Pedro A. Curto
Un día escuché a un hombre en una cafetería alabar a uno de esos españoles que figuran en las listas de personas más ricas. Era muy espabilado, pues desde joven empezó comerciando con tal cosa, explicaba como si supiese la vida, obra y milagros del personaje. Nada extraño pues desde hace mucho tiempo se ha adorado al becerro de oro y sobre todo, al oro del becerro. Y poderoso caballero es don dinero, que decía el poeta; o más modernamente, sin dinero no hay rock and roll. La ausencia de dinero para una mayoría de ciudadanos supone una tragedia colectiva y en la historia se han producido diversos momentos de esas cíclicas tragedias, como cuando ocurrió el crack del 29. Uno de los símbolos de esa crisis es la fotografía de Florence Owens Thompson realizada por la fotógrafa Dorothea Lange.
Posiblemente sus nombres son poco conocidos, pero no así su imagen, que ha pasado a la historia. Es esa madre que está con un bebé en su regazo y dos de sus hijos, uno a cada lado, que se dan la vuelta ante la cámara mostrando los cabellos enmarañados, como huyendo de la situación. Es esa clase de imágenes, que constituyen por sí mismas toda una historia, tras la que podría haber una novela. La mujer ocupa la centralidad de la escena y lo hace con fuerza: la mirada perdida en un horizonte incierto, la mano apoyada en la barbilla mostrando un gesto de preocupación y desasosiego, de ser vencido por las circunstancias, una persona prematuramente envejecida, pues las arrugas parecen haberse depositado de repente en unas facciones todavía jóvenes. Y ella se convirtió en el rostro de aquella crisis. Podían haber sido imágenes mucho más duras, de chabolas o infraviviendas, de gentes con los enseres en la calle, de comedores sociales con largas colas, los cuerpos de los numerosos suicidios que se producían… Pero fue esa mirada, ese gesto, lo que ganó una posteridad no buscada. Quizás porque nos son más cercanos los holocaustos íntimos. Quizás porque empatizamos con el sobreviviente. O simplemente porque es una de esas madres coraje capaces de conmover, de romper ese mar hielo que llevamos dentro, del que hablaba Franz Kafka. Ocurre algo parecido con las bombas de Vietnam, aunque con una imagen más dura, simbolizada por esa niña que huye desnuda con el cuerpo quemado, en vez de las fotografías de la ciudad arrasada o de cientos de cadáveres, o de cuerpos deformados. Decía Antón Chéjov: “El papel del escritor es describir situaciones tan verazmente… que el lector ya no pueda eludirlas.” Esas fotos lo consiguen.
En Bangladesh han muerto más de un millar de personas en el derrumbe de un edifico en el cual se fabricaban prendas de esas que pueblan los escaparates de moda en Occidente, con ese glamour que consiguen las marcas famosas. Es difícil imaginarse la foto, pero aún más componer el relato de lo que está detrás de esas imágenes trágicas. Un accidente que es mucho más que un accidente. Es la muestra de una situación. Porque se sabe que en los países del llamado tercer mundo, se trabaja en condiciones infrahumanas para que exista un gran margen de beneficio para determinadas élites. Y lo peor es que lo más llamativo, lo que ha colocado ese suceso en las páginas informativas, es el elevado número de víctimas o el que una de ellas consiguiera sobrevivir durante varios días entre los escombros. El atentado de Boston, un hecho desgraciado pero casual, atrajo mucho más focos informativos y condenas que lo sucedido en Bangladesh. Además los responsables del atentado lo pagarán ante la justicia (uno ya lo ha hecho), pero, ¿existirá esa justicia para los responsables últimos de que más de mil personas hayan muerto por tener un edifico industrial en malas condiciones y otras prácticas similares y desde luego no inocentes?
Y lo peor es que desconocemos las muertes lentas que se producen cada día en sitios parecidos. Las revoluciones industriales se tragaron a generaciones enteras, los abuelos que quemaron su vida picando negro carbón. Aquí no hay siquiera esas revoluciones industriales, sino un perpetuo servir como mano de obra barata. En el azar caprichoso de la historia, esas personas han tenido la desgracia de situarse en el eslabón más débil de la cadena. Y falta la foto, el relato que decía Chéjov, para que el cliente de la cafetería sepa que el espabilado compatriota situado en una lista de poderosos tiene mucho que ver con accidentes como este.
