El lenguaje de la colosal estafa

Santiago García Tirado




Ilusionistas, de Noam Chomsky, (Irreverentes, 2012)


Chomsky ha vuelto a hacerlo. A sus 83 años no se deja jubilar, y sigue sacudiendo tertulias y focos de pensamiento a base de editar libros. La lengua como herramienta y la lengua como objeto de análisis. De fondo, una realidad compleja, sinuosa, escurridiza que con sus ojos cansados sigue empeñado en explicar, como ha hecho siempre desde 1957, cuando sacudiera el (amodorrado) mundo de los estudios lingüísticos con su Syntactic Structures.


Me interesa hablar del Chomsky lingüista del que nace el Chomsky político, que luego da lugar al Chomsky icono. El libro que acaba de editar en español Irreverentes se titula Ilusionistas, y se desarrolla a partir de cuatro recientes conferencias acerca de otros tantos temas de ultimísima hora. Habla ahí de la cultura imperialista, de la creciente notoriedad de las grandes corporaciones industriales, del nuevo orden mundial como work in process a espaldas de la ciudadanía, y en último término, de un tema que ha quedado en la sombra desde que la crisis copó todo debate, la destrucción del planeta. Una obra política, como ven, en la que fustiga a los gobiernos más poderosos (el de Estados Unidos, a la cabeza) y alerta de la creciente pérdida de peso de la democracia efectiva, para lo que analiza abundantes hechos recientes, algunos ya de este 2012 aciago. Pero lo que a mí me parece un valor añadido en esta obra es que todo su diagnóstico sigue un proceso de análisis de base lingüística, lo que de alguna manera sirve para remachar que Chomsky el lingüista y Chomsky el agitador político son uno, que la obra política de Chomsky no habría sido posible sin el lingüista Chomsky. Que, por ese mismo proceso lógico, cabría decir que no hay análisis posible de esta sociedad, y en consecuencia, de esta crisis, si no parte de un análisis lingüístico.



Asumido el presupuesto de que es verbalizable, la realidad pierde su carácter monstruoso, deja de imponer sobre el hombre su mirada de gorgona y queda como una entidad asequible, dimensionable. No estamos hablando de algo que nos trasciende y, ay, actúa de forma caprichosa e imprevisible (como un fenómeno meteorológico, o un seísmo), sino de un estado de cosas sobre la que el ser humano puede y debe actuar. Si el mundo (este mundo, este siglo) se puede representar en forma de enunciado, entonces está revelando que en el fondo sigue un carácter lógico, a la manera que Wittgenstein explicaría el fenómeno. Dicho de otra forma, el recurso que Chomsky postula como base de la rebelión contra las formas modernas de sometimiento y extorsión es recuperar el control del lenguaje que es capaz de formularlas.



Pongamos como ejemplo el diagnóstico de nuestra crisis actual: en boca de la gran mayoría de los gobiernos occidentales, el asunto de la economía es un saber ajeno a la ciudadanía, una ciencia esotérica solo cognoscible por algunos iniciados, y pese a todo a ese conocimiento la economía siempre se reserva la posibilidad de revolverse contra toda previsión de una forma torva, asilvestrada. Como una enfermedad desconocida. O como la erupción de un volcán. Puesto que el pueblo no conoce ese lenguaje, queda en manos de ciertos prohombres el tratamiento de la economía, porque la ciudadanía no sabe, no puede saber, y por tanto no puede decidir. En virtud de ese proceso, los estados han decretado políticas de austeridad que asfixian a sus pueblos. Y en ciertos casos, se han destituido gobernantes e impuesto otros por caminos no precisamente democráticos. Uno de los casos de mayor calado es el del presidente del Banco Central Europeo: un hombre de amplísimos poderes sobre el que ningún ciudadano europeo ha podido opinar, toda vez que procede de un entorno sobre el que, para colmo de males, pende la sospecha de que ha sido origen de la crisis mundial. Por suerte, cada vez es mayor el nivel de información de amplios sectores, ciertos economistas se han dedicado a verbalizar dichos conceptos económicos formados alevosamente e incluso muchos de esos economistas alertan de que sí hay otra forma de explicar esta crisis. No ha sido cuestión de mucho tiempo que las democracias occidentales hayan empezado a entrar en fase de sacudida. Los movimientos de la llamada Primavera árabe dieron primer aldabonazo (y han aportado toda una iconografía compleja, dictadores sangrantes incluidos), y los movimientos populares de la Europa meridional parecen ser un intento de recuperar el control del lenguaje, de sacudirse la supervisión de un poder que se arroga la única explicación posible, y sus soluciones.


En las cuatro conferencias que componen Ilusionistas, Noam Chomsky refleja una y otra vez la retórica del imperialismo para dejarla en evidencia, y lo hace tirando de un soberbio  corpus de citas que arranca, nada menos, en las declaraciones de los propios padres fundadores de los Estados Unidos. Thomas Jefferson advirtió ya en el S. XVIII del peligro de los bancos para encadenar a toda una nación si el propio banquero no quedaba sometido a una férrea legislación que controlase su tendencia invasiva. Y varias veces confronta esta idea con la doctrina del “demasiado grande para dejarlos caer” con que los gobiernos occidentales se lanzaron a recapitalizar los bancos a costa de arrojar a la desprotección a una masa de ciudadanos que no ha parado de crecer y que suma ya varios millones. Han pasado ligeras turbulencias, es verdad, pero enseguida han vuelto a su senda de beneficios, y en otros casos, se han fortalecido con la crisis. De día en día se les ofrecen nuevos sacrificios, porque ya nada importa más que asegurarles los pagos a cada uno de esos bancos. No de otra forma se puede explicar esta política de recortes, atrofiante para la economía futura, y dolorosa para la gran población que, por cierto, no tuvo parte en la detonación de la crisis. 


En su última conferencia, Chomsky incide en un tema que ha sido barrido de la actualidad (en un gesto que no puede achacarse al simple descuido frente al torrente de información económica): el problema ambiental. El mundo se ha instalado en una deriva suicida sobre la que una y otra vez alerta la ciencia, pero nadie parece tomarlo en serio. Hasta hace bien poco, las grandes multinacionales apoyaron políticas informativas negacionistas, pero hubo un momento en que la actualidad acabó haciéndoles el trabajo en ese frente. Las llamadas de atención sobre el cambio climático quedaron paulatinamente en la sombra, y a día de hoy comienza a ser tema de unos pocos resistentes. Chomsky, a la altura de sus 83 años, sin embargo, insiste en la necesidad de mantener la correcta perspectiva. Los problemas económicos tendrán una solución tarde o temprano, serán a medio o largo plazo, dejarán cicatrices, pero el problema ambiental puede ser definitivo. Puede que llegue un día en que ya no tenga sentido hablar de sociedad porque no habrá medio que la sustente. Dicho en términos de lenguaje: no habrá necesidad de expresar una realidad que el propio lenguaje no supo definir a tiempo, ni decretar un tratamiento con que salvarla.



Noam Chomsky, Ilusionistas, Eds. Irreverentes, 2012.
Trad. Jorge Majfud.
Revisión de Santiago García Tirado
110 págs. 
12 € 
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