Siete paraguas al sol: “La cola de los pobres”

Manuel Cortés Blanco

Casa de las siete chimeneas

-Faustina. Madrid, 1971-

Madrid, en aquel mes de marzo. Tras otra noche plagada de lunas, amanece un sol radiante, lleno de luz, de color, de alegría. Alba con sabor a gloria para quien viene a buscarla, a sabiendas de que aquí las oportunidades jamás se pierden: la que a alguno se le escape, otro la aprovechará. Un bosque de asfalto, semáforos y cemento en el que no faltan las alondras ni los búhos; madrugadores y noctámbulos con hábitos de ave que dan continuidad a la rutina. Deprisa, que el tiempo en estos lares discurre a otro ritmo; deprisa, que estamos en terreno de la velocidad. Y de fondo, un frío sin adjetivos que acostumbra a acantonar en la garganta.

Esta mañana el cielo se ha vestido de algodones, dando coartada al joven que dibuja un corazón ante su amada. Te quiero para siempre; no lo olvides nunca. Desde esa adolescencia mal curada descubre que el amor no es un símbolo de vida, sino el símbolo del entusiasmo por la vida. Definitivamente, hoy no parece día para guardarse las emociones.

Un organillo clama caridad para ese artista que ameniza nota a nota la calle de Alcalá. Los virtuosos del chotis despliegan su arte sobre una baldosa, mientras el coro de la parroquia pone en clave de sol las plegarias de sus fieles. Sobran Simca-1500 circulando por Gran Vía, carnets de familias numerosas, asesinos en serie para el periódico El Caso, copas de Europa en la Castellana… Porque al final, estemos donde estemos, aun siendo muchas cosas tan solo somos cifras.

Madrid se erige en Corte, salpicada de edificios encantados. Entre ellos, la Casa de las siete chimeneas, en la que cierta dama vestida de blanco camina sobre el tejado portando una antorcha… La Casa de los duendes, con tantos misterios tras de sí, que llegó a intervenir en su exorcismo la mismísima Inquisición… Y por supuesto, el Palacio de Linares, donde cada noche se escuchan con detalle los lamentos desgarradores de su marqués. La leyenda de esos moradores se apodera de su historia. Solo los locos y los niños sabemos que es así.

Madrid se erige en Villa, plagada de tradiciones. Cada 15 de mayo, un batallón de fieles celebra su romería a la pradera de San Isidro para honrar a su patrón, comer tortilla, beber agua de la fuente y degustar sus deliciosas rosquillas. Cada mes de agosto, durante las fiestas de la Virgen de la Paloma, las muchachas embarazadas solicitan un buen parto a su Señora, poniendo a ese hijo suyo bajo su protección. Y cada 13 de junio -festividad de San Antonio el casamentero– una tropa de modistillas acude a su ermita para arrojar trece alfileres a la pila bautismal, introduciendo seguidamente la palma de su mano. El número de alfileres que queden prendidos de ella se corresponderá con los novios que tendrán ese año. Luego, con cierta desconfianza, fijan sus ojos en la imagen del santo. Las principales ayudas se piden con la mirada.

Y Madrid, desde luego, se erige en capital. Verbenas, barquillos, mantones de Manila, chulapas con claveles en el pelo, chulapos con clavel en el ojal, poetas a su manera, personajes imprescindibles de sainetes y zarzuelas, carteles andantes con un señor dentro anunciando cualquier modernidad: Con qué pintas, Juanito… Con pinturas Pajarito. Publicitar se ha convertido en un icono de nuestra cultura. Sobre el escudo, un oso que fuera osa, y un madroño cuyos frutos curaron aquella plaga que asoló a su población. Las calles están llenas de voces, de pasos, de andamios, de colas. Colas infinitas a las que se suma gente, sin saber exactamente a qué se suma. Y gatos, muchos gatos, merodeando entre callejones. Por un lado, los felinos, que persiguen roedores a demanda. Por otro, los naturales de aquí, pues con tal gentilicio se les conoce. Cuenta la tradición que durante la reconquista de la ciudad por las tropas del rey Alfonso VI, uno de sus soldados trepó por las murallas, recordando en su agilidad a dicho animal. Luego, tras alcanzar el torreón de la fortaleza, cambió la bandera del califa por el estandarte de los cristianos. Aquel gesto guió hacia la victoria a las tropas del monarca, quien desde ese día -en justa recompensa- concedió el título de gatos a los nacidos en esta tierra.

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