Cotidiano

Fernando Veglia

Vieja

“Ochenta años, un privilegio; miles de recuerdos, sentimientos y emociones  atesoradas en mí” pensaba María, mientras barría el patio con su escoba de paja. Esa mañana no sabía cómo sentirse; notaba que la familia la admiraba por su vejez saludable y, al mismo tiempo, la ignoraba. Suponía que estaba quedándose fuera de la vida de sus descendientes y del mismo mundo, que su universo estaba forjado de la historia pasada, de sucesos que solo ella había vivido y que nadie recogería de sus palabras.

La escoba iba y venía, arrastraba hojas, amontonándolas, apretándolas; irían a las fauces de una bolsa de residuos.  Era el primer ritual de la anciana, barrer el patio. El segundo consistía en tomar la “bolsa de los mandados”, siempre colgada junto a la alacena, e ir a la panadería. Sorprendentemente, hacía cuarenta años que compraba lo mismo, utilizando la misma frase: “Tres pancitos, querida”.

La panadera la recibía con voz dulce y complaciente: “Buen día, abuela ¿Cómo está? Tres pancitos. Por supuesto. Veinte centavos.” Para María los precios y el dinero carecían de significado, solo sabía que había monedas y billetes y cifras que pagar. Abría una diminuta carterita, con el índice y el pulgar, y pagaba con el primer billete que encontraba. La panadera devolvía el cambio que deseaba, olvidando la dulzura y la simpatía.

De la panadería al supermercado. Allí la trataban de maravillas; si le faltaba dinero siempre podía pagar luego, y si compraba muchos productos, Juancito, un joven empleado, la acompañaba a su casa.  Los dueños del establecimiento, una pareja de ancianos, eran sus amigos y veían en ella, aunque jamás lo dijeran, los impedimentos que la vejez les deparaba.  

En el hogar, guardaba cada cosa en el lugar acostumbrado y contaba el dinero, billetes y monedas. A veces, sospechaba que en la panadería o el supermercado la estafaban; su hijo, mes a mes, le advertía que siempre gastaba demasiado y que alguien la timaba. Recordándolo, lloraba silenciosamente.

Había que limpiar y siempre en el mismo orden: dormitorios, living, cocina y baño. También lavar ropa y despedirse de la mañana cocinando. Las comidas no eran variadas y la compañera de todo momento era la radio. La música, especialmente el tango, la llevaba con su marido, sus amigas, las salidas, las risas. La nostalgia era amigable y, sin premeditarlo, comenzaba a tararear. Las noticias rompían el hechizo, preocupándola, indignándola, recordándole que la realidad no era sitio para los viejos.

Cuando la preocupación y la indignación desaparecían, reía. Recordaba a una María un tanto más joven, peleando en las humillantes filas del banco, doblegando las miradas de policías y cajeros y haciendo que los otros jubilados sintiesen una brisa de respeto. Una efímera brisa.

 

·······································

 

Cada rincón del hogar narraba una historia y en cada una estaba ella. Podía verlas, volver a vivirlas, sentirlas. La cocina era el sitio más importante, allí había cocinado por primera vez; su hijo, Alejandro, había dado los primeros pasos; conoció a Beatriz, su nuera; almorzó, cada domingo y hasta que falleció su esposo, con toda la familia; observó caminar a sus dos nietos.

Había enviudado hacía dos años y un sueño recurrente la entristecía. Soñaba que Francisco, su marido, abandonaba el lecho y, a pesar de que intentaba retenerlo a gritos y lo perseguía hasta la cocina, se iba. La primera vez que tuvo el sueño, despertó gritando: “¿A dónde vas?”. Las malas historias habitaban el dormitorio; Francisco había agonizado tres meses en el dormitorio.

