La cita

Francisco Segovia

Puerta I

And my soul from out that shadow that lies floating on the floor,
Shall be lifted —nevermore!

(y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará… ¡nunca más!)

«The Raven» (E.A. Poe)

Es noche cerrada. La luna, apenas un bosquejo inacabado entre tinieblas, es devorada por densas nubes cargadas de agua. Sopla un fuerte viento que hace cimbrearse los álamos en movimientos forzados, casi dolorosos, y arranca los arbustos retorcidos. El crujir de las ramas sacudidas es el dolor de unos huesos de savia, y las hojas se agitan con violencia. Hay una melodía de matorrales que entrechocan, de piedras rodando de un lado para otro sin rumbo fijo a merced de los elementos, del aire que roza con las encaladas esquinas de cemento y provoca un ruido semejante al gruñido de animales asustados. Llega desde el exterior, en una sinfonía no escrita por manos humanas, y se introduce hasta el último rincón de este chalé donde vivo, o pervivo.

El fuego de la chimenea crepita suavemente y calienta mis ateridas manos, e ilumina con un resplandor mortecino y anaranjado un semicírculo de sillones viejos, divanes de terciopelo ajado por el tiempo, y una alfombra raída por las polillas y sembrada de tamo. Atizo las llamas con parsimonia mientras pienso en otra cosa —en esa cosa—, y la soledad sonora de mi propia respiración acrecienta mi inquietud. Arrojo otro leño al fuego, y la llama se aviva y pretende lamerme la mano, como perro de fuego que agradezca a su dueño un poco de alimento, inconsciente del daño que puede provocar. Quizá mi mano no quería retirarse, tal vez necesitada de calor…

El péndulo del reloj de pared, al que doy cuerda con la costumbre del que madruga sin necesidad, baila de un lado hacia otro: derecha, izquierda, derecha, izquierda… incansable y eterno en su movimiento encadenado a las pesas que descienden lentamente hasta rozar el suelo. El propio reloj, siempre vigilante y testigo de mis actos, gira sus manecillas de una manera que sospecho endiablada. ¡Tan rápido pasan las horas! Da varias campanadas, que cuento mentalmente sin poder evitar un estremecimiento: son las diez de la noche. Los fantasmas, que aprovechan las tinieblas para sobrepasar la delgada línea que existe entre la vida y la muerte, ya se han despertado y caminan con paso liviano, y se acercan a las puertas cerradas, cuyos candados y cerrojos no podrán evitar que penetren. Las pesadillas más temidas levantan las agrietadas losas de los cementerios con manos descarnadas y voluntad de hierro, movidas por los instintos no apagados, los proyectos inconclusos, las venganzas perfiladas entre tinieblas o los irresistibles designios de la pasión amorosa. Las conciencias culpables tiemblan, y las almas desoladas se sienten aún más vacías. La espesa niebla de los osarios —velo etéreo de los cuerpos putrefactos— se extiende a dos palmos del suelo y se arrastra por el piso húmedo, una mezcla de barro oscuro y sangre por derramar. La atisbo a través de los ventanales de esta triste casa que es mi refugio y mi exilio: avanza, se pega a la superficie, repta como si fuese un ser vivo esa niebla conocida de tantas noches, tan común hasta ayer mismo, tan terrible la presiento esta noche.

Me siento junto a la chimenea y hojeo un viejo libro que trata sobre los sueños. El lomo está gastado y sus letras casi desaparecidas, y entre sus páginas la tinta se ha ido borrando hasta convertirse, en algunas partes, en invisibles párrafos que mis dedos recorren, y hasta tiemblan cuando descubren entre ellos verdades aprendidas a fuerza de duermevelas. Entre sus páginas, lejos ya de la rama que le dio vida, una vieja hoja de abedul señala el lugar donde ella dejó su última mirada de lectora ávida de conocimiento. Paso mi temblorosa mano por la superficie de las dos hojas —la de papel y la momificación vegetal—, y el contacto de ambas, aunque de texturas muy diferentes, me trae el recuerdo de la pérdida irreparable. Un par de furtivas lágrimas escapan, recorren mis mejillas y se secan con el calor del fuego.

Las once. El péndulo, simbólico verdugo de mis recuerdos, sigue con su balanceo ensordecedor, y su aguja, pesada como rueda de molino, señala con empecinamiento el suelo por donde se arrastra su propia sombra alargada. El suelo es la tierra donde descansa mi amada, y la sombra, la del propio álamo que crece junto a ella, cerca: en el cementerio que dista de aquí apenas dos kilómetros, y donde la enterramos aquella tarde en la que el sol se empecinaba en quemar los rostros. Mi corazón sigue su propia cadencia, menos acompasada, más arrítmica, como un péndulo humano, pero mucho menos seguro de sí mismo que el del reloj de metal. Temeroso hasta de su propio sonido, se acalla por instantes, como si temiese que su propio palpitar pudiera delatarlo y gritar, a mis cinco sentidos, que aún estoy vivo, que he pecado por estar aquí mientras ella se marchó para siempre. Vivo, a pesar de nuestra eterna promesa de amor, cuando debiera estar muerto.

