Francisco Segovia
“El trabajo os hará libres”. El cartel, sobre la puerta de entrada al campo de prisioneros, sorprendió al chaval. Padre, dijo mirando al hombre canoso que le acompañaba, Realmente, podemos lograr quedar bien con esta gente. El joven esbozó una sonrisa que no fue correspondida por su progenitor.
Atravesaron la puerta junto a otros cientos de inquilinos forzosos del campamento. Padre, murmuró nuevamente el joven inquieto, qué es aquello de allí. Dos esbeltas columnas grises escupían humo negro al aire. Callad y seguid andando, gritó un guardia vestido de gris amenazándoles con una metralleta.
Separaron al grupo de recién llegados en dos partes; los niños y mujeres a un lado, los adultos varones al otro. Después, al primer grupo lo empujaron en dirección a las dos columnas grises.
¡Papá, papá! No te preocupes, seguro que pronto nos veremos de nuevo, gritó el joven, aún con unos rescoldos de esperanza. Su padre, esta vez sí, lo saludó con la mano e intentó dibujar una sonrisa en su rostro.
El humo seguía saliendo, imparable, de aquellas columnas grises como la ceniza. Un humo negro con sabor a carne. Mauthausen seguía hambrienta de viajeros.
