Funeral en Nueva Orleans

Sergio Coello

Charlie

Charlie Bourbon Davis fue el mejor cantante de blues de cuantos pisaron las húmedas aceras de Nueva Orleáns. Tenía en los dedos la lentitud de las aguas del río Misisipi y su voz era oscura y cenagosa como el fondo de los pantanos del delta. También se decía que su guitarra estaba hecha de ese material con el que se nos construyen  dentro del alma las pesadillas adultas, las pasiones sin rumbo y el deseo de volar por encima del cielo.

Ya sin edad, Charly murió -de no se sabe qué- solo y libre. Algunos rumores apuntaban a oscuras liquidaciones de cuentas pendientes con el diablo; otros, en cambio, hablaron en voz baja de una enfermedad sin nombre ni tratamiento.

Una cosa sí parece cierta, puesto que así lo contaron las crónicas de aquel día en todos los periódicos del profundo sur de los Estados Unidos: al entierro de Charlie Bourbon Davis, pagado por gentes que jamás le había oído cantar,  asistieron todos los borrachos de la ciudad. Nadie se ha explicado todavía qué clase de milagro consiguió mantenerlos firmes, como marines, durante el tiempo en que el cuerpo del artista estuvo ardiendo dentro del horno.

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