Lisboa o la cólera de Dios

Lucía del Mar Pérez

Terremoto

“El hombre nació culpable, y Dios castiga a su raza” Voltaire

 

Hubo un tiempo, hace muchos, muchos años, en el que ciencia y religión marchaban de la mano. El hombre buscaba y hallaba en Dios las explicaciones ante las calamidades y los fenómenos físicos de la naturaleza para los que no existía respuesta alguna. Sin embargo, en el siglo XVIII comienzan a ponerse en duda  las teorías providencialistas, pues no pueden aceptar la terrible cólera de Dios…

***

31 de octubre de 1755: Un oscuro presagio

         Aquella tarde, la joven lisboeta María se sentía inexplicablemente inquieta. Las horas pasaban lentas y calurosas, mientras rezaba el rosario junto a sus tres hermanas: Mariana,  María Francisca Dorotea y María Francisca Benedicta. Pero ella quiso llevar sola el peso de la incertidumbre, del mal presagio que  le oprimía el pecho aún más que aquel ceñido corsé que era de obligado uso para las grandes damas. Sí, ella era una gran dama, hija de José I, rey de Portugal. Y  era su heredera. Miraba de reojo a sus hermanas, tratando de mantener una apariencia de calma. Era un tiempo demasiado caluroso para estar ya en vísperas de la festividad de Todos los Santos. Observó a su fiel perro labrador. Su pelaje estaba erizado y sus ojos enfebrecidos. Emitía un aullido capaz de inquietar al más audaz de los caballeros de la corte.

    María estaba segura de que intuía, al igual que ella, la sombra de desasosiego que se cernía sobre ellos. De pronto, una risita ahogada interrumpió sus negros pensamientos.

-¡Estate quieta Benedicta! Si no eres más respetuosa con tus oraciones, despertarás la cólera de nuestro Señor- susurró María, con tono de reproche.

      A sus nueve años recién cumplidos, Benedicta era la pequeña de las hermanas, y su gran vitalidad le impedía estar sentada más de diez minutos , lo cual no era propio de una infanta de Portugal, tal como le recordaba su madre, la española Mariana Victoria de Borbón.

      Súbitamente María se levantó y salió corriendo de la iglesia barroca, que su antepasado el rey Juan V había mandado construir. Atravesó el jardín privado del Palacio de Ribeira tan deprisa que no tuvo tiempo de detenerse a admirar la belleza de los árboles frutales y el aroma de las flores.  Entró en el palacio como una exhalación  camino a las estancias de su padre el rey. Abrió la puerta estrepitosamente. Su padre alzó la vista sorprendido, enfadado: no le gustaba que le interrumpieran cuando despachaba con José de Carvalho, su ministro y su favorito. Sin embargo, su enfado dio paso a una mirada de afecto cuando vio a su hija predilecta, de grandes ojos soñadores y largos cabellos castaños adornados con un pequeño prendedor. María caminaba erguida, vestida a la española, moda que había impuesto su madre en la corte: una casaca femenina de discretos tonos dorados, en la que asomaba en el pecho el volante de encaje de su camisa. Ella trató de devolverle la sonrisa, pero en sus labios se apreciaba un ligero temblor.

-¿Qué sucede menina?  – preguntó su padre, asombrado-. ¿Te preocupa algo?

    María lo observó con sus grandes ojos oscuros, y estuvo a punto de confesarle sus temores, pero de repente su mirada se detuvo en aquel otro hombre, aquel hidalgo cincuentón a cuya palabrería parecía haber sucumbido su padre. Todo el pueblo y sobre todo la vieja nobleza como los Távora  y los Aveiro hacían chanzas a su costa. A pesar de la peluca blanca de gusto francés, José de Carvalho e Melo no conseguía deshacerse de ese olor a provincia que sus ostentosos ropajes solo conseguían acentuar. Ese tufillo a astucia y  a oportunismo María no lo podía soportar.

-Padre, quisiera ir mañana a pasar el día fuera de la ciudad. Podríamos pasar el día en Cascais- dijo María, algo titubeante.

Su padre la miró asombrado.

-Pero María… Mañana debemos asistir a misa. Es necesario honrar el alma de nuestros difuntos, y sabes que hay misa de once- contestó el rey.

-Padre, he pensado que sería posible celebrar la misa al alba: cuando el día se esté despertando y los vivos aún duerman, las almas de nuestros difuntos escucharán con más claridad nuestras plegarias.

Tomó la mano de su padre y la besó con devoción. A pesar de ser consciente del débil carácter del rey, sentía un profundo cariño hacia él, pues lo sabía exento de maldad.

-Majestad- interrumpió José de Carvalho-. ¿Por qué no hace caso a Su Alteza María? Yo me haré cargo de todos los asuntos de gobierno.

El rey sonrió, y abrazó a su hija. Ella, se esforzó por contener las lágrimas.

