Adriana Lisnovsky
A la memoria de Jacobo Fijman.En la época en que estudiaba Letras solía frecuentar el bar La Paz, en el centro de Buenos Aires, un lugar emblemático para los jóvenes a los que nos apasionaba la literatura. Nos quedábamos hasta altas horas de la madrugada, sumergidos en acaloradas discusiones. Corrían los años tristes, de alguna de las tantas dictaduras, pero eso no era impedimento para aplacar nuestra pasión.
Fue allí, en ese bar, donde escuché su nombre por primera vez. Al principio pensé que se trataba de un mito urbano, pero, cuando comencé a interiorizarme y hacer preguntas a los más viejos, supe que Jaime Silverman existía.
Me contaron que era hijo de campesinos rusos, que había terminado la carrera de Filosofía y Letras y el traductorado de francés. Se había codeado con grandes escritores, como Leopoldo Marechal, Roberto Arlt y el mismísimo Borges. Decían que gracias a él llegó a publicar sus poemas en la legendaria revista Martín Fierro. Y hasta que le daba consejos, nunca desairados por el inefable Jorge Luis.
Pero, ya en su juventud, comenzaron los primeros síntomas de una grave enfermedad mental. Antes de los treinta años, lo internaron por primera vez, en el neuropsiquiátrico o loquero, como comúnmente se lo conocía de la calle Vieytes, el Borda. La primera internación duró dos años.
Cuando salió siguió frecuentando a los grandes escritores y dicen que uno de ellos le pagó un viaje a París, del que volvió con una crisis de fe; por lo cual, se convirtió al catolicismo. Mientras tanto seguía escribiendo con una genialidad poco común. Algo que pude corroborar cuando lo conocí.
Pasaron los años, me recibí, intenté ser escritor, pero fracasé. Me convertí en lo que nunca quise ser: alguien que vivía de un trabajo común y corriente. Casi había olvidado a este personaje, hasta que, por casualidad, me enteré que hacía veinte años lo habían ingresado en Vieytes y que su entrada ya no tenía vuelta atrás. Fue entonces cuando decidí visitarlo.
La primera vez que lo vi estaba sentado en un banco del patio. Vestía un raído sobretodo gris, zapatos sin cordones y tenía la cabeza totalmente rapada. Me presenté y le dije que me interesaba saber cosas de su vida. Me miró fijo, con una negra mirada que logró intimidarme; pero, después, esta se perdió en el vuelo de una paloma y quedó atrapada largo rato en el celeste del cielo. Aquel día no habló una sola palabra.
Comencé a visitarlo una vez por semana. Tímidamente me mostró cosas que escribía en papeles sucios, casi siempre con alguna ilustración hecha a carbonilla. Me confió que allí, en el Borda, le daban electricidad en la cabeza para curarlo de su locura y que, cuando se curase, me contaría un secreto, algo que nadie podía siquiera imaginar, algo que le llenaba el alma de júbilo. Pero todavía, no había llegado la hora de hablar de eso.
Cada semana le llevaba comida y libros. La comida se la regalaba a sus amigos, pero los libros los atesoraba debajo de la cama. Tenía miedo de que se los robasen.
Así pasaron los años. El cruel tratamiento fue haciendo estragos en su salud. Todos sus ilustres amigos lo habían olvidado. Ninguno de ellos se acercó ni una vez siquiera a hacerle compañía o escucharlo divagar sobre Cristo o su enamoramiento hacia la Virgen. El grado de misticismo que lo poseía era tan grande como su demencia.
Una tarde, días antes de su muerte, me sorprendió una mejoría que hacía pensar que la locura no había rozado jamás su atribulada mente. Estaba por dar una especie de conferencia, donde por fin iba a develar el secreto que daba razón a su existencia. Pero antes, en honor a nuestra amistad, me pidió que si algún día moría no permitiese que le quitaran el cerebro. Sin su locura, no podría llegar al Paraíso, si le quitaban su locura, le quitarían el alma. Y él sabía que las almas eran las que llegaban al lado de Cristo, custodiadas por ángeles y arcángeles protectores.
En un improvisado púlpito armado con cartones, se dispuso a hablar ante un público de seis o siete internos, un enfermero y yo. Comenzó su discurso, con una inusitada verborragia:
– Mi nombre es Pedro, como el primer apóstol que sembró en los incrédulos la palabra del Señor.
Los locos lo escuchaban con atención, salvo uno que se mecía y tenía una radio portátil apagada, pegada al oído.
