Nelson Verástegui
En un día frío, lluvioso y gris, como hoy, enterramos al último tininuya y con él a su idioma ancestral. Los dos se extinguieron el mismo día. Muy pocos fuimos al cementerio: las lingüistas especializadas en hablas en peligro de extinción y yo que me ocupaba de recolectar sus memorias. Ellas eran las más tristes como los demostraban sus ojos rojos de tanto llorar. Yo me sentía traicionado.
El indígena vivía en una vieja casa de estilo colonial, en un barrio antiguo que la frenética construcción de edificios residenciales estaba dejando sin rastro del pasado. Su casa se resistía sin oposición, mientras los gigantes de hormigón la desafiaban desde las alturas, como si la fueran a pisotear en un descuido. El día en que murió, los constructores se debieron frotar las manos pensando en la torre que construirían en la última residencia.
El solar debió de ser un cementerio indígena, por los huesos y las armas que encontraron enterradas el día que tumbó un árbol de aguacate y plantó unos guayabos. Había tantos cuartos como para alojar a una familia de diez hijos con sus tías, primos y abuelos, además de los empleados. Un caserón donde terminó viviendo solo el indio.
Las lingüistas investigadoras de la universidad lo visitaban a menudo, para grabar sus sonidos extraños con varios tipos de «k» y muchas variantes guturales. Decían que el sonido fluía suavemente como el ruido del agua en los arroyos de montaña. No sabían muy bien cómo clasificarla en la lista de otras lenguas ancestrales en peligro: achagua, andoke, bora, cabiyarí, carijona, chimila, cocama, coreguaje, hitnu, miraña, muinane, nukak, ocaina, pisamira, sáliba, siona y totoró.
El hombre era un seductor que, aunque de apariencia para mí nada especial, lograba enamorar a las mujeres como por embrujo. Una tras otra iban cayendo en sus redes, pero a él lo que le interesaba era la fase de enamoramiento y conquista. Cuando llegaba a su fin, perdía el interés y se aburría. Era un solterón incorregible e irrecuperable. Cuando una de sus novias me contó su historia, en una fiesta en el laboratorio, quise conocerlo y escribir, para mis trabajos de antropología y etnología, su biografía. No fue nada fácil ganar su confianza y sus confidencias. Con ellas, al contrario que conmigo, era muy locuaz.
Había llegado muy niño a la ciudad. En ese entonces, era un pueblo grande. Llegó con su madre y abuela que trabajaban en la casona vieja. La abuela solo hablaba tininuya, su madre hablaba español con dificultad, él siempre habló con ellas el idioma materno. Los patrones le dieron educación básica en la escuela pública; aprendió a leer, escribir y contar. Era el hombre que hacía de todo en la casa. Había nacido en un lugar recóndito en la montaña, cerca de donde los dueños de la casa tenían una finca en tierra fría. El pueblo tininuya ya estaba en peligro de desaparecer por el avance y absorción de la sociedad civilizada. Ya no podían resistir más.
Los alrededores, de lo que ahora era un barrio residencial moderno, en esa época, eran una sola hacienda con mucho terreno agrícola. La casa era el centro con sus caballerizas y cocinas de leña y carbón. Los patrones eran descendientes de emigrantes piamonteses. Cuando la finca se parceló y comenzó a convertirse en barrio, los viejos repartieron los lotes como herencia para sus hijos, pero dejaron la casa vieja para el indio que habían visto crecer como si fuera un propio hijo y que nunca los dejó, ni siquiera cuando murieron su madre y su abuela.
Yo que tampoco quiero que se extinga la escritura manuscrita, iba los fines de semana con mis cuadernos para tomar nota de mis entrevistas con el indio tininuya. Tomábamos café, chocolate o aguardiente, según el humor del día, en el patio de la casa donde una jaula enorme encerraba pajaritos, loros y pericos multicolores con orquídeas y plantas exóticas. Al cabo de un tiempo, empecé a dejar mis cuadernos en la casona para no tener que transportarlos. Me dije que sería más práctico, para consultar o corregir algún pasaje, y que llegado el momento de ordenarlos, pasarlos a limpio y preparar el libro me los llevaría.
Nunca supe exactamente qué edad tenía. Le calculo entre sesenta y setenta. Ni él lo sabía. La víspera de su muerte, me dijo que iba a leer mis notas y decirme si valía la pena hacer algo con ellas. Esa semana no había querido recibir a las lingüistas. La sorpresa fue muy grande cuando, después de intentar verlo varias veces y viendo que él no nos abría, forzamos la puerta con ayuda de la policía y lo encontramos muerto. Se había suicidado y además había quemado todas mis notas. ¿Qué le habría disgustado de mi recopilación? ¿Qué lo empujó a terminar con sus días?
El día de su entierro llovía muy fuerte. Parecía que el cielo lloraba, con las lingüistas, la pérdida del hombre y su idioma. Ese día decidí no escribir nada sobre él, pero cada vez que llueve así, no puedo evitar recordarlo.
