Regalos de Navidad

Alberto Ernesto Feldman

Clarinete

Marcela me espera en la puerta del geriátrico. Al doblar la esquina la veo de perfil, de espaldas a la puerta, con la guitarra en bandolera y una expresión muy tranquila.

No es mi caso; yo estoy bastante ansioso. Hace muchos años que pretendo, con mis limitados recursos musicales, tocar ante una audiencia que pueda disfrutar de ellos, y ser el mensajero que trae el recuerdo grato de una música de tiempos pasados. Ese momento llegó hoy.

Como tengo la edad de muchos de los ancianos que voy a encontrar aquí, puedo recordar qué temas se bailaban, se cantaban o se escuchaban en aquellas épocas. Traigo mi clarinete y un poco del ritmo y las melodías que van desde Gershwin a los Beatles.

Un par de días antes de Navidad, mi amiga Marcela, que movida por su condición humana viene aquí todos los viernes, enterada de mi anhelo, me dio la oportunidad de acompañarla. Trae en su carpeta canciones folclóricas y tangos en cuadernillos que reparte a quienes quieren cantar con ella, que son muchos y con gran entusiasmo, según me contó, y me quedó claro, mirándolos y escuchándolos, que intercambian con ella una corriente de afecto que muestra lo que la quieren y lo mucho que estiman su tarea.

Cuando entramos al amplio salón, algunos pensionistas la saludan con efusivas muestras de cariño y cuando me presenta, primero me miran con curiosa simpatía y luego intercambiamos nuestros nombres. Raquel, menuda, con unos enormes ojos azules detrás de sus gruesos lentes, nos cuenta, alegre como una castañuela, que el día anterior había sido su cumpleaños y cumplido los ochenta. No los aparenta en absoluto; pero no todos están en el mismo estado físico y mental. Unos pocos están aislados en su mundo, con una expresión ausente, ajenos a lo que sucede alrededor suyo, impenetrables como estatuas, con unos ojos que parecen mirar hacia adentro, tal vez guardando para sí imágenes de seres y lugares del pasado.

Una vez acomodados todos alrededor de la gran mesa, preparamos los instrumentos y nos alternamos con Marcela para cantar y tocar.

Ella me hace notar que una pareja de expresión vivaz, muy participativa, se había formado allí hacía unos meses. Se toman de la mano, mirándose con ternura a los ojos, sin aislarse del resto. Luego cantan con mucha garra. No son más jóvenes que los demás, pero lo parecen, y frente a mis propios fantasmas, aprendo casi a los setenta años que la mayor tragedia de la vida no es la enfermedad ni la vejez, es la soledad.

Después que un coro más entusiasta que prolijo, guiado hábilmente por Marcela, cantara “Los sesenta Granaderos”, “El día que me quieras” y el vals “Pedacito de cielo”, hago mi primera entrada.

Elijo, para empezar, un tema muy romántico y entrador de Cole Porter: “Te llevo bajo mi piel”, con un ritmo muy marcado.

Aunque estoy bastante más tranquilo por el ambiente favorable y cordial, como a todo principiante me caben las generales de la ley. Es así que el ventilador de techo hace volar las partituras, que aterrizan debajo de la mesa, al recogerlas hago caer el atril al suelo, y cuando Marcela, que me acompaña, me hace una señal para comenzar, me atraso varios compases, pero por fin puedo engancharme.

 Frente a mí está sentada Carola, si no la más anciana, quizás la más deteriorada del grupo, alejada de la mesa por el soporte metálico del que pende el suero que

la alimenta. Desde el principio yo trato de desviar mi mirada de ella. Me parece una falta de respeto mirarla y tocar.

Su cuerpo sin tono muscular, se desparrama en la silla, sus brazos cuelgan inertes a los costados. Sus ojos, a medias cerrados, no tienen expresión, y su boca, abierta, parece más grande por la flacidez de su mandíbula.

Cuando arranco con la segunda pieza, me llama la atención un rítmico temblor en sus pies y me digo a mí mismo, con la amarga ironía con la que suelo ocultar la angustia: “¿También Parkinson?…”

Pero debo ser ciego además de ignorante. Marcela también había visto lo mismo que yo, pero supo interpretarlo con los ojos del Alma, y dejando la guitarra en el suelo y pese a su físico pequeño, se aproxima a Carola, la levanta tomándola delicadamente por la cintura con una mano y con la otra sostiene el soporte del suero, mientras yo, perplejo, cambio de ritmo y durante unos maravillosos minutos, los tres, Carola, Marcela y el soporte del suero bailan un mágico vals. ¡Qué bien que te hiciste entender Carola!… ¿De dónde sacaste fuerzas, Marcela?…

Todos aplaudieron. Carola sonrió levemente, con esfuerzo. Todos tuvimos nuestro regalo de Navidad. Ese día aprendí algunas cosas.

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