La ausencia de su compañero era un fantasma merodeando por todo el hogar, un recuerdo, doloroso y latente, que la asaltaba sin previo aviso. Lo extrañaba demasiado, hasta las lágrimas. No podía evitar que su corazón reclamase esa presencia. Intentó, sin éxito, deshacerse del fantasma, regalando los objetos personales y liberando las palomas que, durante años, había criado Francisco. Sin embargo, las aves retornaron y aguardaron en el palomar, sin agua, ni comida, al hombre que nunca regresaría.

 

······························

 

“-¡Alejandro, bajá de ese árbol! ¡Te vas a caer! ¡Bajá, te digo! ¡Por favor! ¡Cuando venga papá, vas a ver!

Alejandro, un niño de diez años, cayó como plomada de la copa del árbol. María, ayudada por varios vecinos, lo llevó a la sala de auxilios del barrio. Tenía rota la clavícula.”

El espíritu de María estaba a merced de ese recuerdo terrorífico y funesto; la imagen del niño herido aparecía en su mente cual premonición.

– ¿Mamá, me oís? Te estoy hablando ¿Tomaste tus pastillas?- pregunta Alejandro.

– No me acuerdo, hijo. No sé.

– No las tomaste, mamá. Acá están ¡No puede ser! ¡No vengo unos días y no tomás tus pastillas! ¿Qué voy a hacer? Te vas a enfermar.

– Bueno. Tranquilo. Estoy vieja y me olvido. Las tareas de la casa me agotan. Será eso…

Él, ante tales respuestas, sufría; ella admitía su estado senil sin luchar.

– ¡Siempre lo mismo, mamá! ¡No estás vieja! ¡Tenés mañas! ¡Mañas! ¿Qué hiciste con el dinero? Cada mes tenés menos.

– Voy a la panadería y al supermercado… Será que los remedios están caros…

– ¡No, mamá! Debe ser algún hijo de puta que te roba. Yo pago los remedios ¿Te acordás?  Porque esa jubilación de mierda no alcanza.

– Si, hijo, me acuerdo. Mi memoria… se pierde…

– Mamá no puedo administrar tu dinero y cuidarte. Deberías vivir conmigo.

– No, hijo. No quiero molestar.

– Mamá…

– No

– Estarías mucho mejor, más cerca.

– No voy a ir. Acá tengo todo.

– Pero allá te puedo cuidar, siempre vas a estar acompañada…

– No empieces….

– Ahora estás lúcida. No te falla la memoria. Si es para evitarme, no falla.

María rió sin mover los labios, sin revelar un solo gesto. La ironía le recordaba a su marido y que aún era capaz de defender su lugar en el mundo.

– ¿Cómo están los nenes?

– Bien, con sus estudios. Lucas es bastante vago y Juan demasiado responsable….

– ¿Cuándo los vas a traer?

– Mamá, están grandecitos. Cuando no están en la escuela, pasan las horas jugando con el ordenador o con los amigos.

– Bueno, quisiera verlos ¿La tía Marta te llamó por teléfono?

– No ¿Por?…- Alejandro sabía que Marta había fallecido hacía dos años y que volver a decírselo a su madre significaba entristecerla una vez más.

– Porque hace mucho que no llama.

–  Hablando de llamadas telefónicas, memoria y Marta, ¿te volvió a llamar la señora esa?

– ¿Qué señora?

– ¿Qué señora? La que atendí en esta casa, hace una semana,  porque vos la llamabas por teléfono, pensando que llamabas a la tía Marta.

– No sé.

– ¡Qué trabajo me das!

Madre e hijo desayunaban en silencio, sintiendo en la piel y los pensamientos la irreversible transformación de su relación. No podían precisar cuál había sido el año, el mes, la semana o el día en que los roles habían comenzado a invertirse.

La memoria adormecida de María aplacaba el inexorable avance de la vejez, escondiendo en el olvido el dolor y los constantes impedimentos físicos. En ocasiones, despertaba y, sintiéndose una pesada carga para su hijo, deseaba encontrarse con Francisco, encontrarse con el amor.

