán  era un  “alter ego”  de Hemingway, quien  siendo escritor, era  también un hombre de acción, a quien generalmente alguno de  sus personajes representaba.

Un claro ejemplo es cuando el dinamitero Jordán le cuenta a uno de los guerrilleros acerca del suicidio de su padre y su repulsión por lo que considera un acto de cobardía, ambos hechos reales en la vida del escritor. Sus novelas tienen un estilo conciso y directo que atrae como un imán.

Para quienes se interesan en la historia de la Guerra Civil Española, es un referente imprescindible por su honestidad. Su idealismo y su simpatía activa por la República, no le impiden criticar sus errores o admirar el valor o la Fe de sus enemigos.

Nació en el seno de una familia burguesa. Su padre era médico y su madre una culta y piadosa mujer, activa participante y organizadora en la parroquia de su pueblo, una pequeña comunidad donde eran ciudadanos destacados.

La madre era pianista y cantante. El padre, músico aficionado, un buen ejecutante de corno y una de sus hermanas, violinista. El mismo Ernst tocaba el violoncelo.  Organizaban en familia jornadas musicales, pero estas actividades no serían seguramente del agrado del futuro escritor, que no veía la hora de escapar para practicar boxeo,  su deporte favorito a esa edad, quince o dieciséis años. Probablemente era la forma de gastar la energía que bullía en su interior.

Estamos en 1917. Estados Unidos entra en la Primera Guerra Mundial.

Ernst es rechazado al intentar enrolarse;  entonces viaja a Europa y se alista como chofer en el Cuerpo de ambulancias del Ejército italiano.

Es herido en acción y, al restablecerse, se incorpora como combatiente de infantería. Es condecorado por su valor al rescatar a un compañero herido.

Esto ocurría cuando el escritor, que ya hacía periodismo, no tenía todavía veinte años, y fruto de esta primera experiencia bélica es su novela pacifista “Adiós a las armas”, también  llevada al cine, lo mismo que “El viejo y el mar” y “Las nieves del Kilimanjaro”.

Era un gran bebedor y bebía también la vida a grandes tragos. Seguramente el alcohol lo llevó al suicidio,  lo que tanto criticó en su padre.

Una gran lástima, sólo tenía sesenta y un años.

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