El cocido de tres vuelcos

Helga Martínez Pallarés

Sonia era una entusiasta y creyente practicante del deporte, tan de moda en estos desangelados tiempos, de buscar pareja. Sin importarle demasiado lo deprimente, lo dañina o emocionalmente costosa que hubiera sido la historia recién archivada. Después de cada intento frustrado, sin hacer aspavientos o convocar a sus amistades femeninas más cercanas en busca de consuelo, simplemente cerraba la ventanilla de su mundo, y se esfumaba, sin más. Como una mariposa intentando regresar al estado de crisálida, se aovillaba en las profundidades de su apartamento con las persianas bajadas emulando una oscura caverna. Así podía dedicarse, lo antes posible, a la operación “derribo sentimental”.

Empezaba por eliminar hasta el más mínimo rastro del desaparecido galán. Una por una, rompía, desechaba y el algún caso hasta quemaba las fotos más íntimas, que había exhibido tanto tiempo, prendidas en los lugares de honor de la casa – y de su corazón- Recortaba también la ingrata silueta de las fotos comunitarias, para no destruir los recuerdos de las navidades, bodas, celebraciones compartidas, los momentos alegres con otra gente presente, que no merecían desaparecer sin más por culpa de la desgraciada demolición que no era suya.

Seguía a continuación con los objetos nostálgicos: los regalos de San Valentín, los pequeños detalles y otros residuos de la vida cotidiana: el cepillo de dientes y acaso alguna pieza de ropa perdida, quién sabe si por alevosía o por puro azar. Hasta “su” tazón del desayuno, sus cervezas favoritas, la música y las películas intercambiadas. Todo lo que llevara, aunque fuera remotamente, el tufillo indeseable del recién desahuciado en el envés.

Era justo en ese punto, y nunca antes, cuando se sentaba en el sofá del salón, y pensando en los momentos compartidos, conseguía romper a llorar. Al presentir su rastro en los muelles de los sofás, en los rincones más lujuriosos del salón. De pronto no podía evitar – en ese momento, nunca antes – romperse como un embalse mal construido, y abrir la pena estancada, rebosante, arrastrando la realidad por delante de sí.

Soltaba en cascada, arrastrados por las lágrimas, los cariños enquistados y los besos no resueltos, perdones que no pidió o no le supieron regalar. Empapaba, casi desangrados un pañuelo de papel tras otro, magullándose las mejillas, rebañando la rabia a cucharadas furiosas. Se restregaba la mirada a cada rato, borrando los paisajes, decidida a arrancárselos de los ojos, abandonada la piedad.

Y cuando una hora, o varias, o acaso varios días después, descubría exhausta que ya no podía llorar más, porque se había quedado vacía como un huevo de pascua pintado de luto, se arremangaba, y volvía a ponerse manos a la obra. A recomenzar.

Rescataba antes que nada su perfil (mudo por temporadas) de las redes sociales. Quitaba los bloqueos ejercidos a los amores antiguos en la mensajería instantánea del ordenador. Y mudaba la foto del perfil, que saludaba a los curiosos que pasaban por su cibernético escaparate, para poner la más insinuante y prometedora que tuviera a mano.

Al final, como una bandera recién desplegada, colocaba el aviso a navegantes de alegre corsaria de vuelta a los mares, reponiendo con mayúsculas su estado en las biografías: desde “tiene una relación” a “felizmente soltera”. Ni siquiera suavizaba la declaración con el intermedio “es complicado”, (que daría la sensación de mantener algún interrogante, esperanzas de una segunda oportunidad). “No hay segundas partes” (le repetía a su voz interior), y escribía en todas partes, con mayúsculas si era posible, como si fuera un semáforo de colores virtuales: LIBRE.

Para rematar el trabajo, en el muro del Facebook, colocaba bien visible el epitafio y declaración de intenciones, que lo convertía todo, como un estallido, en real:

“Más vale sola que mal acompañada. El espectáculo debe continuar”.

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