La silla

Juan Alberto Campoy


Capítulo I 
De cómo conocí al Doctor Anciones y de los extraños vericuetos que siguió nuestra conversación
Después de mirar al trasluz la resonancia magnética con cara de preocupación, el doctor Anciones se volvió hacia mí para confirmarme mis temores: tenía una hernia discal en L5-S1. No dudó en clasificarla como hernia quirúrgica. La noticia no me hizo mucha gracia y le pregunté hasta la saciedad si no habría alguna alternativa mejor que la mesa de operaciones. La que fuera: fisioterapia, acupuntura, cualquier cosa. Entonces, usando una metáfora poco común, me dijo que “mía era la hacienda, la casa, el caballo y la pistola”, con la que quería decir, o por lo menos así lo entendí yo, que, en última instancia, la decisión de operarme o no hacerlo era mía y de nadie más. Él no podía hacer otra cosa que lo que había hecho: aconsejarme. Se sorprendió sobremanera cuando identifiqué la procedencia de su cita literaria: un poema de León Felipe, quien, casualmente, era mi poeta de cabecera por aquel entonces. A partir de ese momento el doctor se mostró un poco más amable conmigo, pero no cambió, en absoluto, su criterio: aquello era una hernia quirúrgica y no había más que hablar. Antes de despedirnos, me dio un folleto de “higiene postural”, en el que se detallaban mil y un consejos sobre cómo mantener mi espalda erguida, al tiempo que me aconsejó que, en mi trabajo con el ordenador, utilizara una silla de respaldo alto, de esas que abarcan toda la espalda.        

Capítulo I I
De cómo como Richard Chaning, haciendo buena la leyenda, se mostró inflexible a mis peticiones. 
A lo largo de mi vida he seguido muy pocas series de televisión, pero, si hay una que me tuvo verdaderamente enganchado, ésa fue Falcon Crest. Uno de los personajes inolvidables de la serie era Richad Chaning, un malo malísimo. Me hacía mucha gracia que su bebida favorita fuera la leche. Hay que ser un tipo realmente duro para entrar en una taberna, pedir un vaso de leche y que nadie se ría de ti. Pues bien, resulta que el encargado del inventario de mi empresa se llamaba Ricardo, aunque todos le conocíamos como Richard Chaning, debido a su proverbial mal carácter. Una mañana me dirigí a su despacho para solicitarle cambiar mi silla, y, aunque aporté la prescripción médica necesaria, que me había extendido el neurólogo poeta, su respuesta fue un no rotundo.
Capítulo III
De cómo me di de bruces, por segunda vez, contra el muro de la burocracia. 
En vista del éxito de mis gestiones con Richard Channing, decidí recurrir al responsable máximo en la materia: el jefe de la Oficina de Administración y Obras. Me presenté en su despacho y le explique pormenorizadamente la situación. Enfrentado a su negativa  tajante, le dije que me costaba entender por qué los empleados de la escala superior sí disponían de ese tipo de sillas y yo no podía tener una, a pesar de contar con una recomendación médica. A mi parecer aquella negativa se debía, y así se lo manifesté, a una simple y pura cuestión de clasismo. Él me respondió que allí no había clasismo de ningún tipo y que todo era una cuestión de funcionalidad. Pero, intentando suavizar la situación, la empeoró todavía más: para gran pasmo mío dijo que lo que pasaba era que los empleados del grupo A, por el carácter eminentemente intelectual de su trabajo, necesitaban estar más reclinados y para ello requerían sillas de respaldo alto, en tanto que el resto de los empleados hacíamos unas tareas más bien repetitivas y poco necesitadas de reflexión. Aquello sólo me daba dos alternativas: o bien le decía lo que pensaba, que era un bobo, y daba un portazo, o bien me callaba y me iba. Como pretendía conservar mi puesto de trabajo, elegí la segunda opción.  

Capítulo IV
En el que se muestra como las soluciones más simples suelen ser las más eficaces.
Según el principio metodológico de “la navaja de Ockham”, cuando existen varias teorías alternativas, hay que decantarse siempre por la más sencilla: ésa suele ser la mejor. De forma similar, pensé que para resolver aquel problema, lo mejor era recurrir a la solución más simple. Claro que eso debí haberlo pensado antes de que diera comienzo mi infructuosa búsqueda de la silla mágica, pero “nadie es perfecto”, como sabe cualquiera que haya visto Con faldas y a lo loco. El caso es que, finalmente, hablé con un amigo del trabajo que disponía de dos sillas de respaldo alto (una para él y otra para las visitas) y le pedí que, por favor, me cambiara una de ellas, a lo que accedió gustoso. Un buen día a las tres y media de la tarde, cuando todo el mundo estaba comiendo, di el cambiazo. Y hasta hoy. Ah, mi espalda, bien, gracias.       
     


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