“Error de traducción”

Pablo Martínez Burkett

ángel II

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!

Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones.

ISAÍAS, 14:12

      La historia no ha sido muy rigurosa con las sangrientas andanzas de la “Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana”, unidad científica de las SS, creada para rescatar el origen de la raza aria. Sus miembros eran fanáticos de oscilante estabilidad mental, carentes de rigor profesional, que dedicaban su esfuerzo a elucubrar experimentos extravagantes y no pocas veces, mortales. Las crónicas evocan con ironía las fallidas expediciones al Tíbet y al desierto norafricano.

     En este caso, un oficial del Afrika Korps creyó reconocer unas letras del alfabeto rúnico talladas en la piedra y con sigilo, los jerarcas de la Ahnenerbe enviaron un contingente de lingüistas que, tras revisar las inscripciones, presagiaron un hallazgo descomunal. Es cierto que hubo un descubrimiento pero resultó del todo anómalo. Bajo toneladas de arena, en lugar de la profetizada urbe vikinga, emergió una estatua colosal. El gigante, de forma humana, pero rasgos angulares, llevaba la cabeza embozada, peto ricamente labrado y las manos apoyadas en el pomo de la espada. Tal vez representara a un mítico guerrero de estirpe desconocida pero los obsecuentes del Partido se apresuraron en autenticar la imagen de un antiguo dios germánico. Abonaban su frenesí en la ausencia de analogía con el canon egipcio, pero sobre todo, en la condición alada del ser. En rigor de verdad, criatura de una única ala, porque la otra, lucía rebanada en la base, no por el industrioso curso de las edades sino por el cincel del autor. La nobleza de la efigie se alteraba por ese detalle, si por deliberado, no menos inquietante.

     La guerra fue adversa. Dicen que un obús británico sepultó la excavación. Otros, que fue volada por los propios nazis, enfurecidos. Escrupulosas relecturas precisaron que los caracteres eran una forma cuneiforme del hebreo temprano. Indignados por esta revelación de arte degenerado, nadie prestó atención a la fatal advertencia escondida al pie de la estatua: “Ved aquí a Miguel, vencido jefe de la milicia celestial. Las generaciones profesarán lo contrario, pero yo, Shaitán, el creador del fuego sin humo, lo he matado de una vez para siempre”.

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