Sergio Coello
Anoche Julia ha vuelto a tener otra pesadilla, de las que de tarde en tarde asaltan su madrugada para que vea el mundo del revés. Ella siempre había creído que si uno sueña con el mundo invertido lo primero que advierte es que las liebres corren por el mar y las sardinas trotan por el monte, pero ese sueño la despierta de su error.
En esta pesadilla –una pesadilla femenina con la que ella se escapa cada noche hacia donde las cosas son de otra manera – Julia va paseando tranquilamente por la calle Alameda hasta que llega a la esquina bancaria, que da al Paseo del Val, y allí se tropieza de golpe con tres hombres decapitados. En realidad, y por lo que me cuenta, más que decapitados habría que calificarlos de desbustados; los tres han sido rebanados por el pecho transversalmente –a la altura del corazón– con la motosierra de La matanza de Texas. Más adelante, encuentra la Plaza de Alonso Carrillo llena de paseantes con la cabeza cortada. Quizá les haya sorprendido allí la última poda humana decretada por la autoridad vegetal competente, justo cuando pretendían despejarse la cabeza con la estupenda brisa fresca de una mañana-presagio de la primavera.