-Como desees, hija mía.

1 de noviembre de 1755: La Cólera de Dios

     María sentía el alma rota. Los cuerpos despedazados se amontonaban cual fardos de trigo. La sangre y el hedor de la muerte quedaron grabados en su memoria. Los escasos veinticinco kilómetros que separaban Cascais de Lisboa no habían impedido que la familia real sintiera la furia de la tierra, cuyas entrañas temblando con un ritmo endiablado provocaron un terror apocalíptico. La muerte y después el hambre cabalgaron velozmente arrasando la bella y marinera Lisboa: Entre las nueve y media y las nueve y cuarenta minutos de la mañana un terremoto sacudió la ciudad, produciendo unas grietas gigantescas en el centro. El palacio de Ribeira, en un primer momento se salvó, pero por su situación, cercano al puerto, fue arrasado por  poderosas y aniquiladoras olas de veinte metros. Los supervivientes al temblor se habían refugiado en los muelles pensando que estarían a salvo en un espacio abierto.          Sin embargo, el mar se levantó dejando al descubierto sus partes más íntimas, restos de cargas caídas al mar y de viejos naufragios. Tres enormes olas engulleron el puerto y la zona del centro, subiendo aguas arriba por el  Tajo. En las áreas no afectadas por el maremoto, los incendios surgieron rápidamente, y las llamas asolaron la ciudad durante cinco días. Además del palacio de Ribeira, se perdieron casi la totalidad de edificaciones: el Teatro de la Ópera, el Teatro Real do Paço da Ribeira, los archivos reales entre los que se encontraban los documentos de la legendaria expedición de Vasco de Gama a la India y valiosas obras de arte de Rubens o Tiziano, que habían venido a Portugal de la mano de Felipe II, rey de Portugal desde 1580. Las iglesias tampoco se libraron del látigo de la fatalidad: la Catedral de Santa María, la basílica de Sao Paolo, Santa Caterina, Sao Vicente de Fora. Sólo se libró el Convento do Carmo, cuyas ruinas góticas permanecieron como recuerdo perpetuo de la catástrofe. La calamidad no respetó ni tan siquiera la tumba de Nuno Alvares Pereira, héroe nacional portugués.

El día después: La Reconstrucción

El desasosiego se apoderó de la familia real. Murieron noventa mil almas. Las infantas rezaban continuamente, sintiéndose impotentes ante aquel castigo divino. La desgracia se cebó con ellos: a pesar de haber salvado su propia vida, las atrocidades producidas por el terremoto los marcó para siempre. El pánico dominó al rey, quien cedió el mando, una vez más, a su favorito, José de Carvalho.

-¡Nunca más viviremos bajo la amenaza de una techumbre! ¡Jamás!- exclamaba José I.

-¡No diga eso padre! ¡Seguro que Dios Nuestro Señor no lo permite!- replicaba María, apenada.

-¿Dónde estaba tu Dios el día de Todos los Santos? Sólo salvó a sus animales, que marcharon de la ciudad con un instinto del que carece el hombre. ¿Y qué ocurre con el hombre? ¿Acaso éste no es tan digno como una vaca o un caballo?- gritaba él,  desesperado.

     Todos los esfuerzos por convencer al monarca fueron inútiles y la familia se trasladó a la zona de Ajuda, donde vivirían hasta su muerte en lujosas tiendas. Carvalho tomó el mando de la situación viendo la oportunidad de doblegar la escasa voluntad que albergaba aún el rey.

-¿Y ahora qué hacemos?- sollozaba el rey.

-¿Ahora? Se entierra a los muertos y se da de comer a los vivos – replicaba el advenedizo.

     A pesar de esta desgracia, Lisboa no se vio afectada por epidemias, y antes de que pasara un año ya estaba reconstruida, convirtiéndose en una ciudad ordenada con grandes avenidas, denominada en el futuro la Baixa Pombalina, ya que el astuto favorito del rey  fue nombrado Marqués de Pombal.

Lisboa, 1777

     María I contemplaba con aire ausente la construcción del Palacio de Ajuda, futura residencia de la familia real portuguesa tras la muerte del rey. Pensaba con satisfacción en el destierro del Marqués de Pombal. Apenas ocupó el trono, abolió la pena de muerte. María I de Portugal, la Piadosa, jamás pudo entender la cólera de Dios.

 ***

Así, este terrible suceso, que azotó Península Ibérica y parte de Marruecos, supuso el inicio de planteamientos científicos y filosóficos  de aquellos que rechazaron el terremoto como muestra de la ira divina y buscaron sus causas en la física.

La prensa de la época se hizo eco del suceso: filósofos, intelectuales, clérigos y hasta el súbdito más humilde no hallaron respuesta ante tamaña desgracia.

 Una dicotomía: ciencia y fe, todavía hoy de plena actualidad.

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