La ofensa

Juan Alberto Campoy

Artefacto

Tras ser llevado a golpes y empujones por dos siniestros guardias, que no pararon de increparle durante todo el trayecto, Torrigiano fue arrojado al interior de la sala de interrogatorios. Un ominoso manto de penumbra cubría la habitación. La escasa luz, proveniente de una minúscula claraboya, apenas le permitió vislumbrar el desgraciado rostro del inquisidor; un rostro que, antes que obra de Dios, se diría obra del más torpe de los escultores. Tras un largo y tenso silencio, empezó el interrogatorio:

-¿Jura ante Dios y ante esta cruz decir la verdad de todo lo que le va a ser preguntado?

-¿Tengo acaso otra opción?

 La respuesta, aunque lógica, provocó la reacción inmediata del inquisidor, quien ordenó a los guardias que se aplicaran a fondo con los hierros candentes. El reo, con las manos atadas a la espalda, no pudo evitar el castigo.

-Le repito la pregunta: ¿Jura ante Dios y ante esta cruz decir la verdad de todo lo que le va a ser preguntado?

-Sí, juro.

-Veo que vamos entendiéndonos. No era tan difícil, ¿verdad?  Díganos su nombre, su profesión y su lugar de nacimiento.

-Me llamo Pietro di Torrigiano, soy escultor y mis ojos vieron la luz por primera vez en la ciudad de Florencia.

-Déjese de florituras y responda con concisión a lo que le pregunto. Si no, probará de nuevo lo hierros. ¿Sabe por qué está preso?

-Lo imagino.

-¿Y qué es lo que imagina?

-Ha sido ese ladrón, ese miserable del duque de Arcos quien ha ordenado que se me encerrara.

-Éste es el tribunal de Dios y es sólo Dios quién decide quién comparece ante el mismo. En cualquier caso, sus maneras no son las adecuadas para referirse a un miembro de la nobleza española.

En ese momento, se dirigió de nuevo a los guardias:

-¡Ya saben lo que tienen que hacer!

Después de la segunda sesión de tortura, continuó el interrogatorio:

-Me gustaría que terminara su relato.

-El duque quiso pagarme una Virgen con un monto de dinero muy inferior a lo que en justicia correspondía. Se aprovechó de mi desconocimiento del valor de la moneda local, de los maravedíes.

-Sí, todo eso es cierto, nos consta, pero, como usted comprenderá, no ha sido traído aquí porque nadie le haya timado o haya dejado de timarle. ¿No se acuerda de cuál fue su reacción?

-¿Cómo no voy a acordarme? Claro que me acuerdo. Me dirigí al palacio del duque e hice pedazos la imagen de la Virgen. Si no quería pagármela como merecía, se quedaría sin ella. Creo que es lo lógico.

-Su forma de hablar delata que usted no es ni siquiera consciente de lo que ha hecho. No es consciente de la trascendencia de su acto. Y ese desconocimiento, en lugar de disminuir su culpa, la aumenta. Ha destrozado una imagen sagrada. ¡Una imagen sagrada! ¿No se da cuenta?

-Bueno, esa imagen, en realidad, la cree yo. No era más que un trozo de mármol hasta que yo le di forma. Un trozo de mármol…

-La acusación que pesa sobre usted no es por haber dado forma a una figura sagrada, sino por haberla destruido. A este tribunal no le importa nada en absoluto quien creó esa imagen, sino quien la destruyó, y ése ha sido usted. Usted ha atacado una imagen, una representación de la Virgen.  ¿Quién nos dice que no atacaría a la propia Virgen María si se encontrara de nuevo entre nosotros?

-Nada estaría más lejos de mi intención. Yo soy un fiel católico y cumplo todos los preceptos de la Santa Iglesia. Humildemente, creo que se me están atribuyendo pensamientos que no me corresponden, que no son míos.

-La única manera que tiene este tribunal de conocer sus pensamientos es a través de sus actos. Sus actos le delatan. No sólo le delatan, sino que le condenan. Usted ha ofendido a la Virgen y, ofendiéndola a ella, nos ha ofendido a todos, a toda la Iglesia. ¿Ha oído hablar usted de los iconoclastas? ¿Sabe quiénes son? ¿Sabe que, a principios de este mismo año, una turba enardecida entró en una iglesia alemana y lo destruyó todo: cuadros con escenas bíblicas, esculturas de santos, imágenes de la Virgen…, todo?

-No sabía nada…

-Pues ya lo sabe.

-En cualquier caso, yo no tengo nada que ver con eso. Mi acto de destruir la Virgen, no era un acto simbólico que atentara contra ninguna creencia. Lo único que me guió fue la pura y simple venganza, un sentimiento que es, desde luego, criticable pero…

-La Iglesia no puede permitirse ninguna debilidad en la lucha contra los herejes.  Y usted es un hereje.  Las malas hierbas tienen que ser arrancadas. Y usted es una mala hierba. La pureza tiene que prevalecer.  Y no hay nada más purificador que el fuego. Que Dios se apiade de su alma.

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