Una réplica masculina a “Amores a la carta”

Francisco Legaz

 

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Un hombre hizo una lista para tratar de averiguar cómo tenía que ser la mujer de su vida. En ella trató de ordenar una serie de cosas que para él eran imprescindibles:

  • Una mujer que no sea como un hombre.
  • Una mujer que no haga listas del tipo: “Necesito…”
  • Una mujer que no intente comprenderme, porque no es necesario comprender a la gente.
  • Una mujer que no sea antigua, pero que tampoco sea moderna.
  • Una mujer para la que la decoración no sea su principal motivo de vida.

Cuando iba a escribir el siguiente punto de la lista, la arrugó y la tiró a la papelera. Se dio cuenta de que hacer listas era una estupidez. Se preguntó cuántas mujeres habría en este momento caminando cerca de su casa, mientras él trataba de hacer esa absurda lista. Abrió el balcón y se asomó. No había ninguna. Entonces decidió bajar a la calle para darse una vuelta.

Mientras bajaba las escaleras iba pensando en una mujer que, a las once de la mañana, estuviese tomándose un café y ojeando un libro por allí cerca. Salió a la calle, recibiendo bien el puñetazo del sol. Entro en un bar y allí la encontró. Era guapa y no estaba nada mal. Estaba leyendo, sentada en una de las mesitas, por lo que decidió sentarse lo más cerca posible de ella. De reojo pudo ver el título del libro que leía: El varón domado. Entonces pensó que esa mujer no era de su interés, porque alguien que a las once de la mañana está en un café leyendo El varón domado, un libro que está ya tan pasado, no debe tener muy buenas intenciones con respecto a los hombres.

Se levantó y se fue.

Pasó toda la mañana buscando por ahí, merodeando, y encontró a muchas mujeres, pero ninguna le pareció la adecuada. La que no estaba comprándose ropa, leía revistas del corazón. A una la sorprendió comprando un cupón de la ONCE. Otra fumaba. Varias iban demasiado arregladas.

Por fin, cuando ya casi se iba a dar por vencido, vio a una que le gustó. No sabía bien por qué, ya que ni leía, ni compraba, ni hacía nada que le pudiera molestar. Simplemente caminaba discreta, sin mover demasiado las caderas. Parecía pensativa. Se acercó a ella sin saber bien qué decir. Se atrevió a preguntar por una calle. Ella salió de sus pensamientos, le miró con unos ojos negros y profundos; y con un tono de voz agradable y una pronunciación casi perfecta le dijo: “Vete a la mierda, imbécil”.

Subió a su casa, se sentó en su mesa, sacó la lista arrugada de la papelera, la estiró lo mejor que pudo, cogió el bolígrafo y no escribió nada, porque se acordó de que a esa hora empezaba una serie de televisión que le gustaba. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y buscó el mando a distancia del televisor. Apretó el botón “ON” y esperó a que aquello comenzara. Vio un rato la serie y después sintió hambre y se preparó la comida con las cuatro cosas que tenía en la nevera. Después se puso frente al televisor otra vez y se quedó dormido mientras emitían un documental de una familia de leones con muchos problemas, pero que de vez en cuando copulaban.

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