Más cine: “Las grietas de Ítaca”

Pedro A. Curto

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Una azotea en La Habana puede ser una visión del mundo, a modo de faro que observe el paso del tiempo y lo analice, sobre todo cuando es posible contemplar el Malecón y ese mar en el que se encuentra la propia Cuba, una de nuestras Ítacas modernas. Y de ese viaje es de lo que nos habla la película Regreso a Ítaca, del director francés Laurent Cantet, basada en una novela de Leonardo Padura. Un viaje a través del tiempo y sus desgastes, de sus arrugas, pues esa azotea será el único escenario a lo largo de una tarde noche por la que discurre la intrahistoria reciente cubana. Porque se habla de la revolución y sus laberintos, de sus posibilismos y traiciones, de su avance a tientas y también de sus partes grises y hasta aberrantes. De cómo la política y el poder se introducen en nuestras vidas, la condicionan, creando sueños y decepciones, se habla de lo que pudo ser y no fue. En la novela El lado frío de la almohada, de Belén Gopegui, la protagonista cubana reflexiona: “La revolución cubana ha dejado de ser heroica. Cinco minutos, acaso cinco años para cambiar el mundo y volver a dejarlo igual aunque con canciones y fotografías, eso habría sido heroico para la literatura. Cuarenta y cinco años de insistencia y de errar y de rectificar y persistir para darse cuenta de una verdad tan simple como que el máximo beneficio de los accionistas no es compatible con el bien de la comunidad, de la comunidad completa, se entiende que no hay otra. Cuarenta y cinco años no son jamás heroicos, ni literarios.” Y los que hablan en esa azotea de La Habana, son quienes han vivido  esos años no heroicos. Porque debajo de la épica, está la lírica. Y ésta, es la que se retrata.

Amadeo regresa a La Habana luego de dieciséis años de exilio en España y se encuentra con viejos amigos en esa azotea en la cual comienzan cantando, “Eva María se fue con el sol y la playa… “ como exorcismo contra el tiempo, y acaban reflexionando sobre que solo en pequeña medida somos dueños de nuestros destinos y de nuestras vidas. Que las Historias oficiales o no oficiales, se componen de millones de intrahistorias, que también buscan que les absuelvan. Pues según avanza la noche, cada personaje, a modo de catarsis, va mostrando que el ejercicio de sobrevivir, ha sido la única utopía posible. Ellos, protagonistas del crepúsculo de las utopías del siglo XX. Porque con consignas o canticos, con banderas, por más justas que sean, no se llenan las horas de todos los días. Y el resultado es desconcertante, por razones diversas. Por causas que están en la propia isla y también, por las que están fuera de ella. Pero la película no se aborda con banderas, ni con los maniqueísmos clásicos, y eso es uno de sus aciertos, saber ir más allá, a través de los diversos “yos”, convertidos en reflexión colectiva. Y esta es capaz de trascender de la propia Cuba, pues el resultado solo cambaría en las circunstancias pero no en el fondo, si la azotea estuviese en Madrid y se hablase de la transición española.

Una cinta interesante, con diálogos a piel abierta, de un director implicado en las partes en apariencia menos espectaculares de la realidad (La clase, Recursos humanos, El empleo del tiempo, Bienvenidos al paraíso…). Un estilo muy francés y casi teatral para hablarnos de las Cubas posibles y perdidas.

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