La oscura belleza

Pedro A. Curto

Mezcla II

 “Dudo en dar el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza, a este desconocido sentimiento cuyo tedio y dulzura me obsesionan”. Proclama la joven Cécile en la novela “Buenos días tristeza”, de Françoise Sagan, adaptada cinematográficamente por Otto Preminger. Cécile es una joven burguesa que se aburre durante un verano placentero y se dedica a indagar e intrigar en su familia, en sí misma, sin saber los peligros que conllevan los buceos interiores. La misma edad, 17 años, tiene Isabel, la protagonista de la película “Joven y bonita”, de François Ozon, e igualmente en la pantalla vemos una vida de tarjeta postal durante un verano aburridamente burgués: vacaciones en la costa, familia, cumpleaños, fiestas, una primera experiencia sexual insatisfactoria y la estación acabando con una mirada melancólica de quien se marcha del pequeño paraíso, sabiendo que lo que se deja atrás, solo tiene el poso de los días perdidos. Algo que se dibuja en la mirada de la actriz Marine Vacth, la magnífica intérprete de Isabel. Quizás sea esa tristeza (“sentimiento tan completo, tan egoísta, que me produce vergüenza”) de la que nos habló Sagan. Porque ser joven y bella, con una buena posición económica, no representa una fórmula mágica para la felicidad. Por eso cuando llega el otoño (la película se divide en las estaciones del año), nos encontramos a Isabel caminando por los pasillos de un lujoso hotel, igual que en una búsqueda, para terminar en una habitación donde se encuentra con un hombre; la joven burguesita se ha convertido en Lea y se prostituye.

“Muy pronto, la idea de que estaba viviendo una doble vida le pareció estúpida y falsa. Aquella doblez era su forma real de unidad. Le pareció que su existencia había sido determinada a aquel camino, incluso antes de haber nacido.” Es lo que piensa Sévérine, una mujer también burguesa, buena esposa, de apariencia frágil y hasta mojigata, que ha decidido prostituirse adoptando el nombre de guerra de “Belle de Jour”, título de la novela de Joseph Kessel, de la que Luis Buñuel realizaría una interesante adaptación cinematográfica, encarnando con un estilo sublime Catherine Deneuve a la protagonista, una belleza fría, enigmática y distante, frígida y anhelante de deseos ocultos, dando esa dualidad a un personaje en conflicto.

Jae-young y Yeo-jin son dos adolescentes que se prostituyen para poder viajar a Europa en la película “Samaritan Girl” del director coreano Kim Ki-duk. Con aspecto de colegialas, encuentran con que a pesar de ser un amor mercenario, éste tiene algo de espiritual, que el ritual lo aproxima a lo místico, a  la prostitución religiosa, a un tiempo donde ocupaba un lugar en los templos. Así adoptan como referencia a Vasumitra, una prostituta que estaba iluminada y ayudaba a alcanzar la iluminación a los hombres que se acostaban con ella. Pero en la Corea del Sur actual la filosofía de la prostituta budista sigue siendo una herejía y lo pagaran caro.

No conseguimos entender ni a Sévérine ni a Isabel, mucho menos a Jae-young y Yeo-jim, y eso es lo más interesante. Se captan percepciones, en la joven de Ozon un aroma a rebeldía sin causa a lo James Dean, mezclado con el pesimismo existencialista francés. O en Sévérine un cansancio de la ordenada y monótona vida de una clase social acomodada, un tanto decadente, y un marido, que de tan bueno, resulta pastoso. Búsqueda de nuevas experiencias, instinto de auto-destrucción, deseo de “mancharse” según el orden social imperante (esto lo destaca Buñuel en su película), aspiración a lo oculto o diferente… “Era doloroso no poder aliar el amor y el placer. Sin embargo tenía derecho a ambas cosas. Debía buscarlas allí donde se encontrasen.” Se autojustifica Belle de Jour, reivindicando en su conservador estilo de vida, un particular feminismo. Pues la cuestión definitoria, es lo que hacen con el ejercicio de su prostitución voluntaria: transgredir la norma del patriarcado, desde el que se muestra en su versión más tradicional, hasta el que se presenta en su forma más sibilina. Rebelándose contra el estigma de la prostitución, buscan quizás, paradójicamente, una forma de soberanía. Así dice la escritora Virginie Despentes: “El deseo de los hombres debe herir a las mujeres y ultrajarlas. Y en consecuencia, debe culpabilizar a los hombres. (…) Es necesario guardar la prostitución en la vergüenza y la oscuridad para proteger tanto como sea posible la célula familiar tradicional.”

En el fondo, la cuestión sexual quizás no es lo más importante, sino que a través de ésta, de su parte oculta, se cuestiona un orden social aceptado como lo normal. Por eso Isabel, dice a su psiquiatra, ya en el invierno, una vez descubierta, que lo más interesante de su actividad eran lo contornos del puteo; la página web donde se anuncia como Lea, las llamadas telefónicas, los encuentros con desconocidos, los primeros momentos, la incertidumbre de la intimidad rasgada… Una vez más George Bataille acertó de pleno cuando dijo que lo más importante de la transgresión de la norma, es la propia transgresión, que lo atrayente del tabú, es su prohibición. Así lo que hace Isabel, es atentar contra su propia condición, esa insatisfacción sin alegato, esa parte incompleta que trata de hallar Sévérine.

Ozon, es un director de cine con un estilo muy diferente al de Buñuel, aún mas de Kim Ki-duk, pero al igual que estos, trata de indagar en las partes menos visibles, nos muestra, ya en la primavera, a una Isabel que regresa al redil, las fiestas juveniles, un primer amor en el marco de un liberalismo ordenado. Pero la estudiante de literatura, que en clase analiza los versos de Rimbaud, vuelve a mirar las llamadas telefónicas de Lea. ¿Un regreso a las andadas? Solo una puerta abierta y esa vieja tristeza, tan sin nombre.

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Una respuesta a “La oscura belleza

  1. También está La mujer flambeada, una película alemana de Robert van Ackeren, que trata el tema del sadomasoquismo.

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