Y a pesar de mis desvaríos, del intento vano por engañarme y dejar pasar el tiempo en la falsa espera de que no volverá a suceder, sé que eso vendrá una vez más esta noche, a la cita, como el año pasado. El mismo día en que falleció hace dos años.

Desde que mi esposa murió aquella tarde de tragedia, en un parto prematuro donde perdí al mismo tiempo a mi primer descendiente y a una pareja fiel y comprensiva, la soledad ha sido mi única compañía. Durante el entierro, decidí transformar el chalé en donde habíamos vivido felizmente en el mausoleo en el que enterrarme en vida. Rechacé entonces —como lo hago ahora— el contacto con los demás seres humanos. La familia, los amigos íntimos han quedado atrás, olvidados entre las nieblas de la memoria. Solo he dejado lo imprescindible, como la necesidad de respirar, o la de convivir y caminar con los recuerdos.

Hoy es el aniversario de su muerte; dos años de soledad y tristeza, de pesadumbre por no volver a oír sus risas, ver su rostro enmarcado por su largo cabello negro, escuchar su voz agradable y conversar amorosamente, arrebujados bajo las mantas, junto al fuego. Mi alma dejó de existir cuando el espíritu que amé exhaló su último suspiro y su postrer gemido de dolor. Desde entonces no soy más que un cuerpo que vaga en un mundo de sombras, una pesadilla que vive de imágenes adoradas pero inasibles…

El reloj marca las doce con la parsimonia del que no tiene nada que ganar ni que perder. Las campanadas retumban por toda la mansión. Tras el silencio, con la puntualidad de las citas inevitables, se oyen otra vez los presentidos golpes en la puerta de entrada; uno, pausa; otro, nueva pausa. Se produce después un silencio más prolongado y luego otro golpe, esta vez más fuerte. Sé con certeza que no es ningún vecino porque nadie vive cerca de aquí; y tampoco es un amigo que viene a verme, porque ni la avanzada hora de la noche ni el tiempo invitan a la cortesía. Me levanto del sillón, avanzo hacia el hueco de las escaleras que descienden al rellano del vestíbulo y miro hacia abajo, donde vislumbro la puerta de entrada.

Otro golpe, más fuerte, seguido inmediatamente de otro más suave. ¡Esa llamada la reconozco! La misma que el año pasado: es la llamada “secreta” de ella. ¡Únicamente la conocíamos nosotros dos! La habitación empieza a dar vueltas, las escaleras parecen girar sobre sí mismas y las paredes se cierran para atraparme. Siento latir mis sienes, mi pulso se acelera. Respiro hondo y cierro los ojos un instante para intentar calmarme, y bajo los escalones. Me agarro a los pasamanos por miedo a caerme, víctima de algún desmayo.

Ahora estoy en el descansillo, frente a la puerta que da al exterior. Al otro lado hay alguien… o algo. Vuelven a llamar. ¡Otra vez nuestra llamada secreta! ¡No quiero seguir con la duda, ni vivir con el miedo! ¡Quiero creer que es ella, que ha vuelto! Mi corazón me delata con su feroz latido. Sí, ella ha vuelto, mi amor ha regresado. No deseo seguir en esta soledad de sombras, en ese sueño inalcanzable que se diluye con el tiempo. Anhelo volver a sentir sus besos, sus caricias, sus risas, su mano sobre mi mano, y su voz melodiosa acurrucando mis sueños. El año pasado fui incapaz de abrirle, debido a un temor insoportable que me impidió incluso mover mis manos o avanzar hacia la puerta, víctima de mis prejuicios e incapaz de adivinar el significado de la llamada. Pudo más el miedo a lo desconocido que el amor anhelado. Pero este año…

Vuelven a llamar. No, esta vez no puedo hacerla esperar, ni faltar a la cita ineludible. Bajo los últimos escalones y me acerco a la puerta, descorro los cerrojos, giro el pomo de la cerradura y, mientras abro con lentitud meditada la pesada puerta que me separa de la felicidad, sé que al fin la recuperaré y volveré a tenerla entre mis brazos.

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Relato recogido en el libro “Lo que cuenta las sombras”, de Francisco José Segovia Ramos, Ediciones Alkaid, 2010.

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