Mi planeta de chocolate: “En el país de los franceses”

Manuel Cortés Blanco

Camión

Un convoy de camiones avanza despacio por la carretera. Quien corre, corre riesgos. De noche, sin luces ni luna, persiguiendo a las nubes sin quererlas alcanzar. El ruido de los motores reina en el silencio. No son horas ni motivos para dar conversación.

Benito induce su sueño en el remolque que cierra fila; los últimos serán los primeros. Va cargado de riquezas: el edredón compartido, un coscurro en su macuto, escarcha, barro, sin más celos que los celos que le tengan, y la frase de algún día retumbándole en la sien: a quien madruga, Dios le ayuda. Con lo temprano que se levanta, la providencia estará de su lado.

Aunque amenaza nieve, no nieva. Aunque anuncien vientos, no ventea. La vida es más fácil dejándose llevar.

Mucha gente, demasiada, deambula por un arcén cargada de fardos. Abuelos, padres, hijos, vecinos. ¡Ojalá el éxito uniera tanto como la adversidad! Huyen de los morteros, del olor a chamusquina, de la sinrazón. Cuando rezaba por salir del convento no lo hacía en nombre de semejante odisea.

Del campamento a una aldea, a un pico que asoma sobre la costa, más empedrado, un puerto lleno de barcos. Y al fondo, en los albores de otra jornada, el mar. ¡La primera vez que lo siente, la primera vez que lo ve!

 Ondiñas veñen, ondiñas veñen,

ondiñas veñen e van.

Non te vaias rianxeira,

que te vas a marear.

 ¡Qué hermosura! Sin duda, su azul es el color del paraíso.

Caen las horas, el listado en la retreta, los kilómetros vacíos. ¿Dónde vamos? Quien tema la respuesta, mejor que no pregunte. Benito dejó atrás sus miedos. Solo se asustan los pequeñines. Y él, con casi nueve años, se ha convertido en un hombretón.

Finalmente alcanzan su destino. Los vehículos descansan en el apeadero que da entrada a algún pueblo del norte. Nadie sabe cuál. Tampoco importa. En él todo se exagera: mucho frío, mucho calor, mucho viento, mucha nostalgia. Todo cierra: puertas, ventanas, perdones. Todo calla.

Al lado, una tapia de adobe medio derruida se erige en testigo de mil proclamas. Está picada, como pican las balas sobre el cemento, como la viruela pica la piel. En la más grande pone paredón.

A lo lejos, una iglesia sostenida entre andamios asoma por la ventana de cada casa. Siempre estuvo así. Ningún lugareño recuerda el edificio sin semejante coraza, e incluso aseguran que ya los montaron antes de iniciar su construcción. La historia de un municipio es la historia de su andamiaje.

En frente, el Ayuntamiento. Una bandera ondea en el balcón, un bando en su tablón de anuncios. Y pintadas, muchas pintadas. De unos, de otros. Incluso en ellas queda hueco para un mensaje de amor: si lucharas en el cielo, moriría por verte.

Benito baja del remolque junto al resto de los chavales. De nuevo resignado a recibir lo que llegue, aunque haga tanto tiempo que apenas llega nada. Antes descendieron los mayores, algunos impedidos, media docena de viudas. La moral en los huesos, la esperanza bajo cero.

Los chóferes desayunan bocadillos de humo a base de picadura, con una taza de achicoria cargada, bien cargada. ¡Qué aroma tan exquisito! La diferencia entre un hogar y una casa radica en su olor a café. Disfrutan media hora de tregua; el tiempo justo para ordenar sus motores, su carga, sus vejigas. En la ciudad aguardan más asociaciones con más donativos. La conciencia pesa mucho en retaguardia.

Entre tanto, niños, enfermos, ancianos y demás inválidos que no aportan nada deben quedarse allí, en una hacienda expropiada al pueblo en nombre del Pueblo.

Una miliciana da la bienvenida antes de asignar a los zagales al barracón infantil. Su traje rasgado y el brazo en cabestrillo presuponen su estancia en el frente. Mas ese no fue su caso. Resbaló en una acequia delante de todos mientras, paradójicamente, ordenaba que ninguno se cayera.

Un accidente doméstico para una heroína en guerra. ¡Que el valor no solo se suponga! Por eso, mejor disimularlo: como consta en el expediente, fue ayudando a los heridos durante un bombardeo.

Aclarado el entuerto, reitera su disposición.

-¡Felicidades! Creamos en ella o no, es Navidad.

Hoy cerrará el menú con media chocolatina. Las mismas excepciones cada día dejarían de ser excepciones.

Benito toma posesión de su aposento. En la litera de arriba descansa Pablo, otro niño de ocho años, otra inocencia viviendo con lo puesto. En sus rasgos recuerda a Nicesio: chiquito, pecoso, nariz de topillo… Por eso pide encarecidamente a su ángel de la guarda que no salga tan pedante como él.

Aquella miliciana, con semblante serio y un código de arrugas en su entrecejo, disecciona el orden del día: diana a las siete, desayuno a las ocho, almuerzo a las doce, cena a las seis. Las listas de listados se suceden: en la instrucción de la mañana, en tanto remiendo para el frente, al bañarse en los aljibes, cuando rapen su flequillo. Y en caso de generala, a esconderse en el refugio. Deprisa, muy deprisa, que en esas circunstancias lo cobarde es no correr.

Alguien protesta desde el fondo.

-¡Estoy harto de tantas normas!

Pasará la mañana castigado de cara a la pared.

Otro chiquillo estornuda.

-¡Jesús!

Las reglas han cambiado. A partir de ahora diremos ¡salud! Y no vale santiguarse. Nadie rezará a Santa Bárbara cuando truene, nadie ofrecerá huevos a Santa Clara para que no llueva, nadie se encomendará a la Virgen del Camino si quiere llegar a buen destino. Desde hoy, se prohíben los milagros.

Pablo se acerca a Benito para saludarle. Si no me pides nada, seremos más amigos. Tras dos semanas durmiendo entre adolescentes, agradece la llegada de un niño de su estatura. Por sus vivencias le aconseja que a nada se acostumbre. Aquí sabes dónde y cuándo entras, nunca dónde ni cuándo sales. En cualquier momento deberán dejarlo todo y subir a otro vagón. Sin aviso previo, con premeditación, nocturnidad y alevosía. Hay que tener paciencia hasta que seamos más fuertes que el enemigo.

En esta reyerta de cabecera, el destino de aquellos que carecen de familia se llama Francia; el país que aprendimos en clase de geografía porque limita con nuestro norte.

-¿Sabes si allí se cultiva cacao?

Incluso en la penumbra encontramos motivos para sonreír.

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