Siete paraguas al sol: “Goles de paz”

Manuel Cortés Blanco

Bagdad

-Irene. Bagdad, 2007-

Bagdad quiere decir regalo de Dios; quizá por ello sea una ciudad hecha a base de oraciones. Cruce de caminos a orillas del río Tigris, ha sido epicentro de la cultura árabe, atesorando a lo largo de los siglos un patrimonio excepcional. Amalgama de pueblos y tradiciones, de siempre ha causado admiración entre quienes la visitan. De ahí sus calles transitadas, los zocos llenos de especias, tantas alfombras, el bullicio en su medina, la sedería. Todo admirable, como aquello que nunca volverá a repetirse.

Quien acuda a sus mercados a comprar, vender, ver o dejarse ver, recuerde el arte del regateo; un artículo no vale nada hasta que no se vende del todo. Que ignore los elogios infundados, pues el traje de los aduladores le calza bien a cualquiera. Y que huya de las imitaciones; puede que sea un negocio, pero nunca una inversión. La seda fina desliza por el hueco de un anillo, las piezas de lapislázuli no destiñen al mojarlas y la aguamarina, zafiros o similares han de tratarse con tacto exquisito. Las piedras preciosas siempre han sido femeninas; lo masculino son los pedruscos.

En ese espacio no se habla, se vocea. Sus precios pretenden vaciar los almacenes, no los bolsillos. Y jugar a lo barato acaba saliendo caro. Por eso cualquier compra supone una aventura… Aunque sea pequeña.

Liberados de urgencias almorzaremos beram –arroz con ave-, basbusa –postre de sémola- e infusión fría de karkadé, que no hay buen viaje que empiece con el estómago vacío. Tras un paseo por la ribera del Tigris, alcanzamos el Museo Arqueológico. Vasijas sumerias, estatuas asirias, tablillas de barro grabadas por la escritura… Admirando semejantes maravillas lo tenemos claro: el hombre es el vector principal en la transmisión de la cultura. Desde una mezquita rebosante de azules, la oración del muyahidín pone poesía en tanta prosa. Que no tengamos la misma fe no significa que no creamos lo mismo. Y al epílogo de nuestro recorrido, bajo los acordes de un viejo tambur, divisamos el palacio del califa; un guiño al paraíso entre mosaicos, vergeles y minaretes, reivindicando su origen divino.

Músicos ambulantes seducen instrumentos jamás oídos, encantadores de serpientes en equilibrio inestable, trovadores, cantantes sin voz, poetas con palabra. La sabiduría no se traspasa, se aprende. Alguien narra las pericias de Aladino, de Simbad, de Alí Babá y sus cuarenta ladrones… Si no eres como un niño no puedes ver el cielo. Alguien proclama una historia fraguada en mil y una noches a la tradición de la antigua Persia, que por algo es el suyo el idioma de esos cuentos. Alguien escucha. Quizá algún viajero que no renuncia nunca a llegar a su destino.

En la trastienda de aquel desierto asoman dunas, dátiles, palmeras, camellos, haimas bereberes transitando con lo puesto. La vida nómada obliga a pocas cosas, pero todas funcionales. Un millón de oasis entre pozos petrolíferos que la codicia convierte en pozos de deseo… en pozos sin fondo. Un país con el clima tan seco que no hay sudor, mucosidad ni secreciones. Únicamente polvo. Y allá donde estén dos reunidos con un balón de por medio, habrá un partido de fútbol. Fútbol en estado puro convertido en mito, maravilla, deporte nacional. En Irak todo es perdonable menos el gol.

La riqueza del país es invisible. Se acumula bajo suelo en forma de petróleo, gas natural, azufre, fosfatos y bauxita. Contrariamente arriba, a ras de suelo, lo que resulta evidente es su pobreza. No obstante, desde que esa guerra comenzase, las enciclopedias cambiaron sus referencias. Hoy –en este mes de julio del año 2007- la noche de Bagdad sigue dormida, mientras el alba despierta entre metralla. Llueve sangre, recelos, fuego de artillería… convirtiéndola en la capital de un país tan complicado que parece que sus vecinos trazaron las fronteras, dejándole para sí tan solo lo que quedó. No sería de extrañar que cualquier día el sol –sumido en esa locura- saliera por el oeste… o ni siquiera saliese.

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