Los otros dragones

Francisco Segovia

Dragón

Todos habéis oído hablar, o conocéis leyendas o historias más o menos fantásticas, de dragones. ¿Quién no sabe que algunos de ellos escupen fuego por sus bocas y sus narices, y tienen cuerpos escamosos y cola de reptil? También están los dragones orientales, que agitan sus alas coloridas en los cielos claros y brillantes de la China o del Japón, y cuyos plumajes, suaves y delicados como nubes de verano, relucen bajo la luz del sol. No os sabría decir cuándo nacieron las historias, los cuentos o las meras fantasías, que de todo hay en los anales, pero hubo tantas versiones de los dragones, en cuanto a su forma y costumbres, carácter y ubicación, que sería imposible describirlas todas.

Pero no voy a escribiros aquí sobre esos dragones ya conocidos mejor o peor, sino de aquellos que volaron, o reptaron, o nadaron, hasta los confines del horizonte, y se perdieron en las profundidades cavernosas de volcanes extintos, o bajo géiseres de calientes aguas, o en las plutónicas simas de los océanos. Esos dragones, los más sabios, y diferentes al resto, tanto en sus formas físicas como en su intelecto, buscaron refugio allende de los lugares habitados por los hombres, antes de que éstos tuvieran conciencia de su presencia. Y allí yacen ahora, hibernando un largo sueño de decenas de miles de años, en la paciente espera del día en que llegue un nuevo san Jorge, un loco rompedor de sueños, al que enfrentarse y así poder reinstaurar el viejo y dorado reino de los dragones.

Me preguntaréis, extrañados, que cómo sé de su existencia si ésta es ajena al conocimiento humano. La pregunta es simple: hasta los dragones necesitan de cronistas y escribas que anoten en los libros sagrados y milenarios la saga de una raza sabia como pocas. Soy un dragón cronista, y esta historia es nuestra historia.

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