Dualismo

Lucía del Mar Pérez

Dualismo Italo Calvino

Retirada la sábana, el cuerpo del vizconde apareció horriblemente mutilado. Le faltaba un brazo y una pierna, y no solo eso, también toda la parte de tórax y abdomen, comprendida entre ese brazo y esa pierna, había desaparecido, pulverizada por aquel cañonazo recibido de lleno. De la cabeza quedaba un ojo, una oreja, una mejilla, media nariz, media boca, media barbilla y media frente (…) En pocas palabras, se había salvado solo la mitad, la derecha, que por otra parte estaba perfectamente conservada, sin ningún rasguño, exceptuando aquel enorme desgarrón que lo había separado de la parte izquierda saltada en pedazos. (…)

 El caso es que al día siguiente mi tío abrió el único ojo, la media boca, dilató la nariz y respiró. La robustez de los Terralba había resistido. Ahora estaba vivo y demediado (…)

ITALO CALVINO, El vizconde demediado

Italo Calvino, genio de la literatura italiana, ofrece una visión nítida del dualismo humano. Un hombre, el vizconde Medardo de Terralba, demediado por una bala de cañón turca, se debate entre el bien y el mal que, aunque aparentemente opuestos,  conforman un único ser. Dos mitades irreconciliables, que sin embargo, aparecen indisolublemente unidas.

Entendemos por Dualismo la doctrina que afirma la existencia de dos principios supremos, antagónicos, por cuya acción se explica el origen y la creación del mundo.

La humanidad sobrevive a un continuo vaivén de contrarios: el bien y el mal, la luz y la oscuridad, el día y la noche, la vida y la muerte, el cuerpo y el alma. Un eterno dualismo, que como doctrina teológica, surge en la Antigüedad.

Sus orígenes se remontan a Zoroastro, también conocido como Zaratustra. Este personaje aparece rodeado de un halo de misterio, ni siquiera existe consenso sobre la época de su nacimiento, que oscila entre el I milenio y el siglo VI a.C. Su pensamiento, conocido como Zoroastrismo o Mazdeísmo, se basa en el conflicto entre el Bien y el Mal que marca la vida de los hombres.

Otra creencia similar, el Orfismo, surgió en Grecia entre los siglos VII y VI a.C. Responde al mito de Orfeo, que descendió al Hades para salvar a su amada Eurídice. Orfeo es viajero del Más Allá, y propone una doctrina para la redención del hombre: la salvación del alma. En este punto radica  una novedosa concepción dual del Hombre, dividido en cuerpo y alma. El hombre responde a una doble naturaleza: el cuerpo se identifica con el mal y el alma, con el bien, siendo el cuerpo la tumba del alma. Esta, tras  la muerte se desprende de esa envoltura terrenal y va al más allá a recibir sus premios o sus castigos, que pueden incluir algunas reencarnaciones en otros cuerpos  hasta lograr su purificación definitiva

Platón bebió de las fuentes órficas y zoroástricas, de modo que establecerá la dualidad filosófica por excelencia. Posteriormente, en el S. III, Plotino reformulará la filosofía platónica y asumirá el dualismo antropológico cuerpo–alma, interpretando el cuerpo como cárcel del alma y situándolo en un cosmos bipolar, un dualismo ontológico compuesto por un mundo material, dominado por unos sentidos engañosos que nos impiden caminar hacia la purificación del alma, situada en un mundo superior, el de las Ideas, en las que el Bien es la idea suprema.

La lista de filosofías y teologías impregnadas de dualismo es extensa: partiendo del Gnosticismo, pasando por el Maniqueísmo, que establecía una doble divinidad. El sabio Manes manifestó la existencia de Dios, a quien pertenecía el alma, y el Demonio, a quien se atribuía el cuerpo. Es decir, de nuevo una batalla entre la Luz y la Tinieblas.

En la Edad Media nos encontramos con la Cruzada Albigense, en 1209, herejía cristiana que se había propagado con celeridad en el mediodía francés, el Languedoc. Los cátaros o albigenses fueron aniquilados, pues la duplicidad Dios-Satán como divinidades creadoras no podía ser aceptada por el cristianismo.

¿Cuál fue la postura del catolicismo frente a estas doctrinas? Su rechazo fue inmediato, puesto que reconoce  un único Dios. Con el cristianismo surge una revalorización de la materia, ya que según las Escrituras, Cristo adquiere una naturaleza humana y carnal. Sin embargo, mantiene ciertas creencias con un tufillo inconfundible a platonismo, zoroastrismo u orfismo: la dualidad antropológica, el cuerpo y el alma, y lo más importante: la confrontación entre el bien y el mal.

Un lastre con el que el hombre actual debe convivir: por un lado, la falta de fe en un mundo inmaterial que no puede alcanzar a través de experiencias sensibles; por otro lado, ese temor al Más Allá desconocido, que nuestra imaginación se encarga de poblar: bien con los terrores más crueles inculcados desde la infancia, bien con las delicias de una orquesta de querubines. Y lo que es aún peor, el hombre vive en un mundo polarizado, un mundo de contrarios, un mundo donde eres bueno o eres malo. Un mundo de extremos, un mundo en blanco y negro, un mundo sin grises.

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