– Soy, de profesión, lector. Sí, sí. No se extrañen, se puede ser lector profesional. Aunque no sea redituable, se logra subsistir con la lectura. Un subsistir del alma. Yo hubiera querido ser escritor, pero todas mis obras fueron un humillante fracaso. Y eso que lo intenté. Se me fueron formando ojeras violáceas, que se derramaban más allá de los párpados y hasta cubrían mis anteojos por tantas noches pasadas en vela tecleando en la máquina de escribir. Y días. En la mesa de algún café, escribiendo en mi cuaderno. Cuando se terminaba, seguía en las servilletas y, cuando estas también se terminaban, me veía obligado a seguir en la mesa. Lo último resultaba traicionero, porque cuando volvía al día siguiente a copiar las palabras volcadas en la estéril fórmica, algún mozo entrometido se había encargado de borrarlas y así a mis historias siempre les faltaba el final. Ustedes se preguntarán por qué no llevaba más papel. Algunas veces lo hice. Pero atraía la mala suerte. Ese día no bajaba de mi mente a mi mano ninguna idea digna de ser escrita. Por los motivos dados, con la mayor pena que jamás atravesó el corazón de hombre alguno, abandoné mi carrera de escritor antes de comenzarla.
Ante esta declaración, uno de locos, comenzó a llorar desconsoladamente y sacó de entre sus ropas un muñeco de trapo, con el que secó sus lágrimas.
“Pedro” continuó hablando.
– Ahí fue, entonces, cuando me dediqué de lleno a la lectura. Las historias contadas por otros poblaron mi vida de personajes, palabras, metáforas, poesía. Pero, a veces, la frustración de no ser lo que quise ser, aguijoneaba mi corazón, como la flecha que Cupido lanzara a Febo, condenándolo para siempre al amor no correspondido de Dafne. De todos modos, trataba de ser optimista y me conformaba con el talento ajeno.
En esta parte del discurso, un interno, al que apodaban “el Librero” porque juntaba diarios viejos, aplaudió con énfasis. Los demás lo miraron como si estuviese fuera de sus cabales.
–Lo de la esfera brillante, refulgente, y de cómo cambió sustancialmente mi existencia, lo dejaré para más adelante. Primero me gustaría contarles un poco más de mi rutina de trabajo. Me levantaba temprano y luego del desayuno, entre una magdalena y otra, que mojaba en el café con leche, repasaba mentalmente mi vida. Luego me abocaba por completo a mi tarea de lector profesional. Hacía cuatro paradas diarias, de media hora a cuarenta y cinco minutos cada una, para la prosaica acción de alimentar mi cuerpo. Después del baño nocturno (no incluido en las cuatro pausas), me refugiaba en mi cama, confortablemente dispuesta, para que las vértebras de la columna pudieran soportar unas tres horas más de lectura. Como verán, mi tarea era ardua y ni un obrero de la construcción o un abogado cargan con tantas horas de trabajo. Cuando el sueño comenzaba a nublar mi vista, acomodaba mis libros en la mesa de noche o en la vieja cómoda de mi madre y cuando el espacio ya no alcanzaba para tanta palabra, ponía los ejemplares restantes en el piso, alrededor de mi cama. A partir de esta profesión elaboré una teoría. Las historias seguían latiendo dentro de los libros y alguna, más irrespetuosa que otra, pujaba por salir de las páginas. Pero, por último, vencía su buen tino y, aunque asomara alguna parte, el sueño también terminaba por vencerlas. Apenas apagaba la luz, a veces, escuchaba el rugido del tigre de “Bestiario”, o a alguien golpeando histéricamente la puerta de un panadero, cansado de esperar a que retirasen la torta con la nave espacial, aunque Carver pensara “Parece una tontería”. Cuando oía un estruendo, ya sabía que era el balcón enamorado que se derrumbaba en el cuento de Felisberto. Si mi habitación se helaba y me veía obligado en pleno verano a prender la calefacción, golpeaba de forma enérgica el lomo de “Noches blancas”, y de a poco el clima se normalizaba. Los latidos del “Corazón delator”, a medida que transcurría la noche, cada vez se hacían menos audibles y me tranquilizaba saber que ningún vecino vendría a golpear mi puerta. Todas las noches, un joven cumplía la promesa hecha a su madre y partía hacia Comala en busca de un tal Pedro Páramo. El Eternauta construía el traje de hule, incansablemente; podía oír el rasgar de la tijera de su mujer. Pero en este caso no hacía nada: era una cuestión de supervivencia. Mi corazón se partía en dos cuando escuchaba a Hans Castorp conversar con su primo animadamente, sin saber el destino cruel que le esperaba. En el momento de duermevela, cuando el sueño ya me poseía y la necesidad de descanso cerraba mis párpados, las historias también cesaban su labor, hasta la noche siguiente.
Yo no podía dar crédito a lo que estaba escuchando, la fluidez de su hablar, la claridad de su voz, su mirada inteligente y serena.
