Vertiginosa geografía

Leonel Álvarez Escobar

OmbúTrazos rectos y curvilíneos… manchas; jirones; retazos; redondez y superposición; textura y comas traslúcidas. Pinceles; brochas y esponjas. Paredes; géneros; cemento y roca. Un universo de color que estallaba hacia las pupilas como aguas cantarinas. Pero siempre lo seguro, su isla, su espacio verde y acallado; de a ratos melodioso pero en quietud y envuelto en remanso. Necesitaba otra urbe, otras canciones, diferentes sonidos. Era necesario, era emergente volar…

Cuando la última brisa de verano, se ahogó en la atmósfera de la humedad del litoral, partió rumbo a su destino. Entre sus palmas sujetaba la seguridad para arriesgarse, para lograr romper una barrera invisible y abandonar el cúmulo de dudas, esas que se anidaban de adolescente en su interior. A veces se asomaban entre los objetos de su bagaje, vestigios de alguna particular sombra, a veces, solo a veces.

Un joven y aventurero artista plástico, a quien la vida parecía sorprenderlo, con alguna que otra pictórica grandeza. Con algunas frustraciones, pero que lo fortalecieron para seguir adelante. Como todo luchador. Dejando atrás los sauces y la correntada fresca de su río, se condujo en una línea de larga distancia, por las rutas hacia un particular cardinal. Sus pensamientos le dibujan delatoras sonrisas en su rostro.

Mientras se conducía sobre una ondulante trayectoria, miraba a través del cristal y el rudo cortinaje, esos retazos de color, que componían un bello tapiz natural. Saturado de diversidad de color y texturas.

Por momentos se volvía urbano y nuevamente se transfiguraba en rural. Deseaba detener el móvil, armar su caballete, dejarse fluir entre formas y pigmentos. Estos anhelos lo avasallaban una y otra vez. En este recorrido las ansias aumentaban. El corazón se aceleraba. Muchas horas de viaje…

Cuando sus sentidos lo abandonaban, irrumpían sus ilusiones y dispares de imágenes mentales.

De improviso, la noche, fallas en el motor del ómnibus interprovincial. Todo el pasaje obligado a descender. Podrían estirar sus piernas o fumar mientras llegaba el auxilio.

El joven se cautivó por una silueta tras un alambrando. Con agilidad, sorteó los hilos paralelos de acero y caminó con andar lento hacia un gran árbol. Inmenso tótem. Monumental especie. Semejaba ser el único, en los alrededores, conservando todo su follaje.

Capturó su atención un intrigante movimiento en la cercanía. No lograba distinguir su origen. Aceleración en su pulso. Se mantuvo alerta pero continuó sus pasos. Cuando estuvo cerca se alarmó. Se sobresaltó de miedo. Un ser pequeño, robusto, parecía escondido bajo el gran sombrero que descansaba sobre tu cabeza. Lo asustó. Cayó preso del espanto. Así, paralizado a unos metros durante un instante, que parecía liado a la eternidad, contempló cómo aquellas garras sujetaban un alargado pan de campo. Con ritmo lento lo atravesaba con una aguja que destellaba. Una y otra vez el pan era cocido con desesperación.

El perplejo joven intentó huir pero sus piernas no respondían. El extraño ente levantó su cabeza y con una mirada llena de horror lo increpó fijamente. Un grito opacado lo impulsó a lanzarse en una carrera tras sus pasos. Agitado, confundido, sin mirar atrás, en cada zancada parecía levitar brevemente.

El ómnibus se alejaba conduciéndose sobre la desolada ruta. Corrió y corrió sin detenerse hasta despertar de su temeraria pesadilla. No fue difícil interpretarla como su miedo a esa aventura. Miraba de reojo, algo le impedía moverse, se asustó porque cuanto más lo intentaba más sentía su cuerpo soldado al asiento. Algo lo acechaba, presentía que el espantoso ente del oscuro ombú se iba acercando, abandonando las sombras del coche. Experimentaba pavor, se sentía indefenso, vulnerable, no podía mover absolutamente ninguna extremidad. Era desesperante.

Comenzó a sentir la presencia cada vez más próxima, no podía verlo porque estaba petrificado incluso en sus pupilas, pero percibía un sórdido andar hacia él. Intentaba gritar, pero no podía. Entonces en medio de la desesperación, se dejó como caer del asiento, deslizándose al piso.

Ahí fue cuando pareció ser sacudido por el frenazo repentino del móvil. Abrió sus ojos luego de la sacudida y se encontró con el alba, con el resto de los pasajeros dormidos y un bello paisaje tras la ventana que reclamaba por espectadores. Se vislumbró del suceso. Había sido cautivo de un terrible episodio de la denominada parálisis del sueño. Agitado y con sudor procuró la calma.

El viaje continuó su trayecto. La metropolitana ciudad lo recibía mientras el amanecer se extinguía. Recordaba aquellas imágenes y tantas otras, en donde los rostros de las personas se desdibujaban o mutaban horriblemente, arrasándolo entre filas de gentes que parecían estar en procesión.

Una estación terminal le brindaba una particular bienvenida y todo comenzaba a girar, mientras un desfile de unidades urbanas se presentaba frente a él y le ofertaba destinos.

Cientos de ojos semejaban un choque contra su cuerpo. Era algo inquietante. Sentía deseos de volverse, porque se agitaba y el corazón intentaba traicionarlo por el temor.

En los primeros metros todo intentaba procurarle aire, quietud y voluntad para seguir. Como una publicidad comercial que lo motivaba a proseguir su andar.

Así, moría de repente al cuestionarse, pero su corazón desfibrilado, por la motivación de alcanzar su objetivo, retornaba a latir saturado de pasión y tenacidad.

 

 

…he aquí, situado casi en el corazón de este particular páramo urbano, siento constantemente un particular vértigo. A veces creo que es un poco molesto tener que moverme, recorriendo sus arterias con una sensación que me impide disfrutar de lo diverso y exquisito, que a mi paso voy devorando con las pupilas y que cada tanto hace festín en mi boca. Desde que pongo el primer pie, comienzo a perder un poco la seguridad y el vaivén, la oscilación constante de gentes, me obnubila. Deposito una a una con temblor las monedas en la máquina. Esta parece impacientarse ante mi comportamiento. Entonces la arquitectura, que irrumpe continuamente en el paisaje gastronómico local me inspira descripciones, me genera intrigas, me tienta a degustaciones y mi curiosidad me empuja al descenso. Necesito recorrerla a pie. Sentarme en algún café como “Bar la Academia”, que lleva casi nueve décadas desarrollando sus ricos sabores artesanales, que me han generado desparramar tinta sobre papel y ese vértigo a la ciudad se disipa de momento. Tal vez el embrujo del dulce de leche en aquel alfajor, tan exuberante, tan basto, me acarició el alma. Sería un bello exceso, algo pecaminoso, hasta sexual probarlo nuevamente. Entonces pido solo otro café, mientras miro hacia la acera. Avenida Callao no pierde su ritmo. Quiero quedarme aquí y deseo salir y recorrerla. Experimentar el vértigo y a la vez esa necesidad por conocerte, por perderte el miedo Buenos Aires. Al menos en este fragmento político de tu Capital Federal. Así acariciarte cada vez más profundo en tu vertiginosa geografía y desear volver y volver…

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Leonel Álvarez Escobar, Santa Fe. Escritor. Nominado en diversas selecciones, ha integrado antologías literarias. Es autor de “Sombras y conjuros”,  de Editorial Dunken.

 

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