Alejandro era padre por obligación y aún no lo había asumido por completo. Cuando descubrió que la memoria de su madre fallaba, pensó aterrado: “Estoy solo”.  Sentía que era el espectador de una tragedia y que, de un momento a otro, aparecería en escena.

El silencio, entre mate y mate, los ahogaba. Alejandro miró el reloj, debía irse; sus hijos saldrían del colegio en media hora.

– Gracias, mamá. Voy a buscar a los chicos al colegio, los traigo y cambio la lámpara del comedor. Es cuestión de media hora.

– Bueno, te espero.

La anciana despidió a su hijo en la puerta del hogar y lo observó hasta que sus ojos lo perdieron de vista, siempre lo hacía. Debía lavar trastos, cocinar, almorzar y esperar el retorno de Alejandro. De pronto, pensó que era capaz de reponer la lámpara quemada; la ocurrencia atravesó su mente transformándose en un capricho.

María, decidida y segura, fue al comedor, subió a una silla e intentó desenroscar la lámpara quemada. Un movimiento inadecuado la desequilibró y al estruendo de la caída siguieron los gritos: “¡Alejandro! ¡Alejandro!”.

 

····························

 

– ¡Lucas! – gritó Alejandro, ignorando que el niño estaba a su lado.

– ¿Qué, pá? ¡Acá estoy!

– Perdoname… ¿Y Juan? Buscalo, por favor. Nos falta llevar unas cajas… Y terminamos la mudanza.

Lucas asintió, moviendo la cabeza. Odiaba órdenes y mandados; más si estaban relacionados con su hermano menor.  Buscarlo lo avergonzaba.

Alejandro alzó varias cajas; contenían objetos de su madre. Cuando las depositase en el baúl del automóvil, la mudanza habría acabado y María viviría con él.  La casa de sus padres, el refugio material de sus recuerdos de la niñez y la adolescencia, sería vendida. No sentía pena, nostalgia o remordimiento, necesitaba dinero.

– ¡Juan! ¡Juan! -gritaba Lucas. Descubrió, en el patio trasero, a su abuela y a Juan, mirando un árbol de durazno, tan alto como una persona.

– ¿Qué hacen acá? Nos tenemos que ir.

– Nos despedimos, Lucas –respondió María.

– Vas a vivir con nosotros –afirmó la pequeña voz de Juan.

– ¿Está planta la plantaste vos? –preguntó con curiosidad Lucas.

– La plantó el abuelo y no se enteró.

– ¿Por qué? – preguntaron ambos nietos.

– Porque un día comió un durazno y tiró el carozo al jardín. Él murió y la semilla germinó. Sucedió hace unos años.

– Pero, si lo tiró… Las semillas se entierran ¿Cómo pudo crecer? – Lucas no comprendía.

– Hay cosas que son inevitables. Sólo deben suceder. Eso fue lo que ocurrió aquí.

Juan miraba boquiabierto a su abuela, como si contemplase a un gigante. A Lucas la explicación no lo conformaba. María estaba contenta, había compartido una anécdota, una breve parte de su vida.

– ¿El abuelo verá el durazno? -preguntó Juan.

– Seguramente…

– ¡Chicos! ¡Vengan con la abuela¡ ¡Terminamos! ¡Vayan al auto! -gritó Alejandro, desde el interior de la casa.

María, tomada de ambas manos por cada uno de sus nietos, atravesaba el hogar, ignorando los sentimientos que la invadían desde cada rincón, desde cada espacio vacío. Voces e imágenes intentaban detenerla.  Algunas escenas la despedían y otras la reclamaban. Una María joven, recostada sobre la puerta del dormitorio, la miró directamente a los ojos, obligándola a bajar la vista. En la cocina, Alejandro, un niño de nueve años, y Francisco, un hombre de treinta, la observaban marcharse. Alcanzó la última puerta sin mirar hacia atrás, sin enfrentar su pasado; tenía la certeza de que esos recuerdos y fantasmas no la dejarían en paz. Llorando en silencio y aferrándose a las pequeñas manos de sus nietos,  ocupó un lugar en el automóvil y, mientras avanzaba hacia el futuro, escuchaba los alaridos de los habitantes de su pasado, encerrados y muriendo de olvido.

