Despedida

Francisco Segovia

Inmigrante

Cuentan que se marchó un día en el que pareció que el sol amanecía con más fuerza y el cielo se abría en mil expectativas. Dicen que cogió su maleta y sus recuerdos y, sin despedirse siquiera de su propia sombra, abandonó sus raíces.

No debió de llorar porque la tierra, a su marcha, permaneció tan seca y estéril como siempre. Ni miró atrás porque las aguas del arroyo del pueblo siguieron corriendo hacia el lejano mar, sin detenerse.

Llevaba unos gastados pantalones y una camisa de rayas comprada a un vendedor ambulante, y en una pequeña bolsa le acompañaban un trozo de pan y otro más pequeño de queso.

El camino de salida se le hizo corto porque apenas dejó huellas en la tierra, y el sol, a sus espaldas, levemente le lanzó un adiós quejumbroso y final.

No volvió jamás. La leyenda dice que vivió lejos de su cuna y en ese lugar ajeno y desconocido se casó y tuvo hijos que se hicieron raíz en la nueva tierra.

Dicen también que gastó las últimas lágrimas de sus ojos en los recuerdos de infancia, en la añoranza de aquél arroyo y aquellas tierras que, aunque egoístas y hurañas, le habían dado la luz y la semblanza. Murió sin haber recuperado aquella sombra que dejó una mañana de última despedida.

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