David Cano
Marcos le dice a Ernesto que siente no haber ido a verle, pero que el trabajo lo tenía atrapado y no contaba con mucho dinero ahora mismo. “¿Mucho dinero? Tienes buen sueldo, eso sí que lo sé. Di que no has venido porque no te apetecía o porque tenías un plan mejor, pero no me vengas con gilipolleces”, contesta Ernesto, muy molesto, taconeando con sus Converse sibilinamente en el mármol del pasillo del tercer piso.
Marcos se echa a llorar, como siempre hace cuando no ve otra salida, e intenta abrazar a Ernesto. Su hermano se deja abrazar pero no tiene el mismo entusiasmo que Marcos. “Siempre te pasa lo mismo, tío. Parece que te da miedo lidiar con los problemas desde lo de Carlos”. A Marcos, ese comentario le duele pero abraza más fuerte a su hermano. “Lo siento, Ernesto, lo siento. Mamá, y todas sus mierdas me tienen hasta los huevos y hacen que me la sude todo. Gracias por venir. ¿Tu…?”, titubea. “¿Mi cáncer? De páncreas. Creo que me lo han pillado a tiempo, o eso dice el médico. Vengo porque me he cogido la baja en el curro y lo que más me apetecía en el mundo era ver a mi hermano pequeño. ¿Te parece raro?”, amenaza en broma Ernesto.
Marcos piensa durante un buen rato si le parece raro o no. “Ya sabes -sigue sin pausa Ernesto-, los enfermos intentamos arreglar nuestros asuntos por si un día viene la parca y nos lleva”. Dice esa frase riéndose y a Marcos le corre una gota de sudor frío por todo el cuerpo que le hace estremecerse. Aún están abrazándose.
Marcos suelta a Ernesto y le da un empujón cariñoso para que entre en la casa. “Bueno, pero habrás venido por algo más, ¿no?”, pregunta mientras dejaba el abrigo en el sofá. “Sí. Todo esto del cáncer me ha hecho pensar muchas cosas y recordar momentos de cuando eras adolescente, y aún tenías sueños y te gustaba decirle a todo el mundo el gran novelista que ibas a ser. Recordé que guardabas en tu habitación, en un armario, bajo las revistas guarras que pillaste de herencia cuando me mudé, los poemas que escribiste en el instituto. Hace una semana fui a tu habitación, los cogí, y los releí. Sí, sí, ya los había leído antes, pero eran otros tiempos. Total, los volví a leer y me di cuenta de que se había perdido un buen escritor. He venido a decírtelo”, explica Ernesto.
Marcos sonríe. “¿Solo has venido, viajado 400 kilómetros, para decirme que el mundo ha perdido un buen escritor? Flipo contigo”. Ernesto también sonríe y golpea con dos dedos el reposabrazos del sofá. “He venido a ayudarte, a meterte en vereda, a poner los cimientos del que será el próximo premio Herralde. Quizás no el año que viene, pero te juro que antes de que la palme, tú tienes una novela terminada”, explica.
Marcos se queda callado. Se imagina a Ernesto en un ataúd forrado de blanco, elegantemente vestido, con una media sonrisa. Se ve dándole el último beso en la frente helada. Marcos se inclina unos centímetros para volver abrazar a su hermano. Ernesto, con los ojos vidriosos, hace suyo el abrazo y cuando termina de abarcar la ancha espalda de Marcos, le dice al oído: “He venido a devolverte todo lo que hiciste por Carlos”.
Marcos no quiere pensar en eso. Prefiere llorar un poco de manera casi inaudible y resolver el momento con una cerveza. “¿Bar, o aquí en casa?”, le pregunta a su hermano. “Aquí, así te voy explicando mi plan”, dice Ernesto. Marcos se apresura a sacar dos latas de cerveza danesa y una bolsa de patatas fritas que sólo Dios sabe cuánto tiempo llevaba en la despensa.
Ernesto espera leyendo un mail de su editora. Ernesto había ganado dos premios regionales de relatos y un premio nacional de literatura de ciencia ficción. Ernesto era el orgullo de su madre y el estandarte del apellido de la familia. Ernesto ya no escribe porque le entró la paranoia cuando se enteró de que su última novela había vendido 200 copias. “Yo no soy un escritor de mierda. Para esto, sigo con lo otro”, dijo tras ver las ventas de su novela. Lo otro era regentar el restaurante de alta cocina que su padre le había dejado cuando se fue a vivir a Bolivia con Mona, una mulata arrogante de talla 100.
Marcos se sienta en el sofá suspirando y le pregunta a Ernesto: “¿A ver, cuál es el plan?”. Ernesto se lo toma como un desafío y se rasca la barbilla mientras enarbola las ideas en su cabeza. “Lo que voy a hacer es enseñarte todo lo necesario para que puedas escribir esa novela que siempre soñaste. No lo voy a intentar, lo voy a conseguir. Si me muero quiero que seas mi última historia perfecta. Va a ser duro, te lo advierto. Pero coño, qué más da. ¡A saber cuánto nos queda en este mundo”, cacarea Ernesto.
Marcos vacila antes de hablar. “Vale, y yo me dejo el trabajo y me pongo a escribir como un loco, ¿no? ¿O cómo va esto?”. “No, no. Sigues trabajando. Hasta que no tengamos la idea perfectamente ordenada, los capítulos estructurados y sepamos qué vas a hacer, vas a seguir trabajando. Tener la mente en otra cosa viene bien para que no te deprima la tarea de escribir una buena novela y te dé por mandarlo todo a la mierda”, responde Ernesto.
Marcos se queda pensando en su trabajo, en Ana y en Sonia. En las tetas de Ana y en Sonia. En su jefe y en Sonia. “Bueno, si no hay otra opción. Tú mandas”, dice Marcos. Ernesto se entretiene mirando su móvil. “Elena, mi editora, viene dentro de una hora a tomarse una cerveza por ahí con nosotros. Le vas a explicar cuál es tu idea. Ella ya ha leído tus poemas y lo que tienes colgado por Internet. Le ha gustado. Le gustas”, dice Ernesto mientras apura la lata de cerveza danesa.