 

·······················

 

– ¿Alejandro se fue? ¿Beatriz? – preguntó María, parada frente al dormitorio de su hijo.

– Se fue a trabajar. Voy a despertar a los chicos; tienen que ir a la escuela ¿Quiere desayunar? – preguntó Beatriz, bostezando.

– Ah, bueno…

Beatriz, nuera de María, estaba preocupada. Cuando su suegra decía: “Ah, bueno” no desayunaba; sólo lo hacía si estaba Alejandro. No sabía de qué manera persuadirla para que compartiese el desayuno. La entristecía saber que la anciana vivía enredada en la melancolía. Estaba convencida, cada día un poco más, de que la vejez era un territorio indomable.

– ¡Juan! ¡Lucas! ¡Vamos! ¡A la escuela! – gritaba Beatriz.

Los niños abandonaron el lecho perezosamente, riñeron antes de ir al baño, vistieron sus cuerpos dormidos con el uniforme escolar y, luego de reñir porque la hermandad lo demandaba, llegaron a la cocina. Café con leche, una o dos tostadas, preguntas, respuestas, recordatorios, saludos a la abuela y a la escuela.

Cuando nuera y nietos salieron del departamento, María abandonó su dormitorio, preparó su té con leche y, mientras lo bebía, dejó que su mente vagase entre el pasado y el futuro al que debía adaptarse.

El espíritu de la anciana estaba mellado y dolía en el cuerpo. Juan y Lucas la evitaban. Lo supo una tarde. Deseaba estar con ellos, acompañarlos mientras hacían las tareas del colegio, pero no estaban en la cocina, aunque lápices y cuadernos descansaban sobre la mesa, tampoco en el living y los dormitorios. Desesperada, los llamó a viva voz; nadie contestó. Demasiado nerviosa para telefonear a su hijo, lloró impotente hasta que llegó Beatriz y descubrió a sus hijos, escondidos en un ropero. Los niños decían que estaban cansados de las reiteraciones de la abuela.

Pensó en su nuera. Al principio, el aprecio fue mutuo y compartieron los quehaceres domésticos. Pero la torpeza y los impedimentos físicos la alejaron, poco a poco, de las tareas. El final llegó cuando Beatriz debió decirle que no la necesitaba; sintió que era un adorno, un adorno inútil llamado “abuela”. Supuso que su existencia era útil sólo para mencionarse en ocasiones; para vanagloriarse en una reunión social “Mi madre tiene ochenta y tantos años” o para excusarse de asistir a una reunión social “No puedo, mi madre tiene ochenta y tantos años”. Era una simple frase en la boca de otros.

Alejandro cruzó por su mente. Lo veía niño, sonreía, corría. Lo veía un muchacho lleno de  vigor, como su padre. Lo veía amargado, preocupado, algo pendía sobre él y no era nada bueno.

La mañana, inmóvil e insensible, le dolía en todas partes; necesitaba un poco de aire fresco y lo encontró en el balcón. Tomada de la baranda, miró el vacío entre el octavo piso y el asfalto frío. Recordó su hogar, la maldita caída y la  independencia resignada. La nueva rutina le resultaba irritante y añoraba decidir a su antojo. Sabía que no podía huir al pasado y que estaba sufriendo.

María apoyó los pies en la baranda helada y miró al cielo, intentando averiguar en qué nube la esperaría Francisco.

 

·································

 

– Buen día ¿Qué sucedió con la vieja del octavo? ¿Se cayó?

– ¡Qué se va a caer!  Se mató, si nadie le daba bola.

– ¿Es difícil llegar a viejo?

– Parece…

– Chau…

– Hasta luego. Que tenga un buen día.

Esto comentaron, a la ligera, el portero del edificio y un apresurado vecino del quinto C.

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