– Ahora voy a referirme, a lo antes mencionado acerca de la esfera brillante. Apareció de súbito una noche en la que tal vez había leído más de la cuenta. Yo tenía los ojos nublados, así que los cerré y abrí fuertemente para aclarar mi visión. En uno de estos intentos la esfera desapareció. No di demasiada importancia a este acontecimiento. Pero a la noche siguiente volví a verla. Y a la otra y a la otra. Se corporizaba de la nada y a la nada iba, sin que yo atinase a hacer cosa alguna. El centro albergaba la cara de un hombre, siempre distinto, pero del que no podía precisar las facciones exactas. Lo que al principio no me inquietó se fue convirtiendo en una obsesión. Ansioso esperaba la llegada de la noche, la de mis horas de lectura en la cama, para ver aparecer la esfera y poder sacar alguna conclusión.
»Este contratiempo comenzaba a perturbarme. Ya no me concentraba como antes y no podía sostener tantas horas de lectura. Esto no me gustaba en absoluto, así que decidí poner fin a las apariciones.
»Aquella noche, el recuerdo es tan vívido que casi puedo tocarlo, esperé paciente la llegada de la esfera. Por si hubiera tenido que defenderme de algún ataque, armé mis manos con un ejemplar de “El Aleph”. De pronto y sin darme lugar a pensar nada, la esfera se materializó. Venía directo hacia mí a una velocidad inusitada. El rostro que contenía cambiaba vertiginosamente de forma, color y edad. Así que abrí el libro y atrapé a la esfera como a una mosca, aprisionándola entre las páginas del libro y, por mi marca color azul, me di cuenta de que quedó justo en el cuento que da título al libro. Por temor a que cobrara vida otra vez, no lo abrí hasta la mañana siguiente.
»Dormí pesada y profundamente. Al despertar, abrí con cuidado el libro, temiendo lo peor. Quizás la poderosa luz, había quemado las páginas de uno de mis tesoros más preciados. No sabía que lo que había en su interior cambiaría mi vida para siempre.
»A continuación de “…vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide…” aparecía, exactamente escrita y descrita, la esfera brillante que me había estado apareciendo, con los distintos rostros que mutaban dentro de ella. Entonces comprendí. La esfera no era más que una idea mía convertida en visión. Una inspiración, cincelada ante mis ojos, que había quedado grabada entre dos párrafos de “El Aleph”.
»Después de mi descubrimiento siguieron días de trabajo minucioso. Casi detectivesco. Recorrí librerías, bibliotecas, hasta pedí prestados ejemplares de “El Aleph” a mis amigos aquí presentes.
“El Mudo” un loco que había pasado toda su vida encerrado en el Borda, completamente analfabeto, asintió con la cabeza, como cuando un profesor aprueba el excelente trabajo del mejor alumno.
– Y en todos y cada uno de ellos, aparecía la imagen de la esfera, mi esfera. Algo que hasta la noche en que decidí atraparla jamás había leído en el preciado cuento de Borges. A todos y a cada uno de los portadores del libro hice leer el nuevo párrafo. Todos me miraban incrédulos y asombrados. ¿Lo recuerdan, amigos?
Ahora los locos asentían con expresión de letrados. Salvo el de la radio portátil, que seguía apagada, pegada en el oído derecho.
– Presa del pánico y una creciente excitación, corrí a la librería donde compraba habitualmente los libros. El dueño es un buen amigo en el que podía confiar; por supuesto también aquí presente. Amante como yo de la literatura borgeana. Un erudito, un apasionado de toda la obra del maestro.
“El Librero” soltó por un momento el montón de diarios viejos que llevaba bajo el brazo e hizo una señal de reverencia.
– Hice que abriera “El Aleph”. Le dije: “Lea. ¿Alguna vez cayó en la cuenta de la esfera luminosa que contiene los rostros de todos los hombres del mundo?” El librero leyó con atención y contestó: “Es increíble. He leído más de veinte veces “El Aleph” y no recordaba esa visión, la más hermosa visión que Borges pudo haber plasmado en letras.
»Reí y lloré. Una desbordante alegría se apoderó de mi alma.
»Amigos, sepan perdonar el engaño al que fueron sometidos. Ya no soy de profesión lector. Soy escritor. Yo escribí, junto con Borges, “El Aleph”.
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Aquella, la tarde en que develó su secreto, fue la última vez que lo escuché. La semana siguiente lo encontré muerto, tendido en la desvencijada cama blanca, con el enfermero a sus pies.
– ¿Y ahora?– le pregunté con tristeza.
– La autopsia y a la fosa común de la Chacarita. ¿Quién lo va a reclamar a este?– me contestó con un dejo de desprecio.
Busqué debajo de la cama y encontré el ajado ejemplar de “El Aleph”. Se lo puse entre las manos, como quien pone un rosario en el cajón abierto, a su muerto más querido.
Y me fui pensando adónde irían a parar sus historias, si quedarían flotando en los descascarados pasillos del Borda, en las sucias habitaciones o en la sala de electroshock. Ahora que le iban a quitar su locura, que era lo más preciado y lo único que tenía: su pasaje al paraíso.
